Gorham, el santuario del fin del mundo

Como en cualquier época, también en la Antigüedad, sólo unos pocos se atrevían a alejarse de lo conocido, a ir un poco más allá, a explorar lugares remotos habitados por gentes diferentes que se expresaban en lenguajes irreconocibles y que vivían con otros códigos.

Los antiguos fenicios recorrieron el Mediterráneo, el dócil mar con vocación de lago, de orillas repletas de pueblos muy diversos, y plagado de estímulos para sus corazones aventureros y sus bolsas ávidas de negocios. En estos afanes llegaron a controlar infinidad de puntos en las dos costas, la europea y la africana y se adentraron hasta el final, hasta las Columnas, a partir de las cuales, el Océano exterior, se extendía lleno de misterios y peligros. 

Conscientes de encontrarse en una encrucijada, a un paso de ignotos territorios, realizaban una serie de rituales de tipo religioso y mágico. Las cuevas del Peñón fueron lugar elegido a las que arribar con sus frágiles barcas y hacer diferentes ritos. Primeramente, uno de consulta a las divinidades, un augurio para predecir y asegurarse el éxito del viaje y otro propiciatorio, a partir de ofrendas, para congraciarse con los cielos, los vientos y los mares y que les permitieran llevar a buen término la empresa. 

Y cuando volvían de la travesía y se encontraban nuevamente a las puertas de su mar, entonces debían dar las gracias y volvían a depositar amuletos, escarabeos, pequeñas figurillas, cuentas de cristal, anillos, fíbulas, etc., para celebrar haber superado la prueba y regresar de nuevo a su mundo.

No sólo Gorham, el resto de cavidades gibraltareñas, así como en Tarifa, donde se situaría la conocida por las fuentes clásicas como isla de la Luna -estudiada por García y Prados- también eran lugares sagrados en los que encontrarse con los dioses y llevar a cabo estas liturgias protectoras y de agradecimiento que incluían cuatro acciones básicas: la oferta de alimentos y bebidas, las libaciones, los sacrificios de animales -que les servían en los auspicios para comprobar la voluntad de los dioses, observando sus entrañas- y las ofrendas de olor, a partir de quemar resinas y sustancias aromáticas. 

Diferentes tipos de vasijas como copas, cuencos, lucernas, pequeñas botellas, etc., conformaban el utillaje para realizar todas estas acciones, antes de proceder al posterior banquete sagrado, a través de la ingesta de los animales sacrificados. Por otro lado, la presencia de objetos procedentes de diferentes zonas del Mediterráneo, no sólo de origen fenicio, sino también egipcio, tartesio y de talleres de cualquier parte del Mediterráneo, nos hablan de un mundo global e intercomunicado que trascendía al universo puramente fenicio, o al posterior púnico, ya que estos santuarios debieron estar en uso desde el s. VIII al s. III a. C.

Los materiales, excavados y estudiados por un equipo integrado por Finlayson, Giles, Gutiérrez, Reinoso y Sáez dentro del Gibraltar Caves Project, son un interesante documento arqueológico en el que basar el conocimiento que de aquellos tiempos tenemos. Tiempos que están en el origen del ascenso del fenómeno urbano y del paso a una sociedad histórica, ya que se sitúan cronológicamente en los momentos de la aparición de los primeros textos escritos en la zona. No podemos olvidar que ciudades como Cádiz o Málaga, tienen un origen fenicio y que, por tanto, su presencia en nuestras tierras significó una aceleración en el proceso evolutivo hacia sociedades complejas, ya en la etapa final de la Edad del Hierro.

Los miedos ante lo extranjero y extraño, la euforia después de conseguir salvar escollos, el deseo de devolver el favor recibido y, la necesidad de cumplir con las tradiciones y los actos piadosos, por parte de los practicantes de una religión antigua y natural, en la que los mitos organizaban el caos, seguramente estaban detrás de todas estas ceremonias que, para nuestro deleite, nos han dejado sugerentes restos que podemos observar en el Gibraltar Museum y en el Museo Provincial de Cádiz.

Los pretéritos viajeros fenicios, aquellos que fundaron multitud de enclaves que aún hoy guardan los secretos de su tiempo y que dieron origen a la gran Carteia -la señora de las Columnas, desplegada en la colina de Herakles- nos devuelven a una religiosidad arcana, en la que, aunque se sigan unos rituales predeterminados y unas liturgias convenidas, el individuo establece una relación simbólica con la divinidad, pero a un tiempo, también íntima y personal, participando de un culto colectivo y de otro privado.

Respecto a las divinidades a las que pudieron estar dedicados los santuarios de estas cuevas e islas, aún sin saberlo con certeza, conocemos la fuerte vinculación de la zona con una deidad sincrónica compuesta por Hércules-Melqart, pero también la existencia de culto a otras como Astarté, Tanit, o Bes. No es, por tanto aventurado pensar, que podrían ser alguna de ellas.

Y todo esto ocurría en los límites, en la última frontera, en el confín de la geografía que para ellos era segura y firme, al borde de lo desconocido, en este espacio mitológico del Estrecho, que aún sigue conservando su ancestral condición de finis terrae, de cruce de caminos y de puerta que comunica y se abre a múltiples realidades.

Fotografías: Malgara García Díaz

Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Una respuesta

  1. Precioso y preciso artículo.
    Hoy, en este mundo sin dioses, seguro que nos sentimos más huérfanos y necesitados de protección en esta zona del mundo tan complicada, de lo que se sentían nuestros ancestros.
    ¿Volver a las ofrendas y a los sacrificios? No van por ahí los tiros, aunque nada es descartable.
    Mayor atención y apoyo gubernamental o gubernamentales a este Campo de Gibraltar tan necesitado de ayudas específicas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *