Prefiero el verso al metaverso

Emilio Castro, en su artículo de hoy, apuesta por la realidad frente a la realidad virtual

No me queda claro a estas alturas si evolucionamos o involucionamos a pasos agigantados. Los “cerebros” más grises del valle de la silicona en Estados Unidos, se están volviendo locos con la pamplina virtual del metaverso. Según ellos, un futuro flipante nos aguarda sin salir de casa, al otro lado del pasillo. Han inventado la forma de que pueda “vivir sin vivir en mí” igual que Santa Teresa, en un mundo nuevecito a estrenar. A partir de dentro de un rato, podremos bilocarnos en dos yoes distintos con un solo corazón. Podremos sacar a pasear una imagen virtual de nosotros mismos en forma de dibujo animado, para hacer el gil en un lugar inexistente. Podremos descubrir la vacuna contra la caspa común sin levantarnos del sofá, exhibirnos y consumir, asistir a un concierto de rock en pijama y consumir, hacernos pasar por Hugh Hackman o por su prima, la de Alabama, y consumir, consumir y consumir. A fin de cuentas de eso iba lo del futuro ¿no?

Esto va a revolucionar las relaciones humanas, dicen, tendremos ciberamigos y cibernovias, acudiremos al trabajo en tres dimensiones, nos iremos de copas a los cibergaritos de moda. Viviremos en otra dimensión en la que definitivamente, nada de nada será verdad, salvo el conejo que sale de la chistera. Crearemos avatares más altos, más rubios, y mucho más guapos que nosotros, para poder engañarnos sin sufrir decepciones mañaneras. A este paso no distinguiremos el atún del betún, todo será una ficción permanente, una adolescencia persistente y pija, egoísta e insolidaria. El país de Nunca Jamás, hará que nos olvidemos de la realidad para siempre, pero no de las fantasías animadas de ayer y de hoy.

Lejos del universo virtual en el que uno no se despeina, vivirán los otros, los que no pueden acceder al agua potable, los que no han visto un ordenador en su vida, los que ignoran que se puede entrar en una tienda virtual y comprar agua mineral de Australia con láminas de oro dentro. Estaremos todos tan ensimismados, más de lo que ya estamos ahora, que nos convertiremos en esclavos voluntarios de un sistema alienante, regido por un algoritmo sacamantecas, destinado a sacarnos los cuartos de un modo u otro.

Si lo pensamos, ya está pasando esto, sin necesidad de llegar al metaverso. Vaciaremos de contenido nuestras vidas y de paso nuestras cabezas, lo haremos sin que nadie nos empuje, de forma voluntaria, pagando una tarifa plana. Nuestra forma de vida, habrá renunciado a esforzarse lo más mínimo. Haremos de la pereza mental el arte del todo sin esfuerzo y el todo simulado.

Mientras esta nueva tecnología nos come el tarro, desandaremos lo andado, entre aplausos y alegrías. Retrocederemos a los lugares de nuestro pasado más oscuros, esos que nadie recuerda, porque nadie los ha estudiado en la escuela. Estoy seguro de que ninguno de los muchachos que acabaron muertos en la valla de Melilla, sabían qué narices es el metaverso. Sus cadáveres yacían amontonados en una pila, como si fuesen fardos. Esto no es virtual, es la puñetera realidad, dentro de poco nadie sabrá distinguir la diferencia entre lo que es real y lo que no. Ellos, solo querían una migajita del pastel de occidente, de esas se quedan pegadas al cuchillo de quién reparte.

Qué majos somos los europeos, qué solidarios con los ucranianos y qué racistas con los negros, qué bien llegamos a acuerdos con Marruecos para que nos “limpien de basura” los contornos. Con la conciencia tranquila, gracias al trabajo de nuestro amigo Mohamed, podremos relajarnos en nuestra butaca y hacer un viaje en burro, (virtual, por supuesto) por Las Alpujarras ¿Qué será eso de los derechos humanos?

La tecnología permite que existan cibermundos paralelos y el metaverso, es una realidad a medida para cada uno. Pero dejadme que yo prefiera vivir a simular vivir, sufrir a perder vidas imaginarias. Viajar a La Luna con Cyrano de Bergerac, o perseguir a Moby Dick, por todos los océanos de mi imaginación, perdiéndome entre páginas venturosas. Ponerme una chaqueta blanca y ser Rick en un café de Casablanca o acabar yo mismo con Alien, en un cine de barrio, de esos que ya se han extinguido.

Prefiero nubes de algodón en una tarde de otoño, a las de almacenar datos. El ruido de la calle, el viento en la cara, el olor a tierra mojada, el moreno de tus ojos, el Sol de invierno dándome en la espalda, el dulce olor a Jazmín en primavera, el vuelo de los vencejos al caer la tarde en verano. Discutir acaloradamente, para luego hacer las paces entre tus brazos. Prefiero el verso al metaverso, prefiero amar, prefiero amor, tu sonrisa, al logotipo de Amazon y “el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional”.

Emilio Castro, fotoperiodista, escritor e ilustrador
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

uno × cuatro =