Museos, ¿el arte de mirar?

Malgara García Díaz, en su artículo de hoy, nos invita a contemplar los cuadros con una mirada amplia y personal

¿Qué hacemos cuando nos situamos delante de una obra de arte en un museo? ¿Miramos? Pero con toda seguridad, esa mirada es mucho más que un simple ver. De forma casi automática te surgen preguntas sobre la escena o el contenido de la obra, sobre los motivos que llevaron a su creación. Seguro que quieres saber algo sobre el autor, te cuestionas el momento en que se hizo y cómo influyó en ella, te asaltan similitudes y diferencias,…Observas las luces, la composición, el color,… Y los personajes que se representan cobran misteriosamente vida. Te hablan, se exponen y se exhiben ante ti. Y así decenas de estímulos artísticos, estéticos, históricos, literarios, sensaciones de agrado o rechazo, sentimientos de simpatía o curiosidad, posturas de crítica o complicidad. Lógicamente, todo esto se convierte en una experiencia intelectual de gran magnitud que, para quienes somos forofos de la obra de arte, significa placer.

Así que no se trata sólo de mirar, es un diálogo, una conversación y sostenerle la mirada a Sofonisba Anguissola o a Alberto Durero en sus autorretratos es iniciar una charla atemporal. Me pregunto si ellos eran conscientes de que millones de personas les mirarían a los ojos cinco siglos después, que su rostro iba a ser eterno. Aunque imagino que esa es la sincera aspiración de cada artista: perpetuarse. Si me apuran es la ambición de cada persona y esto sería muy largo de contar.

El espectador prueba a sostenerle la mirada a Sofonisba Anguissola o a Alberto Durero, en sus autorretratos

Luego también están las reacciones físicas: los pelos de punta delante del Aquelarre de Goya, la electricidad que se genera en torno a la Laguna Estigia de Patinir, la sonrisa que se abre automática frente al Jardín de las Delicias del Bosco, o la inquietud ante el mismo anterior. La sensación de paz que acompaña a los paisajes de Claudio de Lorena, las ganas de llorar de alegría con la belleza de un Boticelli, el sobrecogimiento al que te lleva el Descendimiento de Roger Van der Weyden, el nudo en el estómago ante cualquier obra de Bacon, la fuerza telúrica que transmite a tus músculos todas las obras de Picasso.

Frecuentemente, ante una obra de arte experimentamos emociones tan diversas como el ansia de unirte a la causa, la valentía, el ardor, la pasión, el deseo, el amor, el miedo, el reconocimiento, la simpatía o la antipatía por un personaje o un hecho y, muy frecuentemente, lo que mayormente significa es un instante de felicidad. Y siempre el aprendizaje. Contemplarla, invariablemente significa conocimiento.

Con las obras contemporáneas toda esta faceta de interacción se ha convertido casi en el objetivo final, puesto que los y las artistas actuales, además de cuidar su obra per se, la llenan de significados, de incitaciones a no quedarte ajena, a comunicarte y parlamentar, estableciendo una comunicación mutua que lleva al observador a ser partícipe, a formar parte de la obra que frecuentemente utiliza la provocación como una de sus armas para hacer mella en el espectador y dejarse ver. El empleo de la crítica es muy frecuente y se agradece el compromiso de los creadores, sus propuestas valientes y arriesgadas, la indagación de nuevas técnicas, la apuesta por el empleo de diferentes soportes, la imaginativa adopción de mensajes y contenidos, la personal interpretación de la realidad y la historia, la universalidad del lenguaje.

El paso de la Laguna Estigia de Patinir

Esto son sólo unas pinceladas de lo que es una inmersión en un museo o en una exposición, algo que les recomiendo encarecidamente porque, en realidad, lo que más se aprehende es sobre una misma y las exploraciones te llevan, irremediablemente a tu propio yo. Las reflexiones se convierten en ejercicios mentales dirigidos a saber también sobre los otros y sus circunstancias, a una práctica de empatía y de poner en relación los fenómenos que explican el mundo. El arte tiene la cualidad de ponerte en situación de lograr explicar lo que pasa o ha pasado alrededor, de viajar en el tiempo y el espacio y conmoverte con historias turbadoras, impresionantes, únicas.

Los museos son verdaderos contenedores de fantasías, de aconteceres y de testimonios que resisten a las coyunturas, de las que, no obstante, se impregnan; pero que alcanzan esa categoría subliminal de inmortalidad, ya que habitan esa parcela imperecedera de hermosura, definen al ser humano como buscador perpetuo del bienestar y la dicha, de eterno explorador de la verdad, de firme perseguidor de la belleza.

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