Operación Algeciras: la historia del comando argentino frente a Gibraltar

Una película narra los pormenores de aquella frustrada operación de sabotaje en el Gibraltar de la guerra de las Malvinas

A finales de abril, soplaba fuerte el levante contra la Bahía de Algeciras. Veintidós años después, Máximo Nicoletti todavía recuerda las palabras que le dirigió a su viejo compinche, mientras contemplaban la fortaleza gris y azul de Gibraltar, con aquella fragata de la Royal Navy, que entraba y salía escoltando a petroleros.  Los dos porteños estaban en la otra esquina del mundo, sobre la arena delgada de la playa de poniente de La Línea de la Concepción: «Le dije al Pelado: ‘alguna forma vamos a encontrar para hundirle un barco a estos tipos´. Nos teníamos mucha confianza operativa».

            En la primavera de 1982, cuatro argentinos intentaron una acción de sabotaje en Gibraltar, que quizá hubiera podido costar miles de vidas. En aquel momento, transcurría la Guerra de las Malvinas y la Royal Navy acababa de echar a pique el crucero “General Belgrano”. Aquella “Operación Algeciras” sigue siendo un secreto de Estado. Pero, en cualquier caso, un secreto a voces si se tiene en cuenta que un cineasta de solvencia llamado Jesús Mora logró rodar un documental de excepción donde se relatan todos los pormenores de aquel suceso. La película fue paseada ya por los festivales de Huelva, Málaga y Cádiz, así como en la Mostra de Valencia, al tiempo que llegó a cosechar una seria controversia en Argentina.

Hasta entonces, los únicos referentes del caso estribaban en el libro “La guerra secreta de las Malvinas”, del historiador británico Nigel West y en un reportaje publicado por la revista “Cambio 16”, un año después de aquel embrollo, en 1983, cuando ofreció datos que todavía guardan celosamente las autoridades de ambas orillas del Atlántico, como puso claramente de manifiesto un debate celebrado en el Congreso de los Diputados, el miércoles 9 de abril de 1997, cuando la diputada Maestro Martín preguntó al entonces ministro de Defensa, Eduardo Serra, sobre el traslado de documentación microfilmada, desde Madrid a Buenos Aires, procedente del entonces CESID, el Centro español de Inteligencia, al tiempo que hacía extensiva “necesariamente a las relaciones entre los servicios secretos españoles y los servicios de inteligencia argentinos; relación estrecha que debió existir, ya que los datos, la información de prensa, hablar, al menos en abril de 1982 de una llamada operación Algeciras, realizada por miembros de los servicios secretos argentinos, que fueron confundidos con delincuentes comunes por servicios de la Guardia Civil española, se pusieron inmediatamente en comunicación con el Cesid, fueron trasladados a Madrid y repatriados a Argentina”.

Cartel de la película de Jesús Mora

“Puedo repetir que no hay ni la más mínima constancia de la existencia de la documentación ni de los viajes –replicó el popular Serra, según se recoge en el ‘Diario de Sesiones’–. Supongo que a lo mejor hubo algún contacto a nivel personal con autoridades de Argentina para cualquier otro cometido, pero no queda constancia en el Centro”.

            Los servicios secretos callan, pero la realidad es tozuda. Según la tesis del documental de Jesús Mora, la llamada Operación Algeciras se basaba en un complot tramado por Isaac Anaya, que era comandante de la Armada Argentina y un buzo llamado Máximo Nicoletti que, curiosamente, había sido militante de los montoneros.  El hecho de que un oficial al servicio de la sangrienta Junta Militar que fletó el golpe de Estado de 1976 y un exguerrillero sumasen esfuerzos en dicha acción, dan una idea de la rara unanimidad que despertó inicialmente la Guerra de las Malvinas, que no sólo supuso una seria derrota para los argentinos, aplastados por el potencial bélico de la Inglaterra de Margaret Thatcher, sino una larga cosecha de sangre: durante la guerra, que tan sólo duró 72 días y costó unos dos mil millones de dólares, los británicos capturaron alrededor de 10.000 prisioneros argentinos, liberados posteriormente. Argentina sufrió 655 bajas, mientras que Gran Bretaña perdió 236 soldados. La guerra concluyó con la rendición de Puerto Stanley el 14 de junio y tuvo dos efectos políticos inmediatos: la reelección de los conservadores en el Gobierno británico, a pesar de que las encuestas iniciales no pintaban a su favor, y la caída de la Junta Militar argentina, con la restauración de un gobierno civil, en 1983.

A pesar de dicho balance, Nicoletti relata aquellos hechos como si hubieran conducido a la victoria: «La decisión de Anaya es una de las más revolucionarias que se tomaron en la Argentina, porque estábamos atacando a la OTAN, a Estados Unidos; atacar en Europa era una decisión muy pesada, hay que rescatarla desde ese punto de vista. Lo más importante es destacar hasta dónde quería llegar la Armada en su enfrentamiento con Inglaterra. Era una operación para llegar, ejecutarla en dos días e irse. Nos quedamos esperando la orden más de un mes y medio».

La historia de este atentado fallido comenzó a cobrar cuerpo, a partir de un artículo publicado en la revista «La Primera», a 29 de julio del 2000, en donde empezaba a tomar cuerpo aquella compleja historia y sus protagonistas. El montonero Máximo Nicoletti, por ejemplo, quien había logrado fugarse del penal de Rawson en 1972 y que en 1975 había protagonizado un sabotaje contra la Armada argentina, pocos meses antes de que Videla y su triunvirato se hicieran con el poder argentino, secuestraran las libertades y matasen a medio mundo. Pero lo cierto es que, en aquella fecha, Nicoletti y otros buzos montoneros colocaron una carga de gelamón en las proximidades de la fragata argentina “Santísima Trinidad”, en Río Santiago, provocándole serios destrozos. Detenido por la dictadura, en 1977, pasó por la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada (EMSA), uno de las principales cámaras de tortura del país, en donde, mal que bien, parece que accedió a delatar a algunos de sus antiguos compañeros, a cambio de que se le permitiera abandonar el país junto a sus familiares. Un año más tarde, fue la propia Armada argentina la que se puso nuevamente en contacto con él, para que llevara a cabo un atentado contra buques chilenos, a raíz del conflicto por el canal de Beagle. Parece ser que la operación llegó a diseñarse, pero quedó abortada in extremis por mediación papal.

Cuando estalló la Guerra de las Malvinas, a 2 de abril de 1982,  Nicoletti estaba en Miami y al almirante Jorge Isaac Anaya –que era jefe de la Armada y uno de los principales promotores de aquella desdichada operación militar–, se le ocurrió recurrir a su experiencia como saboteador para asestar un golpe al imperialismo británico en su propia casa. Parece ser que la decisión de atacar Gibraltar fue muy anterior al momento en que el submarino HMS Conqueror cargó en el Peñón los torpedos Mark Fight con los que destrozaría al “General Belgrano”.

Ver documental en el siguiente enlace:

https://www.documaniatv.com/historia/operacion-algeciras-video_4de8285fa.html

Lo cierto es que el 22 de abril de aquel año, Anaya llamó a su despacho del edificio Libertad, en la zona de Retiro, al almirante Eduardo Morris Girling, que por entonces era titular del Servicio de Inteligencia Naval (SIN). Según “La Primera”, este fue el diálogo que mantuvieron ambos oficiales:

-Lo que propongo es golpear en Europa- dijo Anaya.
-¿Exactamente con qué fin? -preguntó sorprendido Girling.
-Si tenemos éxito en la operación, los europeos advertirán que los buques destinados a protegerlos, por ejemplo de los rusos, están a miles de millas, cerca del Polo Sur, y presionarán para que regresen.

El propio Girling asumió el mando directo de la operación, aunque se designó al teniente de navío Héctor Rosales como oficial de  enlace con el comando, del que formaron parte Nicoletti y otros dos exmontoneros, conocidos con los sobrenombres de “El Marciano” y “El Pelado Diego”, cuyo verdadero nombre sería el de Nelson Latorre. La Armada argentina siempre estaba a tiempo de decir, como así ocurrió, que no tenía relación alguna con el caso: “Si caíamos, éramos un grupo de guerrilleros, y si nos iba bien, nadie nos conocía”, eran las reglas del juego que asumía Máximo Nicoletti, para quien, dicha operación “era muy importante”.

Sabotaje en la fragata Antélope, durante la guerra

 El objetivo, desde la concepción de dicho plan, siempre fue Gibraltar, siguiendo las pautas de los ataques que, durante la Segunda Guerra Mundial, llevó a cabo la Armada fascista italiana contra los buques aliados surtos junto a la Roca, a las órdenes de Junio Valerio Borghese, “El Príncipe Negro”, que pocos años antes de la Operación Algeciras había muerto envenenado en Cádiz, en circunstancias que nunca llegaron a aclararse. “Il Principe Nero” usaba torpedos tripulados pero Nicoletti y los suyos iban a usar minas submarinas, fabricadas precisamente en Italia y que habían llegado a España por valija diplomática. Se daba la casualidad de que el padre de Nicoletti -un inmigrante italiano- participó cuando era joven en otra de las foltillas de torpedos humanos MAS que ideó Benito Mussolini y que operaba en Alejandría.

El último sábado del mes de abril, Nicoletti y El Pelado Diego volaron desde el aeropuerto de Ezeiza a París, con un equipo de buceo y un mapa turístico del Campo de Gibraltar. Ambos llevaban pasaportes falsos, que había fabricado otro antiguo montonero, Victor Basterra, que también estaba ya al servicio de la Marina argentina. A pesar de su prestigio como falsificador, esta vez la había pifiado. Nicoletti recuerda todavía que el resultado final era tan malo que si se ponían sus hojas al trasluz podía verse la marca “Rivadavia”, correspondiente a una conocida papelera argentina, algo impropio de un documento de tal calibre.

Todos los indicios apuntan a que la inteligencia francesa podría haber empezado a sospechar de dichos individuos y tal vez fue entonces cuando dieron un primer aviso a los servicios secretos de España y del Reino Unido. Los británicos habían establecido un servicio de escuchas en la Embajada de Argentina en Madrid, pero sus instalaciones apenas fueron utilizadas para este dispositivo, salvo a la hora de camuflar los explosivos por valija diplomática. Lo cierto es que ambos se desplazaron hasta Málaga, donde alquilaron un 127 –de color amarillo, con el número de matrícula MA-5968-O, por el que pagaron por adelantado 900 dólares en efectivo– y se desplazaron hasta la localidad malagueña de Fuengirola, donde alquilaron el bungalow número 402 de los apartamentos Javisol, en la calle Huesca. Mientras hubieron de permanecer en la zona, también usaron otra vivienda en Estepona y quizá una tercera en Algeciras. Luego, volvieron grupas hacia el Norte, rumbo a Madrid, donde se reunieron con “El Marciano” y el veterano capitán Rosales. Se trataba, según la descripción que entonces trascendió a la prensa, del teniente de navío Luis Alberto Fernández, a quien se describía como un bonaerense de 32 años, rubio y fuerte, el supuesto sargento Miguel Angel Godoy y dos soldados que no lo eran y en cuyos documentos aparecían identificados como Víctor Paul Madana y un tal González.

Margaret Thatcher cimentó su supremacía política a partir de aquella guerra

          En un parking madrileño, recibieron los explosivos –minas italianas de carga hueca, fabricadas por la empresa Misar, con 25 kilos de trotyl cada una y mecanismo de relojería- que iban envueltos en una boya de colorines. El traslado de la mercancía hasta Algeciras revistió serias dificultades, toda vez que la Guardia Civil había intensificado sus controles ante el albur de que ETA se decidiera a atentar contra el Campeonato Mundial de Fútbol que se celebraría aquel año en España. Ya viajaban en tres vehículos, el de alquiler y otros dos que les había facilitado la Embajada. Tenían que superar 600 kilómetros de distancia y adoptaron precauciones. Como no llevaban radio ni walkie-talkie, el primer coche asumió las funciones de vigía: marchaba a cierta distancia de los otros dos, con la misión de darse la vuelta si se topaba con un control de la policía. Los conductores de los otros dos automóviles debían viajar atentos a cualquier maniobra, para girar también en ese caso. Las cargas viajaban a bordo del último vehículo, el que menos posibilidades estadísticas habría tenido de ser registrado, si concurrían tales circunstancias.

En ruta hacia Algeciras, se detuvieron en “El Corte Inglés”, para comprar un bote neumático, que era el elemento que les faltaba: «Si vas a un lugar en que conozcan de botes te van a preguntar de todo, para qué lo vas a usar, en qué zona vas a pescar. En cambio, si vas al Corte Inglés agarrás un bote, un motorcito y pasás por la caja», suele evocar Nicoletti. Se hacían pasar por pescadores deportivos argentinos, de vacaciones en la Costa del Sol, pero algunos agentes de la policía les tomaron por delincuentes, dada su ostentación y derroche de dinero. Sobre todo, teniendo en cuenta que carecían de tarjetas de créditos y debían manejarse con papel moneda.

Les dio tiempo a estudiar el teatro de operaciones, realizando estudios batimétricos y de corrientes de la Bahía, al tiempo que inspeccionaban las cercanías del Peñón, observando que a menudo las garitas de Gibraltar se quedaban sin agentes de vigilancia y que ni siquiera se habían colocado redes para evitar el paso de submarinos enemigos en el entorno gibraltareño. La Verja, por aquel entonces, estaba cerrada aunque, de estar abierta, no hubiera sido fácil que un grupo argentino, en guerra con Gran Bretaña, lograse entrar al Peñón. De hecho, mucho después y durante varios años, se siguió vetando su paso a pasaportes de dicha nacionalidad al interior de la colonia británica.

Transcurrían los primeros días de mayo de 1982 y se celebraba la primera campaña autonómica en Andalucía, de la que habría de salir Rafael Escuredo como primer presidente de la Junta. Mientras los argentinos vigilaban la zona, pasó por allí Leopoldo Calvo Sotelo, a la sazón presidente del Gobierno, que pretendía respaldar al candidato de UCD en aquellas elecciones: “Los conflictos de Las Malvinas y de Gibraltar son distintos y distantes”, proclamó a bordo de un autobús electoral mientras pasaba por San Roque. La historia le quitaría la razón. De hecho, la Verja no llegó a abrirse hasta que no terminó la guerra en aquel remoto archipiélago del Cono Sur americano. Pero lo cierto es que Calvo Sotelo sabía mucho más de lo que dijo a los periodistas en aquel momento.

El lugar parecía óptimo para el sabotaje pero había que buscar un blanco de importancia, a poder ser un destructor o un buque de aprovisionamiento de envergadura. El único buque de la Royal Navy que estaba a mano era una fragata que entraba y salía de la rada del Peñón, sin un patrón de conducta ni un rumbo fijo, pero existían ciertas dificultades para cebarse con dicho objetivo, así que se fijaron inicialmente en otro: un humilde buque minador, con casco de madera, amarrado al muelle gibraltareño. El bombardeo británico sobre Puerto Stanley, también llamado Puerto Argentino disparó el nerviosismo del comando, que pretendía actuar ya el Primero de Mayo, pero se les ordenó que esperasen, quizá porque la Armada argentina preparaba una acción más convencional sobre la flota inglesa en el Atlántico Sur.

El dictador Galtieri, durante la guerra de las Falklands

Nicoletti tenía prisa en consumar el atentado y pidió permiso al superjefe Anaya. Para ello, y a fin de evitar sospechas, usaban cabinas telefónicas, desde las que llamaban a una casa particular alquilada en Argentina por la propia Armada, pero que estaba a nombre de un jubilado. Cuando le sugirieron la posibilidad de explosionar el buque minador, el comandante dijo que no, porque aquello apenas iba a tener repercusión. La siguiente propuesta fue la de atentar con un supertanque de bandera liberiana, pero también se descartó, por cuanto podría haber causado una matanza de  civiles y un desastre ecológico sin precedentes, con el consiguiente rechazo internacional: “En este punto, las versiones difieren: Nicoletti niega los dos llamados y sostiene que un día tuvieron las condiciones climáticas perfectas y un blanco adecuado. Según su versión, en Buenos Aires ordenaron suspender la operación porque se estaba desarrollando una instancia clave en las negociaciones que se llevaban adelante para terminar con la guerra”, puede leerse en “La Primera”.

La luz verde vino a partir de que, el 2 de mayo, fuera hundido el crucero General Belgrano, lo que causaría 386 bajas y una profunda conmoción en Argentina, que no palió del todo el hundimiento del destructor HMS Sheffield, del tipo 42, a manos de la aviación argentina, un par de días más tarde. Fue entonces cuando recaló en la Bahía de Algeciras la fragata “HMS Ariadne”, una poderosa nave cazasubmarinos, de la clase Leander, que desplazaba 2.200 toneladas y que iba signada como F72. Una vez fijada la diana en  “HSM Ariadne”, la intención del comando era la de zarpar hacia las 16 horas y acercarse en bote hasta tres kilómetros del blanco. Nicoletti y otro de sus hombres viajarían a bordo de la embarcación y, cuando cayese la noche, se echarían a nadar hasta la fragata, colocarían los explosivos con su mecanismo de relojería y volverían a tierra, de madrugada, donde un automóvil les pondría en ruta hacia Barcelona, con la intención de cruzar a Francia, antes de la hora en que estuviese previsto el estallido de los artefactos: “Desde allí, volaríamos a Argentina desde Italia”, recuerda Nicoletti respecto a su primer plan.

El atentado se fijó para un lunes y el sábado anterior, el capitán Rosales y el «Pelado» fueron a renovar el alquiler del coche,  para no tener problemas colaterales con los papeles. Siguiendo su costumbre, habían pagado en efectivo, usando dólares, en vez de tirar de tarjetas de crédito, que era lo habitual. Así que la policía había ordenado a la agencia de rent-a-car, sita junto a la estación de ferrocarriles de Málaga, que se le informase de inmediato si los argentinos volvían a dar señales de vida. Y es que, con anterioridad a todo aquel dispositivo, ese año, se habían producido una serie de atracos a bancos y joyerías, protagonizados por una banda de argentinos y uruguayos a los que se seguía la pista. El asunto lo llevaba el Grupo VI de la Grigada Provincial de Policía Judicial, encargado de la persecuación de la delincuencia internacional, pero también tomó cartas en el mismo el grupo II de la Brigada Provincial de Información. ¿Fue un chivatazo de los servicios secretos franceses, las eficaces escuchas sobre la Embajada de Argentina en España o las simples sospechas por su derroche de efectivo, en dólares, libras y pesetas, sin que les preocupase demasiado las vueltas. Pero lo cierto es que Manuel Rojas, propietario de la agencia, se aplicó el cuento y en cuanto los vio aparecer por su establecimiento, avisó directamente a Miguel Catalán, comisario jefe de la policía malagueña que se personó en el lugar de autos y comenzó a interrogarles.

— “Soy oficial de la Armada  Argentina”, dicen que dijo el teniente de navío Rosales, para intentar salvar la situación.

— “Si tú eres marino argentino, yo soy sobrino del Papa”, repuso el comisario, quien ordenó la detención de los dos montoneros que se alojaban en el hotel Río Grande, de la Estación de San Roque.

Cuando Nicoletti vio entrar al inspector Ricardo Ruíz Coll, a Francisco López y a los otros  policías en su habitación del hotel campogibraltareño de Río Grande, se le vino el mundo encima y, a sabiendas de que les esperaban largas horas de interrogatorio, pidió que les dejaran almorzar. Cuentan que el almuerzo fue divertido: «Los españoles nos trataron muy bien. –recuerda Nicoletti–. Vino uno y nos dijo: ‘Hombre, si yo sabía que estábais por hundir un barco inglés os dejaba’.» Después de todo, el Peñón de Gibraltar también es territorio usurpado por Inglaterra”.

«Después dicen que nos estaban buscando porque habían detectado las llamadas entre la embajada y Buenos Aires, pero jamás se habló desde allí. Además, si nos tenían ubicados, ¿por qué esperaron a que fuésemos a renovar el alquiler justo antes de la operación, si decidimos hacerlo en ese momento?».

La versión argentina del caso sugiera que, tras ser detenidos, el presidente Calvo Sotelo fue informado del asunto, durante su viaje al Campo de Gibraltar. Pero decidió echarle tierra al caso y los cuatro argentinos con otros tantos policías de escolta podrían haber regresado a Madrid en su charter particular. Desde allí, fueron embarcados en Barajas rumbo a Buenos Aires, vía Canarias, donde los policías españoles les dejaron seguir viaje en solitario.

En su película, Mora logra los testimonios directos de Jorge Isaac Anaya y de Máximo Nicoletti,  que relatan su versión de los hechos, pero también de Juan Luis Gallardo, abogado y escritor argentino, autor de una novela de ficción que se titula “Operación Algeciras”, en la que se recrea este episodio. Ante su cámara, pasan también los historiadores británicos Nicholas Tozer y Nigel West, así como los policías Ricardo Ruíz Coll y Miguel Catalán, o Manuel Rojas, el propietario de la agencia de alquiler de vehículos. Pero las autoridades españolas de la época prefieren guardar silencio: es el caso del propio Calvo Sotelo –del que se brinda una carta con su firma– y sus ministros Juan José Rosón –Interior–, José Pedro Pérez Llorca –Exteriores—y Alberto Oliart –Defensa–.

“Los testimonios de Anaya y Nicoletti dan lugar a una vergüenza que no debemos atrevernos a ver como absolutamente ajena. ¿Hasta donde el supuesto espíritu belicoso de aquellos días no habitó en algún rincón del corazón de todos los argentinos, aún de aquellos que veíamos críticamente las finalidades profundas del conflicto? ¿Hasta donde solamente los dirigentes venales de las organizaciones guerrilleras priorizaron especulativamente las coincidencias ideológicas con el régimen, aunque para ello hubiera que olvidar a los miles de desaparecidos y torturados, quienes por ese entonces todavía abarrotaban las cárceles y los campos de concentración de la dictadura?”, se preguntan ahora los periodistas argentinos Raúl Favella y Silvia Rodolfo.

“Me he dado cuenta de que la guerra de las Malvinas las nuevas generaciones la ignoran por completo –refiere Jesús Mora respecto a su experiencia con los argentinos de hoy–. Cuando terminé la película entendí porque es esto. Puedo entender o comprender porque de una manera freudiana se quiso borrar esa memoria. Fue una guerra que entusiasmó, hizo un movimiento interno, nacional, de la población, de los ciudadanos, y luego supuso una defraudación, porque frustró, porque lo de íbamos ganando era una mentira más, y luego supuso una derrota de todas esas expectaciones, ese entusiasmo, e inmediatamente después de esa derrota supuso una victoria sobre el proceso político militar que existía en la Argentina. Con lo cual la psicología del argentino con qué se queda de todas esas emociones y circunstancias que vivió en dos meses. Se queda con la última, que es que se acabó la dictadura y hubo una guerra equivocada, o mal planteada, o sin solución posible. Pero lo que nunca se puede olvidar es que la guerra existió. Y hoy ves gente de veintiséis o veintisiete años que la recuerda en su memoria subconsciente”.

Los referentes cinematográficos de Mora, a la hora de llevar a cabo este proyecto, fueron los de Costa-Gavras o Guido Pontecorvo, o el guionista Franco Solinas. Director de “Mi Dulce”, “Arrebatos” y “A Tiro Limpio”, Mora ha contado con la fotografía y el respaldo personal de Federico Ribes para llevar a cabo este filme, con un guión en el que su firma se suma a la de Antonio Llorens e Iván Aledo, autor del montaje: “El largometraje no parte de un guión. En la narración de los hechos, parto de una idea y cuando acabo la película es cuando tengo el guión perfecto». El de esta historia, sin duda, lo parece.

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