«Pringaos»

"Todo sale bien si se conoce a los políticos adecuados, sobre todo si son de la familia", afirma Emilio Castro en este artículo en que los diferencia de quienes no tienen acceso a semejantes círculos

Querido lector, igual usted no lo sabe, pero lo más seguro es que pertenezca al mismo grupo social que yo, el de los pringaos. No existe ninguna asociación o sindicato que nos represente,  no hay congresos, ni se escriben tesis doctorales sobre el pringadismo. Ni la literatura, ni el cine, ni el teatro, nos han prestado mucha atención. De hecho la mayor parte de los miembros de este singular grupo, ignoran que pertenecen a él. Somos una mayoría nada silenciosa, al contrario, hablamos hasta que se nos seca boca. En nuestros sacros templos, los bares, discutimos apasionadamente, a veces con mucha vehemencia, sobre lo que cuesta vivir y lo que cuesta morirse, lo que cuesta pagar y lo que cuesta cobrar. Hay quien encuentra  fácilmente remedio rápido para todo ¡“esto en cinco minutos…”! Pero nunca llegan las soluciones ni en minutos, días, meses, ni años. Todo se queda en la queja.

Muchos se conforman con ser “aparatos digestivos” (como decía el gran escritor marroquí, Mohamed Chukri). Nacen, comen, se reproducen y mueren. Se trata de vivir por vivir. Vivir para hipotecarse, para ir al súper, vivir para soñar con tener un apartamento en Torrevieja, (Alicante). Festejan “La liga del Champiñón” y la Paella los domingos, mientras sufren en silencio la inclemencia del rebaño, la desazón de lo cotidiano. Pagan, pagan y vuelven a pagar, la luz, el agua, el teléfono e internet, los seguros del coche, la renta… Hacen falta muchos madrugones, aguantar a tanto jefe cabrón y a tanto jefecillo aún más cabrón, para pagar a plazos el paraíso.

En la vida solo hay dos tipos de personas. Por un lado estamos casi todos, los pringaos. Por el otro, están ellos, los listos, esas auténticas lumbreras especialistas en conseguir no hacer nada productivo. Caminan por encima de la pringue, como Jesucristo sobre las aguas, sin mojarse. Son los patricios de nuestra era, dueños de empresas fantasmas, son grandes artistas encareciendo el precio del chóped, hasta cobrarlo como si fuese jamón de Jabugo.  Mediadores, intermediarios, cortan la tarta y se quedan con montañas de miguitas, montañas enormes. Ases del peloteo y del pelotazo, portadores de maletines de cuero, que sirven tanto para sobornar a concejales de pueblo, como para engañar o dejarse engañar como chinos.

Con descolgar el teléfono, se consiguen mascarillas, “más carillas” que en ninguna parte, o se lleva el futbol a una dictadura medieval para defender la causa feminista. Si hay dinero suficiente, el año que viene jugarán en Marte para defender a E.T. Mientras, los trenes vuelan en el desierto a cambio de una comisioncita de nada. Tener un título, no me refiero a uno de ingeniero aeroespacial, sino a uno nobiliario, vende mucho, cuanto más rancio y apolillado mejor. Muchos coleccionan apellidos larguísimos. Así la vieja nobleza del boato y la nueva del “paletazgo”, conviven trincando, sin tirarse de la sábana, entre fantasmas ya se sabe. Siempre están ahí, son los condimentos de la salsa del trinque. Marqueses, duques y condes, nuestro injuzgable ex rey, hermanísimos, cuñadísimos, primísimos y alguno que pasaba por allí, lampando por dinero público. Siempre están entre “paganinis y cobraninis”, tirándole pellizcos al pan recién horneado. Todo sale bien si se conoce a los políticos adecuados, sobre todo si son de la familia, aunque no pertenezcan a las una de la “cinco familias de Nueva York”.

Querido lector, es posible que usted tampoco sea consciente de ser un pringao como yo, como la mayoría. Los otros, los listos, se ríen de nuestra honradez, de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo. Somos unos pobres diablos que pagamos todos los platos que se rompieron y los que se romperán. Ellos, se libran por vacíos legales, amnistías fiscales, alzamientos de bienes, paraísos fiscales y testaferros. Todo se perdona cuando miran de frente a la bandera de España y los ojos les brillan de ardor patrio. Nosotros podemos ya mirar a la bandera del Betis, que no nos libra ni Dios.

 Mientras escribo estas líneas, sé que en algún sitio, alguien está especulando con el aceite de girasol, la electricidad, la gasolina, el gas, y lo que pille. Siguiendo el ejemplo de mi padre, vindico mi clase social, la de los pringaos, la de la honradez, la de los que hacemos que el mundo gire, la de los que cubrimos a la banca del casino del mundo. Ellos, los listos, están ahí, robándonos porque se lo permitimos, les reímos sus gracias, les votamos a ellos y a sus acólitos. En todas partes se escuchan sus risillas.

Lo peor de todo, es que muchos de los nuestros están deseando dejar de ser pringaos para ser como ellos. 

Emilio Castro, fotoperiodista, escritor e ilustrador
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