Oye, patria, mi aflicción

Entre los muy patriotas que se creen que sólo a los muy patriotas les pertenece la patria y los que no les desmienten porque se lo han creído, Juan José Téllez propone en este artículo una visión distinta del patriotismo

Los muy patriotas, ya se sabe, colocan la bandera hasta en los estancos, la escrituran a su nombre como si fueran obispos y como al tópico de Sevilla sin sevillanos, les encanta la patria sin el resto de patriotas, ya saben, a los que fusilan por WhatsApp, en lugar de fusilar por amor, como a Ortega Smith –patriótico apellido– le gusta recordar los crímenes del franquismo.

Les encandilan Hernán Cortés y Francisco Pizarro, pero a Cabeza de Vaca miran de soslayo quizá porque defendía a los indios y porque trabajó en Venezuela, como si fuera de Podemos en ambos casos. Y al Padre Fray Bartolomé de las Casas le denuncian al Vaticano por si fuese afín a la Teología de la Liberación o a Caritas parroquial. Su éxito es inigualable: tras una visita a México de Santiago Abascal, el ultrapatriotismo ha logrado lo que nadie logró antes, una indudable victoria: que retiren a Colón de la Avenida Insurgentes y lo encierren en un museo para que no le de la humedad. Y qué decir en Ceuta, nuestro Ponto Euxino: ha logrado que hasta el Grupo Popular de Juan José Vivas esté a punto de ponerles un cordón sanitario, antes de que incendien el Revellín antes que Marruecos. ¿De donde han sacado que los musulmanes no puedan ser tan españoles como los de los kikos?

En las zonas fronterizas, el algodón no engaña: todavía recordamos, malditas hemerotecas, cuando el tertuliano José Manuel García-Margallo, disfrazado entonces de titular de Exteriores, pretendió semicerrar otra vez la Verja de Gibraltar. Y fue allí, donde uno de sus colegas del consejo de ministros pidió patriotismo a los matuteros que trasegaban un par de cartones de nicotina, para que dejaran de hacerlo, cuando nadie reclamaba a Cepsa que no suministrase combustible al Peñón. Las petroleras deben ser marca España y los vendedores clandestinos de tabaco, simple marca Rinconete y Cortadillo.

A los muy patriotas les enardecen los desfiles militares del 2 de mayo, cuando –como bien sabe Nieves Concostrina–, nuestras aguerridas fuerzas armadas se encontraban acuarteladas ese día y sin pase pernocta, tal que el Ejército Nacional de Afganistán al borde de un ataque de talibanes. Y mientras la canalla se jugaba el pescuezo en los fusilamientos de Goya, junto a Daoíz y Velarde o unos cuantos más soldados sin graduación, que pusieron color rojo a la calle mientras el resto jugaba a los naipes en la sala de banderas, sin que fuera la baraja del Capitán Riego, aquel español ejecutado por quienes creían que sólo Fernando VII era España. Ahora, blasonan de la heroica resistencia patria frente a Napoleón Bonaparte, que quería imponer la democracia en las bayonetas. Quizá lo que les moleste sea lo primero y no lo segundo. Quizá lo que nos faltara, como argumenta con razón Arturo Pérez Reverte, fuera una guillotina a tiempo en la Puerta del Sol.  

Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, cantaba Víctor Manuel antes de que fuéramos camisa blanca de la esperanza. “De Lope, el amor,/ la rabia de Quevedo,/ Espronceda, los Machado,/ Rocinante y Platero/Vivan las Cortes de Cádiz/y el Himno de Riego/Yo, como Unamuno, contra esto y aquello”, canta Loquillo con letra de Carlos Segarra y de muchos otros apátridas. La tierra de los catetos, la del mar que no es necesariamente el morir, la que se jugó la vida en un pozo minero y ahora se la juega en una bicicleta, repartiendo comida rápida. La de esos lugares a donde no llegan los trenes, la de las maletas de cartón y el transmiseriano a Europa, cuando íbamos a construir España entre tuercas de Volkswagen y ahora lo hacemos fregando vasos en los bares de Dublin. La que canta isas o se parte la camisa, levanta piedras o sube a una montaña de cuerpos paisanos, la que se pone a bordar frente a la costa de la muerte, la que cada año quema sus monstruos en San José. 

Los muy patriotas se van de picnic por Europa, con Hungría y Polonia, como alegre muchachada, acuden al besamanos de la Merkel tapándose la nariz para que no les contagie esa comunista que nadie sabe qué hacía al frente de la CDU. Hasta allí se llevan las cacerolas del barrio de Salamanca, para pregonar que Pedro Sánchez es un totalitario por hacer lo que hicieron casi todos los gobiernos europeos y, a veces, sólo a veces, mejor. Recitan que viene el lobo, de León Felipe, pero con la letra cambiada de trinchera y afirman que las hordas rojas van a matar a Montesquieu cuando ellos llevan varios años sin renovar el Poder Judicial, prácticamente monopolizado por jueces conservadores. ¿O bolivarianos?

Que esa España, cuentan de Bruselas a Estrasburgo, –que no es su España, quede claro– va a derrochar los dineros como si fueran los de la Gurtel, los de la Kitchen, los de todas esas operaciones de corrupción patriótica que ya son tantas que la policía ha contratado a un equipo de guionistas para ponerles nombre.

A los muy patriotas les chiflan que nuestras bases luzcan otras banderas y que las utilice la CIA para sus vuelos secretos antes que para evacuar fugitivos del infierno, tampoco les agrada que refugiemos a los afganos que ayudaron a nuestra patria, que legalicemos a los inmigrantes que llevan años salvándoles las cosechas a nuestra patria urbanita, que todas las españolas sean iguales que los hombres ante la ley, que cualquiera se acueste con quien quiera y no con quien ellos manden.  

Oye, patria, mi aflicción. Entre los muy patriotas que se creen que sólo a los muy patriotas les pertenece la patria y los que no les desmienten porque se lo han creído, ¿quién se ocupará de ti, balsa de piedra, piel de toro de Osborne, que tienes, albricias, el don de lenguas y aunque tu himno no tenga letra, suena una hermosa música distinta en cada una de tus calles?  Ni siquiera nos hace falta una sola bandera porque tenemos 17 que también lo son, mientras su gente no diga lo contrario.

Que nadie se alarme, que la patria solo está en peligro cuando nos invaden las eléctricas.  Pues si España sigue viva después de siglos de conquista y malversación, de cambiar la camiseta de Trafalgar a la montaña del Príncipe Pío, como si fuera el mercado de invierno del imperialismo; si la vieja llamémosle Hispania, Al Andalus, Sefarad, sigue respirando tras tanta leyenda negra y tan escasas palomas blancas de Picasso; tras tan pocas constituciones y tantas asonadas, tras tantas traiciones como felonías, guerras y garrotes, concordatos y acuerdos bilaterales con el imperio de turno; es que este puto país al que tanto quiero goza de una extraordinaria mala salud de hierro. Ni los muy patriotas ni los vendepatrias podrán con ella, esa vieja dama de mal genio que nos sigue enamorando aunque a veces nos disguste como va vestida.

via eldiario.es

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