La vida en Cinemascope

Los viejos mitos del cine que consumimos en la infancia sirven a Emilio Castro, en su artículo de hoy, para reflexionar sobre el incremento de la testosterona adolescente en la política contemporánea

Perdidos en la nebulosa de mi infancia, se agolpan los recuerdos de domingo por la tarde. Yo seguía la sombra de mi hermano que me llevaba felizmente al templo de la magia. El cine me permitía despegar los pies del suelo y viajar a otros mundos que entonces se me antojaban más reales que el que vivía a diario. En aquella época había dos en mi barrio, el Apolo y el Central. Esperaba ansiosamente la tarde de domingo durante toda la semana. Con esa edad, el tiempo pasa tan despacio, que todos los días me parecían lunes, pero los domingos, el franquista mundo gris que habitábamos, se veía en Cinemascope y sonaba en Sensurround, en cuanto atravesábamos las puertas abatibles, pisábamos la moqueta y se apagaban las luces.

El cine era el sueño compartido por toda una generación fruto del Baby Boom, se convertía en la confidencia, en el sentimiento de pertenencia a un grupo. Era como si lo hubiéramos inventado nosotros. Todos preferíamos ser Han Solo a Luke Skywalker y odiábamos a Dark Vader. Todos amábamos a Olivia Newton Jhon, todos sabíamos que las planchas de acero que levantaba Maciste el Invencible, (el más destacado representante del subgénero de forzudos) eran en realidad de corcho. En mi barrio teníamos una ventana abierta al planeta de los adultos, aunque fuese a través de la ficción.

Los miembros del Baby boom, siempre hemos tenido mucha competencia generacional en la escuela, a la hora de encontrar trabajo y tendremos problemas para cobrar una pensión digna dentro de unos años. Solo me beneficié al librarme de hacer la mili por ser excedente de cupo. En mi generación, todo, los sueños y las frustraciones eran compartidos. Las nuevas generaciones no hablan, “guasapean”, no necesitan ir al cine, el cine viene a ellos, a su casa. A medida que íbamos creciendo, madurar era perentorio, el máximo anhelo era ser adulto y pensar por uno mismo, tener criterio propio. En una película de superhéroes, tan populares entre los “mileniars”,  mueren trescientos personajes, no hay consecuencias, igual que en los dibujos animados.

Nunca hay consecuencias en el imaginario de una persona inmadura. Todo es como un juego, como ser seguidor de un equipo de fútbol. Da la sensación de que la sociedad entera se ha vuelto adolescente. Como decía Manolo, (el personaje interpretado por Manolo Morán en “Bienvenido Mister Marshal”), sobre los americanos, somos “nobles mentes, pero infantiles”.

¿Por qué nos sorprende el ascenso de la ultraderecha? ¿Acaso no se ha fomentado la indolencia acrítica, la desidia, el consumo como única forma lúdica? ¿No es el dinero el único dios verdadero? ¿No es la pasta el único baremo que mide el éxito o el fracaso? ¿En qué momento sepultamos la búsqueda del bien común? ¿Por qué gritamos sálvese quien pueda?

También ha llegado la era en la que todo el mundo tiene razón o “no se ajunta”. A este paso vamos a acabar de una vez por todas con la verdad. Enterraremos la ciencia, “qué sabrán los científicos de ciencia”. No existe el cambio climático, ni la Covid 19, no se puede salir a la calle por culpa de la delincuencia que han traído los inmigrantes, esos que nos quitan el trabajo. No hay violencia machista porque no existe el machismo, todo es un invento de las feminazis.

La ultraderecha sube como la espuma, porque se ha instaurado en nuestras vidas, el egoísmo individualista, porque a mucha gente le interesa la verdad, siempre que confirme lo que ellos ya sabían. Todo el mundo sabe de todo. El conocimiento no es democrático, no se regala, cuesta trabajo estar informado, saber dónde se encuentra la verdad o al menos acercarse a ella. No vale lo mismo un “burro que un gran profesor”. Antes sabíamos que es mejor callarse y pasar por idiota, que hablar y demostrarlo.

 La escala de valores ha saltado por los aires y así nos va. Un tipo que le da patadas a un balón es multimillonario, mientras que alguien que estudia cómo curar el cáncer, no puede pagar la hipoteca. Una niñata que menee el culo en Tik Tok, tiene muchas más posibilidades de sobrevivir que una bailarina de ballet.  

Cuando las nuevas mayorías, esta vez elegidas democráticamente, nos devuelvan al pasado cutre del que venimos, igual nos damos cuenta de lo que hemos perdido. Tal vez entonces, sabremos quienes somos y que la inmensa mayoría de las personas, somos asalariados o autónomos o parados, no pertenecemos a la clase adinerada. Tal vez entonces, apostemos por lo común, por lo público. Tal vez entonces, apostemos por la inteligencia.

Cuando era niño, en mi barrio de Granada, todos sabíamos que nadie es capaz de levantar enormes planchas de acero, Maciste el Invencible era un “tontopollas”.

Emilio Castro, fotoperiodista, escritor e ilustrador
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