Memoria de un naufragio

El comandante de infantería Jordi Mollá Ayuso rememoró en Algeciras el hundimiento del dragaminas "Guadalete", una de las grandes tragedias marítimas del Estrecho

“Morir en la mar es como morir dos veces”, suele recordar Ignacio Mollá Ayuso, comandante de Infantería del Ejército de Tierra en la reserva e hijo del penúltimo comandante del dragaminas “Guadalete”, que naufragó en aguas del Estrecho, el 25 de marzo de 1954. 34 de sus 78 tripulantes fallecieron durante aquel desastre, cuya historia fue rememorada esta semana en Algeciras, una de las ciudades en las que residen aún varios de sus supervivientes.

El acto, organizado por la Comandancia Naval de Algeciras, muy activa a la hora de rememorar la historia marítima como ocurriera con la exposición sobre Blas de Lezo, contó con la colaboración del Ayuntamiento de la ciudad y se celebró en el Centro Documental José Luis Cano, el pasado miércoles.

La conferencia contó con la presencia de la teniente de alcalde delegada de Cultura, Pilar Pintor, con la de subdelegada del Gobierno de la Junta de Andalucía en en el Campo de Gibraltar, Eva Pajares, con la de la directora del Museo Municipal,  Rosabel O’Neil, así como con la del comandante naval, Juan Carlos García Velo.

El conferenciante, hijo del penúltimo comandante del buque que cedió el mando 20 días antes de su hundimiento, hizo un periplo sobre las condiciones acaecidas hasta el triste suceso, como ya hiciera con anterioridad en Ceuta y en San Fernando, en un recorrido por algunos de los puertos relacionados con aquella tragedia.

El conferenciante, junto a la concejala de Cultura y el Comandante Naval

El pasado 25 de marzo se cumplieron 68 años desde que el dragaminas ‘Guadalete’ desapareciera en aguas del Estrecho, apenas veinticuatro horas después de que zarpara con fuerte viento de levante.  A las 22 horas del 24 de marzo de 1954, había zarpado para una misión rutinaria de patrulla entre Ceuta y Melilla, cubriendo buena parte de la costa mediterránea del Protectorado. Nada más doblar península de Almina después de zarpar de Ceuta se hizo patente que las condiciones de la mar no eran buenas, por lo que el comandante ordenó poner rumbo sur-sureste para luego pasar a rumbo 115º alcanzado cabo Negro, pensando que el mal tiempo remitiría. Hasta entonces, no parecía necesario para que volviera a su base en Ceuta. Sin embargo, tras varias horas intentando encontrar rutas más viables, ya fue imposible limpiar los ceniceros de las calderas y el capitán ordenó la vuelta a casa.

Lo cierto es que el Guadalete no podía navegar por encima de los 8 nudos considerados como velocidad mínima de seguridad para mantener el gobierno del buque. A 60 millas de Alhucemas, en cuyo resguardo se pensaba fondear, el comandante, asesorado por los oficiales, ordenó dar media vuelta debido al peligro que corría la nave y poner de nuevo rumbo a Ceuta. Al amanecer del día 25 la situación empeoró al no poder conseguir elevar la velocidad del buque, perdiendo capacidad de gobierno.

Según refirió el algecireño José Vega, uno de los supervivientes, no había potencia suficiente para maniobrar: «Era un carbón muy malo y resultaba casi imposible lograr vapor. Por ello empezamos a buscar sillas y mesas para tirar y lograr más presión», declaró a El Español.

“El barco se dio al fin la vuelta pero la fuerza del mar era mayor que la propulsión de las hélices con unas calderas agotadas. Finalmente se perdió el control del navío. Mandaron varios SOS y recibieron dos negativas de ayuda; lo que hundió aún más la moral. El agua comenzaba a entrar en los compartimentos y de la cubierta desaparecían marineros con cada envite. Poco a poco el buque se recostaba y la batalla estaba ya más que perdida”, relató dicho periódico digital.

A las 13 horas se consiguió alcanzar el estrecho de Gibraltar, pero el Guadalete había quedado a la deriva por el fallo del servomotor del timón. El fuerte cabeceo provocó la entrada de agua en la caldera, lo cual condujo a su apagado y la pérdida total de gobierno sobre el Guadalete. Tras reunir a la tripulación en cubierta, se dispusieron las barcazas.

Ilustración sobre la tragedia del «Guadalete»

La situación de emergencia empeoró con la pérdida de comunicaciones con tierra. Pasadas las 18 horas, el comandante gritó sálvese quien pueda, pero buena parte de la tripulación no pudo hacerlo, en una mar picada. Finalmente el dragaminas Guadalete se hundió 18:30 horas del 25 de marzo en aguas del estrecho de Gibraltar, a la distancia de 19 millas del puerto de Ceuta y 30 al sur de Marbella.

Una balsa consiguió aguantar las embestidas, hasta que una hora después, el buque mercante italiano ‘Podestá’ procedió al complejo rescate de los supervivientes, prácticamente desfallecidos. Dos horas después, anocheciendo, se pudo localizar a los sobrevivientes de un segundo grupo. El contramaestre del Guadalete fue el último en ser rescatado, pero murió en la misma cubierta del Podestá debido al agotamiento. El carguero logró llegar hasta la Bahía de Algeciras, donde los náufragos fueron transbordados a un buque español.

El Guadalete (DM-5), un dragaminas de la clase Bidasoa perteneciente a la Armada Española, estuvo en servicio activo entre 1946 hasta aquel terrible 25 de marzo de 1954. La clase Bidasoa, a la que pertenecía el Guadalete, fue una serie de dragaminas construidos después de la Guerra Civil Española cuyo diseño comenzó a principios de la década de 1940, con el propósito de desmantelar las minas que quedaban activas tras la guerra civil y las que pudieran generarse durante los combates de la Segunda Guerra Mundial, en áreas tan conflictivas como las del Estrecho.

El dragaminas Guadalete fue botado el 18 de octubre de 1944 en los astilleros de la Sociedad Española de Construcción Naval en Ferrol (Galicia). Causó alta en la Armada Española el 17 de diciembre de 1946, siendo asignado en un primer momento a la 2.ª Escuadrilla de Dragaminas con base en Cádiz. Sin embargo, las características de la clase Bidasoa y la carencia de la tecnología necesaria para operar como dragaminas –toda una chapuza en época de grandes carencias en la España del gasógeno– motivaron su traslado a la 3.ª División de la Flota en la cual pasó a desempeñar labores de patrulla y vigilancia del Protectorado de España en Marruecos,4​ operando desde el puerto de Ceuta.

Con fecha de 6 de abirl de 1954, el comandante del dragaminas Guadalete envió al Ministerio de Marina un informe en el que daba cumplida cuenta de todas estas circunstancias:  “Ordené que todo el mundo se pusiese los chalecos salvavidas. Mandé subir salvavidas para los radios y personal del puente. Viendo a un timonel que no llevaba salvavidas le pregunté si es que estaba sordo. El 2º comandante me informó que faltarían unos 6 o 7 chalecos. Le di el mío a ese marinero, no lo quería coger a pesar de no saber nadar, pero le ordené ponérselo y me obedeció”.

En cubierta, aguardaron que se fuera a pique: “El buque escoraba ya unos 30 grados. Le ordené preparar las balsas para poderlas echar al agua cuando el barco se hundiese”. El contramaestre obedeció. También se aprestaron todas las bengalas y cohetes del pañol del condestable “y se prepararon para su utilización en el caso de que avistásemos algún buque”.

“En estas circunstancias la mar se nos llevó dos de las balsas sin poder hacer nada por recuperarlas. El barco seguía escorando y embarcando cada vez más agua. Sin interrupción, se mandaron SOS por las ondas de socorro y tráfico naval”.

Mientras, los marineros permanecían agrupados, “tratando de aparentar la mayor serenidad a base de chistes y de hacer comentarios sobre lo que harían al llegar a Ceuta”.

El dragaminas no pudo desempeñarse como tal por falta de tecnología

“De todas estas cosas no puedo dar horas fijas porque aunque recuerdo que miré el reloj en alguna ocasión, no recuerdo ahora las horas marcadas ni los momentos en que lo hice. Yo fijo el hundimiento del Guadalete en un poco antes de las 18 horas porque cuando recobré el conocimiento a bordo del ‘Potestas´ mi reloj estaba parado con agua dentro a las 18”.

En los últimos momentos el Guadalete escoraba 50 grados a estribor, mandó abandonar el buque: “Estábamos dentro del puente el almirante Miranda, el segundo y yo completamente solos. Ambos me dijeron que ellos no se tirarían al agua si yo no lo hacía y que por favor no intentase ninguna tontería”.

“Cuando quisimos salir del barco del puente no pudimos hacerlo por la puerta de babor porque con el barco escorado no podíamos llegar hasta ella. Como la puerta de estribor estaba metida dentro del agua no veíamos forma de salir por ninguna parte, hasta que al almirante Miranda se le ocurrió la idea de bucear, pensando que como la escora era de menos de 90 grados la profundidad de la puerta sería pequeñísima. Aprovechando un momento en el que el buque enderezó algo salimos buceando los tres cogidos de la mano y con el salvavidas”.

Pocos minutos después, lo vieron irse a pique: “La mar nos había separado de él unos 50 metros y se deslizó de popa escorado 90 grados a estribor, y desapareciendo en muy pocos instantes”.

El cadáver del contramaestre fue llevado al hospital de la Marina de San Fernando en una ambulancia del Ejército y todos los marineros y suboficiales fueron llevados al hospital del Ejército donde les dieron ropa caliente y les alojaron en dos salas ya preparadas al efecto. Allí, al menos, se conserva una placa conmemorativa de esta tragedia, tan próxima y tan olvidada.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

7 − cinco =