Los túneles del Peñón, entre la historia y la leyenda

Viaje a la historia de 50 millas de excavaciones en el interior de la Roca

            Cuentan que el significado real de Calpe, la legendaria columna de Hércules, es el de “vasija hueca”. Así conocieron los fenicios a este Peñón de Gibraltar, apenas tres kilómetros cuadrados en la bocana del Estrecho que lleva su nombre y en donde la población se ha acostumbrado a subsistir a la falda de tan escarpado risco. Desde antiguo, aquí se libró una guerra por el espacio entre el ser humano y la naturaleza monumental de esa enorme montaña marina sobre la que hoy ondea la bandera británica.

            Allí, en cuevas naturales como la de San Miguel o en la de Gorham, se encontraron pinturas rupestres y un cráneo de mujer Neardenthaliense. También allí, a partir del siglo XVIII, los soldados británicos del Corps of Royal Engineers (Cuerpo de Ingenieros Reales) empezaron a excavar túneles para usos militares. Andando el tiempo, lo mismo sirvieron para defender al Peñón de los ataques sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, que para albergar las peripecias de James Bond, como homenaje quizá a su autor, Ian Fleming, que estuvo destinado en la Roca como agente de inteligencia.

            Hasta llegar a las supuestas 50 millas excavadas hoy, los historiadores locales arguyen como precedente de tal actividad excavadora la cisterna excavada en el siglo VIII de nuestra era por los árabes en Nun’s Well, un enclave próximo a Punta Europa, aunque allí ya se registró actividad humana en tiempos de la antigua Roma.  Pero a lo largo de los últimos doscientos años, al aumentar la importancia estratégica de este enclave, se aceleraron las obras de ingeniería que permitieron sacarle partido a este formidable peñasco calizo.

            Como resultado de esta tarea, a lo largo de las últimas décadas, ya se contaron con túneles a nivel del mar que han sido utilizados como bases de submarinos de propulsión o carga nuclear; o aquel otro, de gigantescas proporciones, donde a mediados de la década de los 80 se reprodujo una supuesta aldea irlandesa –con iglesia, campanario, cementerio y tabernas–, un decorado en el que se entrenaron los efectivos del Special Air Service destinados a Belfast.

            Al margen de excavaciones aisladas, la historiografía gibraltareña y británica contempla cinco periodos en las fases de este largo proceso de ingeniería. Entre 1782 y 1800, se practicaron los túneles más antiguos, sobre todo en el periodo del llamado Gran Asedio (entre 1779 y 1783), cuando España intentó recobrar a la brava su soberanía sobre la Roca. Fue entonces cuando Daniel Defoe, el primero de entre los grandes espías-escritores británicos del que se tienen noticias –soldado, comerciante o agente secreto, según le fueran las tornas–, llegó a aseverar que resistir al acoso español interesaba al “honor y el interés” de la nación británica. Y también, en sus escritos, nos dio noticia de la utilización de dos “moros” como agentes de España y a pesar de que el Tratado de Utrecht impidiera, a petición española, que los musulmanes pudieran pisar la Roca. Durante dicha etapa, se excavaron las galerías correspondientes al Frente Norte del Peñón, desde donde se controlaba el istmo, una franja de tierra de nadie que años más tarde sería anexionada por el voraz colonialismo británico, estableciéndose sobre esa ínfima lengua de terreno el polémico aeropuerto actual, que aún es objeto de litigio diplomático.

Entre 1880 y 1914, cabe hablar de un periodo de cierta paz para la vieja Roca, en cuyo transcurso se suspende la excavación de túneles destinados específicamente al combate. Pero el Almirantazgo, el Ejército y las autoridades locales prosiguieron con obras de ingeniería subterránea, habilitando almacenes, depósitos de agua y túneles de comunicación. A este periodo corresponde la excavación del almacén de Ragged Staff, a partir de una cueva natural en cuyo interior ya existía un lago. Pero la construcción de la mayor reserva de agua del Peñón se remonta al periodo comprendido entre 1933 y 1938, incluyendo la instalación de respiraderos y hospitales subterráneos, en vísperas de una nueva contienda mundial que ya se respiraba en el ambiente. Durante aquella Segunda Guerra sobrevenida entre 1939 y 1945, se incrementó considerablemente el número de túneles, ampliando su espacio y no sólo para uso estrictamente militar sino como enorme silo de alimentos, equipos varios y polvorín.

            “Hacia 1939, la longitud total de los túneles del Peñón de Gibraltar era tan sólo de siete millas, a las que se había llegado desde las cinco millas de longitud existentes antes de la Primera Guerra Mundial, escriben los geólogos británicos M.S. Rosenbaum y E.P.F. Rose, autores de varias monografías científicas sobre la Roca, incluyendo un estudio específico de los túneles.

            La tan cacareada importancia estratégica de Gibraltar fue palpable tras la entrada en guerra de Italia, la invasión de Francia y la dominación europea por parte de la Alemania del Tercer Reich. La población civil de Gibraltar fue evacuada y la guarnición se preparó, incluso, para resistir un nuevo asedio, por lo que se aceleró la construcción de depósitos que hicieran posible el almacenamiento de mercancías, comidas, otros víveres y equipos diversos. La solución fue perfeccionar un sistema de túneles que, según Rosenbaum y More, afrontara dichas necesidades “y ofreciera protección para el tipo de ataques aéreos que entonces se conocían y para los bombardeos desde el mar y desde tierra”.

            Según sus datos, en octubre de 1940, la Compañía de Túneles de los Ingenieros Reales llegó a Gibraltar para comenzar una nueva excavación, a la que se sumaron otras tres compañías. Se trataba de garantizar la conservación de los suministros y la acomodación de los soldaos para el previsible crecimiento en la plantilla de la guarnición, en función de un acoso bélico que cada vez se intuía más cerca.

 Los trabajos tomaron como base de partida las galerías ya existentes “y la paz del túnel de Willis fue rota después de un lapso de casi 150 años”. Los accesos a dicha gruta artificial, así como los de Queen y la conexión de las Galerías Superiores se convirtieron en gigantescos barracones, dormitorios para la soldadesca, con cierta protección ante posibles ataques. También quedó expedito un nuevo túnel, que partió del de Willis y quedó conectado con el depósito de agua número 10, ya usado con anterioridad.

“Hacia el final de la guerra, había alrededor de 25 millas de túneles cortados en la Roca, y durante ese periodo casi 35 millones de pies cúbicos de piedra habían sido removidos”, aseguran los investigadores mentados.

No faltan curiosidades en la historia de los túneles practicados durante dicha etapa, como fue la presencia de zapadores canadienses que excavaron por ejemplo el de Harley Street o el de Ottawa. Así, en 1942, entre Arow  Street y la llamada playa del Gobernador (Governor’s Beach), se habilitó el túnel de Boat Holst para permitir la evacuación de personajes relevante,s en caso de que se encontraran sitiados en dicha península sin demasiadas vías de escape.

            Durante la guerra fría, al menos en el periodo comprendido entre 1946 y 1968, se habilitaron nuevos lugares de almacenamiento y depósitos en las galerías subterráneas. Fue éste un periodo de gran oscurantismo, tanto por la renovada importancia geoestratégica de la Roca en el juego del gato y el ratón que se practicó desde Gibraltar contra la inteligencia militar soviética, como por las tensiones diplomáticas con España que se iniciaron en 1954 y culminaron con el cierre de la Verja en 1969. La leyenda alimentó el bulo de que bajo la corteza gibraltareña se ocultaban secretos sin cuento. Oficialmente, tan sólo se reconoce que en esa etapa se remodeló el uso de las galerías y se añadieron nuevas cámaras destinadas al almacenaje y depósito.

            Dos nuevas cisternas de agua potable, cada una de ellas con capacidad para un millón de galones, unos 10 acres para la captación de pluviales y canalizaciones complementarias, fueron trazadas entre 1958 y 1961. Pero el mayor proyecto de ese periodo fue la construcción de Moles-End Way, entre 1965 y 1967, cuyo traza do subterráneo lleva desde las proximidades del Rock Hotel y Europa Road, hasta más allá de la Cueva Leonora y la de San Miguel. O lo que es lo mismo, a efectos militares, una conexión que alcanza la longitud de 3.700 pies, desde el astillero al almacén de Fosse Way, en la zona sur.

            Entre otras curiosidades de este periodo, cabe mencionar la existencia de un túnel expedito en 1955 y que lleva el nombre de Corea, en recuerdo por la contribuación británica a la presencia de Naciones Unidas en dicho país del Suroeste Asiático, entre 1950 y 1953.  

            En abril de 1968, la llamada Tropa de Tuneleros (Tunnelling Troop) quedó disuelta y la responsabilidad para el mantenimiento de las galerías ya existentes correspondió al ministerio de Obras de Gibraltar y al ministerio británico de Edificios Públicos y Obras, cuyas competencias pasarían más tarde al Departamento de Obras Públicas de Gibraltar y a la Agencia de Limpieza de Servicios (PSA), que sufrió la controvertida reconversión thatcheriana del “Full Monty”, así como al Departamento de Medio Ambiente.

            Según las zonas y su uso actual, las competencias se multiplican, desde el cuartel general del Ejército británico en el Peñón a la Agencia de Turismo y la Fundación de Patrimonio Pública de Gibraltar (Gibraltar Heritage Trust).

            Algunas de las galerías son visitables, incluyendo las de la zona superior del Peñón, las inmediatas a la cueva de San Miguel, los túneles de Camp Bay y Keightley Way, a las que se puede acceder a pie o en coche y la de Dudley Ward Way, en la que tan sólo se permite el tránsito rodado. Otros túneles permiten la entrada restringida de visitantes, mientras que existen dependencias de uso civil para hospitales, suministro eléctrico, depósito de combustibles, bancos y otros destinos, que también se encuentran bajo tierra; pero muchas de estas grutas naturales o artificiales, se encuentran selladas bajo absoluta reserva militar.

            Más de ciento cincuenta y siete denominaciones se multiplican sobre un nomenclator que agrupa a túneles, galerías naturales y cuevas. Claro que la mayor parte de los turistas que se aproximan a esta realidad oculta de la Roca, apenas van más allá de la carretera que cruza el Peñón de parte a parte a través de uno de los túneles. O de la célebre Cueva de San Miguel, donde se han llegado a celebrar desde ceremonias incas en homenaje al sol hasta remedos de cenas medievales para incrementar la presencia turística en un Gibraltar que sabe aprovechar hasta la memoria de la guerra como fórmula para atraer divisas.

            Lo que no se sabrá nunca es si los túneles de Gibraltar albergaron en alguna ocasión armamento o material atómico de cualquier índole. Algunas organizaciones pacifistas –incluso de ámbito local—se atrevieron a insinuar tan supuesto, de tarde en tarde, durante las últimas décadas. Siempre se supo que cargas nucleares transitaban por el puerto gibraltareño – el sindicato Transport General Workers Union llevó a efecto incluso alguna protesta al respecto–. Y siempre se alegaron razones de Estado y de la Defensa occidental, cuando se formularon interpelaciones sobre la utilización de la base gibraltareña como soporte logístico para sumergibles con propulsión o carga nuclear. Ese fue el caso del tristemente célebre “HMS Tireless”, reparado finalmente en la Roca, a pesar de las protestas españolas y gibraltareñas, a caballo entre mayo de 2000 y de 2001. Pero, en cualquier caso y a falta de pruebas consistentes, suponer que las galerías gibraltareñas escondían un polvorín de uranio –como llegó a escribirse—parece más cerca de un guión de James Bond que de la pura y dura realidad.

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