Se fuerte, Limones

Frente a las críticas suscitadas en ciertos sectores diplomáticos y políticos, el autor del artículo, Juan José Téllez, coordinador de este blog, prefiere ver la botella medio llena

La visita de cortesía girada esta semana al Peñón por el senador Antonio Gutiérrez Limones, del PSOE, a la sazón presidente de la comisión de Exteriores del Senado, no ha sentado bien en ciertos círculos diplomáticos y políticos de un país que lleva 300 años intentando reconquistar Gibraltar sin conseguirlo. Y, durante ese mismo intervalo histórico, desatendiendo grandemente a los patriotas campogibraltareños, que se han visto secuestrados como rehenes por intereses de Estado que no siempre coinciden con los intereses de sus habitantes. Durante ese tiempo, mientras los gobernadores militares de la Roca se iban de alegre montería a La Almoraima con los del Campo de Gibraltar, el personal se tenía que buscar las vueltas en el contrabando y en el aliquindoi de la economía sumergida.

Ni a los espíritus menos afines al patriotismo escolástico se les escapa que la diplomacia tiene también unas reglas no escritas que incluyen la gestualidad, las fotografías y hasta los silencios. Sin embargo, mucho es de extrañar qué ha enojado tanto de la excursión a las cancillerías patrias. O entre algunos responsables del PSOE, incluso.

Hasta el alcalde de Algeciras, el senador José Ignacio Landaluce, contó hasta diez el miércoles y se limitó a ironizar sobre las meriendas en Number Six, Convent Place, la sede del Gobierno gibraltareño. Tanto el alcalde de La Línea, Juan Franco, como el de San Roque, Juan Carlos Ruiz-Boix, o el presidente de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, Juan Lozano, estos dos últimos socialistas, han aplaudido la iniciativa de Limones. Otrosí ocurre con el presidente de Apymell, Lorenzo Pérez-Periáñez, con los representantes de CCOO, UGT o del Grupo Transfronterizo. A todos estos últimos satisfizo la minigira comarcal del senador sevillano. No hubo gritos de traidor-traidor en la Verja. Esos minutos de charla cordial en el corazón de la Roca, ¿le hizo perder ventaja a España en una batalla que llevamos perdiendo tres siglos?

Limones, se fuerte, como diría el sabio. No es reprochable lo que hizo el senador, sino más bien al contrario. Lo que no resulta comprensible es que si quieres que Gibraltar sea de España, elimines la posibilidad de que los gibraltareños aprendan español en el Instituto Cervantes. Eso hizo el ex ministro García Margallo, que ahora pasea su manual de cómo retroceder en contencioso, pretendiendo justamente lo contrario. Ni tampoco parece demasiado lógico que si tanto nos interesa el Peñón, no lo visitemos cuando alcanzamos un cargo.

Marcelino Oreja, que fue un buen ministro español de Asuntos Exteriores y que firmó el Acuerdo de Lisboa con Lord Carrington en 1980, se ufanaba de que no visitaría Gibraltar mientras siguiera ondeando la bandera británica sobre dicho territorio. Lo que no le impedía visitar Gran Bretaña, la potencia invasora. Diez años antes, España cerraba la Verja por un lado y buscaba turistas ingleses por otro. Sutilezas, supongo.

Para viaje espectacular a Gibraltar, el que protagonizaron el entonces alcalde de La Línea, Juan Carmona de Cózar, y sus concejales Rafael Palomino y Antonio Marmolejo, justo cuando la guerra de Las Malvinas impidió que se reabriera la Verja en la primavera de 1982, una ceremonia que tuvo que esperar hasta fin de año, con el primer Gobierno socialista. Los representantes linenses viajaron de manera clandestina a aquella comunidad cerrada. Al volver, embarrancaron y todo el mundo lo supo. Quizá es lo que querían: que se supiera que habían estado allí, que los gibraltareños intuyeran que existía la clara voluntad de excarcelarles y que los campogibraltareños que se habían visto perjudicados por el cierre recobraran cierta esperanza.

Tal vez, la mejor manera de ejercer la diplomacia sea la de ser poco diplomáticos. Aquí, en esta encrucijada histórica, Gibraltar y el Campo, en su conjunto, se juegan su próximo siglo y esto no es un tute subastao, sino una partida de ajedrez en la que cada figura juega un papel. A muchos, se nos antoja que la mejor manera de ganar la partida es quedar en tablas durante un cierto tiempo y resolver los problemas comunes que afrontamos y que necesitan una respuesta urgente: la del escenario post-Brexit y post-pandemia.

Hasta ahora, en virtud de Utrecht, las reglas del juego del Palacio de Santa Cruz vienen estribando en ningunear a los gibraltareños como voz legítima en un asunto que concierne al lugar que habitan. Lo que debería preocuparnos, sin embargo, es que tampoco nuestras propias autoridades consideren que tampoco tienen derecho a esa voz los campogibraltareños. La patria no sólo es propiedad de los Estados o de sus gobiernos en abstracto, sino de la gente que la construye a diario.

Gibraltar, en los últimos años, ha llegado a poner en duda no su lealtad hacia Gran Bretaña sino la lealtad de Gran Bretaña hacia dicha comunidad. El acuerdo de Nochevieja y la campaña de vacunación han sanado esas leves heridas y Londres y el Peñón vuelven a hacer piña. Al menos, en apariencia. Los contactos del gobierno gibraltareño con los parlamentarios británicos es frecuente, incluso cuentan con órganos de decisión y consulta compartidos. ¿Por qué, en cambio, los parlamentarios españoles no pueden abrir una rendija de diálogo al nivel que les concierna? Conocerían, como hizo el miércoles Gutiérrez Limones, la realidad física sobre la que tienen que debatir y, en su caso, decidir. Le pondrían rostro. Pero, además, ¿qué tendríamos que perder los españolísimos si mediante ese contacto nos cupiera la posibilidad de ejercer, por mínima que fuera, una mínima querencia en el corazón yanito que históricamente pretendemos seducir sin suerte?

Linchar políticamente al senador, como parece pretenderse, podría suponer un alud de piedras sobre nuestro propio tejado. Y no contribuiría a crear el clima de confianza que merece la ocasión.

Juan José Téllez, escritor, periodista y titular de este blog
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