«Infinito», en el Teatro Real: venganza y justicia de Paco de Lucía

Homenaje al maestro algecireño en el Universalfest

Francisco Sánchez Gomes, Paco de Lucía, en gran medida se vengó ayer del Teatro Real de Madrid. Más de una veintena de artistas de distinta procedencia –desde el flamenco, como Sara Baras o Miguel Poveda, a sus sextetos, desde el jazz heterodoxo de su compadre Juanito, John McLaughlin, al toque portugués de Maritza, en memoria musical de su madre Luzía– compartieron su escenario en homenaje al maestro. «Infinito» era su título. Infinita es su huella.

Se trataba de un concierto organizado por Universal, su discográfica, y por la Fundación que lleva su nombre y que tutela el ledado de su obra. Momentos mágicos, emoción contenida o no, complicidad familiar y seguidores de Paco llegados desde todos los puntos cardinales aunque fuera para asistir a dicha ceremonia de memoria y veneración desde una butaca de visibilidad reducida.

A Paco no le gustaba el Teatro Real: como su historia y su leyenda atestiguan, fue el primer flamenco en actuar en el entonces templo lírico de España. De la mano de Jesús Quintero, que entonces era su manager, sus puertas se abrieron de par en par para la música que había inspirado a Manuel de Falla, a Isaac Albéniz, a Enrique Granados, a Joaquín Turina y a tantos otros. Al de Lucía, le enerVaba que pudiera actuar en los grandes teatros de la ópera del mundo, desde Viena a Sydney, pero no pudiera hacerlo en el que tenía más cerca de su domicilio madrileño.

Cartel anunciador del homenaje celebrado ayer en el Teatro Real de Madrid

Corría el 18 de febrero de 1975 y como escribiría Félix Grande en la contraportada del disco con aquel directo que apareció luego, había “en la música de Paco una soledad tumultuosa, una bravura radical, una impetuosa pena y una serenidad dramática”.

A Paco, le acompañaba en aquel concierto, su hermano Ramón de Algeciras. Dos guitarras a solas, enfrentándose a un repertorio de alegrías, tarantas, granaínas, un zapateado, la soleá, fandangos, guajiras y rumba.

No volvería allí hasta treinta y cinco años más tarde, un 18 de octubre de 2010, mostrando su respaldo a la candidatura del flamenco como patrimonio de la humanidad, que iba a resolverse en Nairobi un mes más tarde. La idea de llevar a Paco hasta el Real fue, en esa segunda ocasión, de María Ángeles Carrasco, que había sido designada en junio como directora de la entonces Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, en sustitución de Francisco Perujo. Se trataba de recobrar la carga simbólica del Teatro Real y del guitarrista algecireño para una campaña que contó con el respaldo de la práctica totalidad del sector y logró su propósito el 16 de noviembre de aquel año.

Sin embargo, a Paco le costó trabajo decir que si, porque en el Teatro Real se había representado hasta el día anterior una representación operística, los decorados seguían allí y sólo podían ofrecerle la corbata para poder ofrecer su concierto. Se trataba de Rise and fall of the city of Mahagonny (Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny), de Kurt Weill.

Por fortuna, Francisco Sánchez Gomes superó su reticencia y subió a escena, primero en solitario y luego, acompañado, por Duquende y David de Jacoba, El Piraña, Alain Pérez, su sobrino Antonio Sánchez y el bailaor Farruco.

Se cerró allí el círculo, hasta anoche. Nunca volvió Paco al Teatro Real, ni siquiera tras su muerte, cuando la familia pensó en instalar allí la capilla ardiente tras su llegada de México y antes de llevar su féretro hasta Algeciras. El recinto se encontraba alquilado para un evento privado y el breve velatorio madrileño tuvo que llevarse a efecto en el Auditorio Nacional, donde Paco no había actuado nunca.

Ayer, su música y su recuerdo volvieron al Real. En rigor, no fue un acto de venganza, sino de justicia.

Foto principal: de la cuenta de twitter de John Mclaughlin

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