El tiempo como materia poética

José Reyes Fernández reseña el nuevo poemario de Paloma Fernández Gomá, Weglog del tiempo

            Cuando el tiempo, esa sustancia estelar que convierte el amontonamiento de los días en las páginas amarillentas que componen el vasto volumen de los siglos, se hace objeto de consideración en la mente del artista, surge entonces un libro de poemas tan exquisito y logrado como este al que Paloma Fernández Gomá ha denominado Weblog del tiempo, y que no es más que un dietario emocional de las páginas de nuestras vidas, pero adaptado a los nuevos formatos de nuestros días, pues ya participa en su título de esa naturaleza híbrida de la página web y el blog digital.

            Desde que los dioses nos hicieron objetos de sus desvelos, nosotros no somos más que materia transitoria de lo efímero, la arcilla sutil con que el tiempo modela nuestras vidas, el barro común al que los años cuartea y extermina, una partícula de polvo en la infinidad de la ciénaga. Nada, aunque en nuestra fulgurante brevedad persistamos en la reflexión y la nostalgia de lo perdurable y eterno. Solo un sueño.

            Y no son pocos los autores que, a lo largo de sus vidas, han reflexionado sobre el tiempo o han aspirado a convertir a este en materia fugaz de algo perdurable. Es la poesía. Es esa mariposa o esa efímera que, haciendo honor a su nombre, vive solo un día. Pero suficiente.

            A mi entender fue Kavafis el que mejor supo expresar esa transitoriedad del tiempo, o los poemas melancólicos y nostálgicos de Machado y las reflexiones filosóficas de su Juan de Mairena, cuando no el Juan Ramón Jiménez que, con íntima dolencia, evocaba la inalterabilidad del mundo ante su propia marcha, su ausencia definitiva, o el Rilke que imaginaba los días de su infancia como la patria de su reflexión poética.

            A esta excelsa pero mínima muestra, se une ahora, con el énfasis personalísimo y experimentado que otorga la experiencia vivida, la voz de susurrada confidencia de Paloma Fernández Gomá. Una voz de certeza poética que se concentra en los más sutiles instantes para dejarlos fijados en el tiempo como a una colección de insectos, exponiendo un muestrario de pensamientos a salvo ya de la demolición del olvido.

            Así, con una cronología exacta, evoca en su primer poema el tránsito de Niña-Mujer, rememorando, frente a la trascendencia de ese acontecimiento iniciático, algo tan anecdótico como que «aquel día fue distinto porque olía a frío», que le sirve para trazar la nostalgia de una «primavera temprana que no volverá», y alude a esa edad dorada de la patria que es toda infancia, equiparándola con esa imagen poética de que «los gorriones crecen en sus nidos, / y ven pasar los días y sus tardes». Mientras ella contempla como «pasaban los días lentos desde la ventana / esperando el regreso de las cigüeñas» y en el Paseo por las acacias «contaba su vida en dosis pequeñas».

            Y mientras en su paseo evoca su vida en dosis pequeñas, aprecia, en acertado paralelismo, que: «Es una prueba para los sentidos / identificar las estaciones: / Si Vivaldi ensaya sus metáforas». Esta hermosísima imagen se complementa felizmente con que «hubo días de paseo, libros y lectura», cuando «ya estará la tarde batiéndose en retirada» y aún es posible soñar con «rescatar los jardines perdidos».

            Aquí el tiempo parece demorarse, ensimismarse, trasmutarse en sustancia melancólica, «cuando persiste el musgo en la humedad / y el tronco se abre al liquen / que lo recubre en la umbría», y entonces «la soledad retoma su presencia cuando añoras ausencias» y «los huecos del alma son interminables caminos / que nunca acabas de recorrer», porque «…esperando el último acorde del deseo», «…la noche trasmite el desgaste de la conciencia» y «siempre […] nos recita versos a media voz».

            Sin embargo, a pesar de ese ensimismamiento que parece desvanecer algunos de estos versos, pronto nos alerta de que es conveniente: «No anclarse en el pasado para vivir el presente», pues «no hay presente sin ayer» y no sea tarea fácil «ponerle color al olvido»; y aunque creamos que «…el otoño tarda en llegar», ocurre «…a veces que el recuerdo hiere / y te taladra el sueño» porque es entonces cuando descubrimos que «el caminar te ha enseñado que acechan / jaurías por domesticar / y acaso ya merman las fuerzas».

            Y en ese momento es cuando percibimos que el otoño que se demoraba llega, descubrimos que «nunca permaneces fijo ante el espejo / él te va dictando la edad», y «se acopla a nuestro rostro / y examina las expresiones. / Delibera con nosotros y nos avisa de los cambios», y percibimos con desaliento que «la vida te va envejeciendo». Y para entonces nos damos cuenta, incurriendo en las trampas de la nostalgia, y rememoramos que «…las horas perdidas tienen una causa común», cuando descubrimos también, con un calambre de añoranza, que «las horas felices son como copos de nieve, / intensas, pero pronto se desvanecen». En cambio, percibimos, en contraste, como «las malas horas son las más difíciles, / quedan grabadas simulando hierros candentes, / cuesta mucho olvidarlas. / No las queremos recordar y acudimos / al bálsamo del tiempo como terapia». Y aunque sepamos que «…el olvido es no recordar / dejar que el tiempo embalsame / el pensamiento», no podemos evitar, con una punzada de escozor, «cómo queman los recuerdos».

            Pero esa es una trampa mayor, en la que a veces, fatídicamente, caemos, pues «apostar por el pasado es una calle sin salida, / una bahía desierta / donde se deshojan los naufragios», pues, al fin y al cabo, «la renuncia es una cuestión de tiempo», cuando por fin descubres y «te adentras en la mirada y ves escrito / lo que la voz calla».

            Y entonces, solo entonces, descubrimos, tal vez con pesar o resignación, acaso con desesperación o sabiduría, «que somos el susurro que fluye / la llama que se va consumiendo», y aunque alguna vez «…nos empeñamos en variar el curso de los ríos», percibimos ya que, a fin de cuentas, «no permanecemos siempre / en este latido profundo que llamamos tiempo», pues «en el devenir oscila el péndulo de los siglos», y vislumbramos con nitidez que «el adiós a la vida también existe».

Y si «entre la luz y la sombra se fue construyendo tu tiempo», es cuando, por fin descubrimos y percibimos, que «la muerte es un despropósito tenaz / que nos amenaza desde la cuna», que, indefectiblemente, «sin darnos cuenta caminamos hacia ella / desvalidos y a ciegas», porque «nuestra carrera es a muerte con nosotros mismos», ya que «sin darnos cuenta morimos para vivir».

Y llegados a ese momento, quizá lo más aconsejable e importante, lo más vital y trascendental sea pararnos a contemplar y oír cómo «se ciñe el centro de la noche / al diapasón de los ruiseñores».

            No se pierdan este poemario. Se llama Weblog del tiempo y su autora, Paloma Fernández Gomá, nos invita en él a una reflexión inefable sobre los triunfos y ruinas, éxitos y miserias del tiempo, de nuestro tiempo, del tiempo personal de la autora que es, a la vez, el tiempo personal y vital de cada uno de nosotros. Y para eso están las poetas, para que podamos reconocernos a través de sus propias palabras.

José Reyes Fernández, escritor

                                                                                   José-Reyes Fernández

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