Solidaridad gibraltareña

Jorge Bezares, en este artículo, rinde homenaje a quienes hicieron posible el Acuerdo de Nochevieja y aboga para que el futuro Tratado entre el Reino Unido y la Unión Europea sobre Gibraltar no defraude las expectativas de la población de la zona

Conté en mi último artículo el episodio de ‘los bloques de la discordia’ para subrayar que, con demasiada frecuencia, los prejuicios y el patrioterismo se imponen a la hora de contar la verdadera realidad del Peñón. Así las cosas, Gibraltar –también ocurre con el Campo de Gibraltar- es la mayoría de las veces una gran página de sucesos.

Es la burda herencia que dejó Fernando María de Castiella, ministro filonazi de Franco, cuando cerró la frontera 1969. Desde entonces los gibraltareños, en la teórica patriotera de ¡Gibraltar, español!, son unos piratas, unos contrabandistas, unos narcotraficantes, unos parásitos, unos traficantes de armas, unos pederastas (hasta ahí han llegado), unos evasores fiscales, etc. Y los que estamos alrededor, lo mismo o simples cómplices. Todo vale contra Gibraltar en este aquelarre de cobardes disfrazados de patriotas.

El insulto como arma política parecía que había quedado enterrado con la reapertura de la Verja en 1982. Pero no, el PP, sobre todo entre 2011 y 2016, cuando García-Margallo depositó sus posaderas en Santa Cruz, abrazó de nuevo las prácticas de Castiella y reactivó el tono faltón hasta llegar a comparar a los gibraltareños con los macacos que habitan en la Roca.

La filfa, el engaño y la patraña generaron el episodio que he relatado sobre los bloques de la discordia y han estado también detrás de la brocha gorda de “Gibraltar es un paraíso fiscal”. Menos mal que, en un gesto que le honra, la ministra de Asuntos Exteriores española, Arancha González Laya, dejó claro que Gibraltar nunca ha sido paraíso fiscal para la UE, solo para España. Otra verdad incómoda.

Laya, con estas y otras manifestaciones amables –no retiró un agradecimiento al ministro principal, Fabian Picardo, cuando fue requerida por la oposición-, está inaugurando una nueva etapa de relaciones entre España y Gibraltar, que se sitúa en las antípodas de la que protagonizaron Castiella y su discípulo. Es tan profesional que guarda silencio sobre los bodrios editoriales de García-Margallo (y los que quedan) para no darles publicidad.

Es como si hubiéramos pasado de pronto de tirarles macetas durante 300 años a lanzarles flores (J.J. Télllez) en los días que corren y que desembocaron en el festejado acuerdo de Nochevieja de 2020.

En este nuevo clima, las verdades ocultas sobre Gibraltar resultan más fáciles de contar, y el cariño existente se pasea a golpe de levante y poniente a ambos lados de las banderas. Sin perjuicios, sin mala baba.

Así, tal como me contó un gran amigo, una señora mayor, en la puerta de un hospital en Los Barrios, le dijo “¡Ay, hijo mío, se nos ha olvidado querernos!”. Podía ser una linense, una sanroqueña, una algecireña, una tesorillera, una tarifeña, una barreña, una jimenata, una castellarense o una sanroqueña. Pero no, era una gibraltareña deseando un mar de abrazos.

Pues eso, a querernos y a enterrar en el mar a aquellos que viven del desencuentro, el odio y la división en este territorio comanche, y a tirar la Verja y a construir ladrillo a ladrillo un futuro mejor para las generaciones venideras.

La primera piedra, en forma de solidaridad de verdad, la puso el Gobierno de Gibraltar hace casi un año cuando decidió pagar los ERTES de todos sus trabajadores, incluidos los de 15.000 transfronterizos, entre los que hay unos 10.000 españoles. 20,5 millones de libras lleva gastados en estos meses de pandemia en salarios; a razón de 1.155 libras (salario mínimo) por cada trabajador durante los meses de cierre de negocios no esenciales. 45 millones de libras en pagos directos y 122,2 millones de libras que ha dejado de ingresar. Un total de 167,2 millones de libras de solidaridad sin los que la COVID-19 hubiera sido mucho más duro en un territorio golpeado especialmente durante la tercera ola.

La segunda gran piedra la puso a finales de 2020 la comarca cuando, con el presidente de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, Juan Lozano, y todos los alcaldes a la cabeza, exigió a los gobiernos de España, el Reino Unido y Gibraltar un acuerdo que impidiera que la zona fuera la única de toda la UE sujeta a un Brexit duro. Y los sindicatos y los grupos transfronterizos, con Manuel Triano. Lorenzo Periáñez y Juan Carmona, en primera línea de batalla.

Finalmente, gracias también al empujón comarcal, se alcanzó el acuerdo de Nochevieja de 2020.

La solidaridad gibraltareña y el ansia de acuerdo campogibraltareño son los sólidos cimientos del tratado que debe estar firmado en junio y que no puede defraudar las grandes expectativas que hay sobre una zona de prosperidad compartida.

Y la verdad recién descubierta, claro.

Jorge Bezares, periodista
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