Pérez Villalta reúne su obra más personal en Cádiz

La exposición del artista tarifeño permanecerá abierta desde este viernes 25 de septiembre hasta el 29 de noviembre


“Quizás no somos conscientes de nuestros momentos de gloria”, reflexionó en su día Guillermo Pérez Villalta (1948), en torno a una de sus obras, “Instante preciso”, un óleo sobre lienzo realizado en 1991 y que ahora incorpora a “El signo de Occidente”, una antología personal de su propia obra, que se inaugura este viernes en Cádiz. Su concepto dio para mucho, mutado el lienzo a la escultura, desde hace años puede contemplarse su figura sobre el frontispicio del Ayuntamiento de Granada. Si el artífice tarifeño no es consciente de sus momentos de gloria, si lo es de sus momentos de emoción, como los que recoge en esta muestra de su obra correspondiente a un dilatado periodo vital pero que ya forman parte del legado que donó en 2013 al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.

Este organismo, así como la Delegación Territorial en Cádiz de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico, auspician esta muestra que ya se inauguró, casi un año atrás, en el C3A, la sala de plástica de vanguardia que la Consejería de Cultura inauguró años atrás en Córdoba.

Esta exposición parte de la donación que su autor donó recoge una importante parte de las piezas de la donación, que a su vez representan distintos periodos de su peripecia creativa. Desde la pieza que da título a la muestra en su conjunto, a una de especial complejidad, «Visperas de Pascua», muebles y joyas que también son de su autoría.

“A la hora de diseñar todos estos muebles –escribe Pérez Villalta en el catálogo–, una de las cosas más importantes que tenía en la cabeza era utilizar esos materiales que estaban ya muy en desuso (ahora encantan a la gente, pero en aquel momento estaban de capa caída), como la formica, o ese otro nacarado tan particular, derivado del plástico, que se emplea para recubrir decorativamente el costado de los tambores o las baterías”.

Natural y vecino de Tarifa –en su casa tarifeña ha pasado el confinamiento–, estudió Arquitectura, aunque no llegó a terminarla a falta de alguna asignatura, y se relacionó en Madrid con la llamada “movida” de finales de los 70 y comienzos de los 80: en la película autobiográfica Dolor y Gloria, el último título hasta la fecha de Pedro Almodóvar, pueden contemplarse cuadros de Pérez Villalta que el cineasta conserva en su domicilio.

La anatomía y la sexualidad. Las formas y los volúmenes. Esos diálogos están presentes en la obra que Pérez Villalta lleva ahora hasta la capital gaditana y entre cuyas piezas también figuran algunas de las que utilizó para el diseño arquitectónico de un edificio de la Cámara de Comercio del Campo de Gibraltar que terminó siendo reconvertido centro cultural bajo la denominación de Kursaal.

“A veces lo que llamamos destino, en su complicada maquinaria, no nos deja intuir lo que nos depara. Más bien suele engañarnos las más de las veces. Pues bien, cuando, en una tarde de septiembre de 1989, recibí una llamada convocándome a una cita con Victoriano Juan López Cuevas, entonces Presidente de la Cámara de Comercio, no pensé nunca lo que esta llamada llegaría a significar. Pensé que pretenderían encargarme un cuadro. Más aún, pensé que se trataría del retrato del Rey que en todo edifico oficial remata, como una guinda de mala pintura, el salón más importante. Dispuesto a todo accedí a la cita. Allí estaba un señor que inmediatamente supuse era un aficionado a los toros. No le faltaba el puro, ni su aire de observador paciente propio del aficionado. Empezó a hablar lentamente, diciendo que había pensado en mí atendiendo a mi fama como artista, etc., etc., y por ello pensaba que si me interesaría proyectar el nuevo edificio de la Cámara”.

Su perplejidad iba en aumento: “En este punto creí no haber entendido bien. Porque aquellos que me conocen saben que la arquitectura ha sido mi acción antes que la pintura. Vamos, que ésta es más bien circunstancial y debida a que aquello que llamo arquitectura es una tarea rara y difícil. Empezando ya en la misma carrera, que para mí fue de obstáculos más que de enseñanza. Pero para el resto de la gente soy pintor, que es fundamentalmente de donde saco apoyo económico para vivir. Por ello creí que la proposición era otra. Así que repetí:

– ¿Proyectar el edificio? ¿No se trata de hacer algo en un proyecto ya existente?”.

Y así fue, un proyecto ex novo que terminó ejecutándose con la firma y la asesoría del arquitecto algecireño Enrique Salvo pero cuya estructura y simbología cuidó con mimo.

Otra de las piezas claves de la exposición es la obra Víspera de Pascua, justo de hace veinte años. Se trata de una pintura de gran formato –temple viílico sobre lienzo–, trenzada de dificultad y de contradicciones sentimentales: «Estaba entonces -escribe- sometido a fuertes cambios afectivos. La propia obra me sirvió de refugio para estas tormentas y no es ajena a ellas. Por eso quizá tiene una fuerte estructura racional, matemática y geométrica, de complicados cálculos y trazados que sirve de agarre a los elementos simbólicos que a modo de exvotos la cubren como despojos». Y añade: «Pero también son ofrendas con el sentido de la entrega positiva que debería tener el arte. No son las penas sino el Fénix que nace de sus rescoldos».
La biografía emocional de Guillermo Pérez Villalta puede seguirse perfectamente a través de esta muestra, una de cuyas piezas de mayor complejidad es esa a la que él se refiere: “Es una de las obras más complejas que he inventado. La primera idea surgió del Domingo de Ramos de 1999 y fue desarrollada en idea y realización hasta marzo de 2000”.

“Por eso quizás tiene una fuerte estructura racional, matemática y geométrica de complicados cálculos y trazados que sirve de agarre a los elementos simbólicos que a modo de exvotos la cubren como despojos”.
A juicio de Pérez Villalta, muy cuidadoso con los conceptos, esa figura “quiere ser altar o retablo mandala para la meditación de lo humano que en su deseo y pasión aspira a ser divino”.

“Es una ventana o celosía que da a un espacio exterior de un cielo donde no aparece el horizonte. La parte superior como si de un rosetón o custodia se tratase deja el vacío en su centro. En un principio en los bocetos aparecía un niño que sopla unas semillas de diente de león, como símbolo de la distracción, que fue el motivo inicial de esta compleja estructura. Pero fue sustituido por un vellocino de cordero, como víctima del sacrificio pascual. Los símbolos de la pasión tienen aquí un valor añadido al de la imaginería cristiana; son, además, otra cosa que nos atañe a todos, pues aquí pasión es sinónimo de vida”.

Su ojo creativo no sólo se centra en la pintura, en la arquitectura o en la escultura, sino que viaja hacia el mobiliario, como ya hemos visto, la joyería o los ornamentos: “Vivimos en un mundo desposeído de significado. Lo útil ha dejado sin referencias a las cosas donde sólo la economía las dota de valor. No sólo se ha quitado al ornamento su valor, sino a nuestra capacidad de reconocerlo. Hay que volver a explicar las cosas porque ya no se sabe qué representan, todo es instrumento y herramienta, y sólo nos interesan por lo que son capaces de producir o por su valor monetario”.
“Para ellos, tanto en los objetos, muebles y joyas y lo que pueda estar por venir, me baso en mis viejos ritos, aquellos que crearon la cultura en que vivo, alrededor de este Mar Mediterráneo. Ya sean los dioses muchos, uno o ninguno. Mi fascinación también viaja, pues por algo vivo en un mundo comunicado: también mi propio tiempo ha aportado gran parte del vocabulario”.

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