Señales de vida

Texto escrito para el catálogo sobre la exposición "Éxodo", que puede verse en el Castillo de Guzmán El Bueno, en Tarifa, hasta el próximo 20 de octubre

Sabemos desde antiguo que el concepto de paisaje sólo existe para la humanidad. La naturaleza nos impone a todos los seres vivos sus propios códigos: la fuerza inabarcable de la tectónica, la bofetada del mar inmenso, la violencia y la serenidad telúrica del cielo o la paciencia infinita de las montañas. Interpretar lo que vemos, como la risa, sólo concierne –que sepamos—a las personas, que hemos intentado domesticar sus excesos, acotar sus planicies, dialogar con la tierra para obtener sus frutos o imaginar los misterios del firmamento en días de vendaval o en noches de estrellas.

Quizá el panorama del planeta seamos, en cambio, quienes le habitamos. Son los riscos quienes tal vez nos contemplen y no al contrario. Es el oleaje el que quizá se detiene para apreciar nuestros torpes faluchos sobre su superficie. Y los terremotos, probablemente, constituyan un simple zapatazo contra nuestros pobres hormigueros, esos vanidosos rascacielos de Babel que ni siquiera lo rozan, ese predio al que sólo volvemos cuando ya la ciudad no nos hace libres y necesitamos recobrar aire puro, ráfagas de vida o esa brizna de eternidad que nos brindan las colinas y los estuarios, aunque quizá ni tampoco sean inmortales.

Tardamos en descubrir que el paisaje era el paisaje. Los clásicos lo interpretaban como un simple telón de fondo de batallas, mitologías y prodigios. Lo que parecía importarles a griegos y a romanos no era el escenario sino el argumento: la vida o la muerte, la rueda del tiempo. Las artes intentaron, luego, sojuzgar cascadas o arboledas como trasfondo para la peripecia cotidiana de los mecenas que pagaban al artista que, llegado el romanticismo, decidió que
galernas o campiñas podían servir como interpretación, más o menos fiel, de su alma. Aún perdura ese espejismo.

“Este es un escenario hecho a la medida de los dioses, no de las personas”, me alumbró hace años Rafael Zapatero ante el Estrecho en llamas de una tormenta. He ahí las columnas colosales de Hércules, los monolitos de Calpe y de Musa, los farallones del Atlas, esa marca de agua que no distingue en rigor entre las aguas falsamente calmas del mediterráneo y el poder mágico del atlántico. Frente a ese espectáculo natural, volvemos a sentirnos diminutos, frágiles e inermes. Y, como en muchas otras ocasiones, de ese asombro íntimo surgen palabras o trazos, melodías
y arcilla, la voluble arquitectura, pasos de baile o máscaras de drama y carnaval. Quizá fuera Estrabón quien primero diese nombre y sentido a estas costas. Sin embargo, su verdadero mensaje ya estaba escrito de antiguo en su línea de horizonte, querido Pepe Guerra: aquí se habla de peligro y de supervivencia, de aventura y de belleza, de hipogrifos y de constelaciones, pero también de armonía y de sus contrarios.

Durante siglos, hemos contemplado sus costas y su superficie marina con la fascinación de quien permanece absorto ante una hoguera o de frente al oleaje. Ya no sólo nos seduce ese formidable decorado natural –aunque tal vez, en rigor, nosotros seamos su decorado–, sino los seres que lo hicieron suyo: la turba majestuosa de las aves, el juego de las orcas y delfines, el viaje interminable de los atunes, las estremecedoras aletas de los escualos, las reatas de asnos
litorales cargados de mercaderías, las vacas que aguardan en las playas el retorno de los toros de Gerión.

Quisimos imitarles y echamos a navegar naves y almadías, temblorosas velas sobre una tabla de colores, náufragos llegados como los pobres de Zeus desde el otro lado del mar. No sabemos donde nacen estas aguas, de donde proceden sus nubes, aunque nos lleguen noticias de siglos desde el Líbano al Caribe. Pero nos sabemos, por ello, hermanos del mundo: que hay un aire de familia en el mar nuestro; que nos aturde, como a Ulises, el canto de las sirenas y nos atrae el ultramar, como nos intriga la otra vida.

Veintiocho artistas plásticos se asoman ahora a ese mirador marino para ofrecerle una nueva piel a esa vieja ceremonia. Pepe Barroso y Javier Machimbarrena les han invitado a ese rito arcano para que ofrezcan sus visiones particulares de este mismo enclave, como teselas de un mosaico colectivo aunque del todo inabarcable. Desde la pintura y desde la escultura, a través de collages o de instalaciones, no sólo nos trasladan sus perspectivas tan personales como complementarias, sino que también nos brindan un poliedro fronterizo que ya no sólo estriba en la apariencia de las formas sino en su concepto. Hay una estricta aduana que rompen los colores, la heterodoxia de las texturas, el alborozo de una amalgama mestiza que ya existía entre las placas tectónicas y que han heredado sus pobladores.

Y es que, en esta exposición, trasmina una íntima convicción, la de que hombres y mujeres, como los árboles, los pecios, las almadrabas o las gaviotas, sólo somos –si algo fuéramos—parte de ese espectáculo natural. El petricor se entremezcla con el olor a pan o a especias. En el ánima creadora existe esa misma voluntad de trasgresión que nos fuerza a ir más allá de las lindes establecidas y de los contornos convencionales. El mismo espíritu que lleva a los desesperados a saltar las vallas, es el que fuerza al arte a transgredir lo establecido, lo convencional, la estática
del canon. En pie de paz, en un éxodo que a menudo es físico, pero que siempre es espiritual. Aunque arroje ataúdes al mar, cuerpos en tránsito pero sin pasaporte, la persistente llovizna de la intransigencia, los uniformes color ley, los pecios de los sueños sumergidos.

A través de ellos, veo el mismo paisaje pero ya es otro. Ahora, lo habitan largas hileras de fugitivos, la pompa del poder, la sabiduría ancestral de los abismos, cosidos entre sí como cicatrices corporales del planeta. Este mundo invita al éxodo, porque es posible que más acá haya monstruos y nadie recuerde lo que fue Gondwana. Ahora, nos enfrentamos a la perplejidad de que por estos espacios se muevan libremente mercancías y capitales, pero al mismo tiempo persiste un orden artificial que impide que se muevan a su albur quienes siempre lo hicieron, esa suerte de bípedos nómadas que fueron construyendo una civilización fallida, la que cambió el valor por el precio, pero no acepta la rendición de la esperanza. Eso es lo que les mueve. Los nómadas no sólo escapan, también buscan. Huyen o viajan, unos y otros. A veces, se entremezclan sus oficios: algún día escribirán su propia historia aquellos que viajaron en las pateras, a vida o muerte. Hoy les interpretan, a través de esta exposición o de muchas otras, un puñado de cómplices, convencidos de que, en el pasado o en el porvenir, todos fuimos o seremos carne de destierro y de búsqueda. A cara o cruz. A sabiendas de que el arte o el mar no sólo debe ser el morir, sino hermosísimas señales de vida.

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