El Estrecho y sus encantos veraniegos

Ezequiel Martínez, en este artículo, propone un viaje a Bolonia, entre la belleza natural y uno de los yacimientos romanos más importantes de la Península

Agosto en plenitud. Tiempo de vacaciones, de ocio, de andar en chanclas, con la barriga un poco más oronda de lo habitual, por mor de la rubia cerveza. Tiempo de buen comer y de buen beber con familiares y amigos. Tiempo de rumor de olas, de brazadas en el mar pasando del calor humano en la orilla a ese otro lugar más frío, donde disfrutas del fondo marino y de los peces multicolores, por medio de las gafas. Tiempo de brisas marineras y de sonidos de chicharras. Tiempo de susurro de las hojas de los árboles en la sierra y en el bosque, de sonidos de esquilas y de campanadas de la iglesia marcando las horas del día. Tiempo de pasear, reflexionar y meditar que tanta falta nos hace, sobre todo a esos políticos cuya verborrea es insana y tóxica. Tiempo de lucha de egos por el poder. Algunos políticos con tal de hablar dicen una tontería detrás de otra, y creen saber de todo y se permiten dar lecciones a otros políticos y especialmente al Gobierno y a su Presidente, sobre cómo hacer esto o aquello. Preocúpese usted de hablar menos y atinar en lo que dice. Para hablar con propiedad, primero saber escuchar, y si no encuentra nada digno para poder rebatir razonablemente, mejor cállese. Lean, documentense bien sobre nuestra historia  para no decir majaderías, no se dejen llevar por la verborrea estúpida. Escuchen, lean y hablen cuando sepan realmente de lo que hablan.

Hace casi tres mil años, en la antigua Grecia del sigloVIII a.C, en el santuario de Olimpia, un lugar consagrado a Zeus se celebraron las primeras carreras que dieron origen a los Juegos Olímpicos. Los organizadores establecieron la “ekecheiria”, una tregua sagrada o paz olímpica entre todas las polis, y durante los juegos cesaban las hostilidades y enfrentamientos políticos y bélicos. En Barcelona 92 se recuperó aquella tradición y se pidió a los países sumidos en conflictos, que establecieran una tregua de paz, durante la celebración de los Juegos. Yo pediría humildemente a nuestros representantes políticos, de las diferentes ideologías y corrientes, que aplicaran la “ekecheiria”, pero no sólo durante unos días, sino permanentemente para tratar de vivir en paz en España en el tiempo que nos quede de vida, que es más corto de lo que los jóvenes de 20 años creen. Cuando eres joven te sientes inmortal, y lo de la pandemia de la Covid-19 y sus variantes parece no preocuparte demasiado, y vemos con dolor que más de un joven acaba en una UCI, víctima de su ignorancia y estulticia.

Para este agosto y setiembre voy a recomendar vacaciones en el Sur, cerca del Estrecho de Gibraltar, en la costa gaditana con dos propuestas: el Parque Natural del Estrecho y toda la costa de Cádiz, desde Algeciras hasta Sanlúcar de Barrameda con todos los pueblos ribereños como Tarifa, Zahara de los Atunes, Barbate, Vejer, Conil, Chiclana, San Fernando, Cádiz, el Puerto de Santa María, Chipiona, pero me detendré en un lugar para mi, predilecto: Bolonia, en Tarifa.

El Parque Natural del Estrecho domina el espacio marítimo-terrestre desde la ensenada de Getares, Algeciras (donde quedan los restos de la antigua factoría ballenera, a cuyo último director Antonio Vera, ya fallecido, entrevisté hace años, para “Tierra y Mar”), hasta el Cabo de Gracia, en Tarifa. El Parque natural fue declarado como tal, en 2003; tiene 18.910 has y es Reserva de la Biosfera Intercontinental del Mediterráneo. Las costas del Parque están bañadas por las aguas del Mediterráneo y del Océano Atlántico. El Estrecho que separa a Andalucía de Marruecos, y a Europa de África, es lugar de paso de numerosas aves migratorias y de especies marinas, como delfines, calderones, orcas, y en ocasiones rorcuales y cachalotes. Dentro del Parque se hallan las playas de Valdevaqueros, Punta Paloma, y los Lances, lugares de ensueño para los amantes del surf y sus variantes. Y siguiendo la costa nos encontramos con la Duna de Bolonia de más de 30 metros de altura. En numerosas ocasiones he subido y bajado esa duna para contemplar desde lo alto la maravilla de la costa tarifeña y en días claros, la vecina costa africana. Una experiencia única, bajar cansado de la duna y darte un baño reparador en las frescas aguas oceánicas que llegan amables hasta la arena de la ensenada de Bolonia, una joya natural que hay que preservar. En mi recuerdo de los años 80, cuando la juventud te lleva con pies alados, aquellas noches de vino y rosas en el chiringuito, y luego abrazado a tu pareja, el paseo junto al mar susurrando a las olas y riéndole a la luna sus guiños plateados, hasta llegar a las dunas menores y allí, buscando un resguardo del viento, extendíamos nuestros sacos de dormir, para descansar después de entregarnos a los deseos del amor.

Ruinas de Baelo Claudia frente a las playas de Bolonia

En esa ensenada de Bolonia, protegida por dunas y pinares se asentaron los romanos hace más de dos mil años. Baelo Claudia se remonta al siglo II a.C. Se erigió sobre un asentamiento bástulo-púnico (Bailo o Baelokun). Por aquellas calendas desde este puerto de la costa gaditana, los barcos  comerciaban con el no lejano puerto africano de Tánger, al otro lado del Estrecho. Baelo Claudia alcanzó su época de esplendor o apogeo (no álgido, como se dice ahora sin ton ni son, y erróneamente, aunque lo admita la Real Academia), entre los siglos I a.C, y el II d.C. A partir de la segunda mitad del siglo II, tras un maremoto se inició su decadencia. En su época de esplendor Baelo Claudia tenía puerto pesquero y almadraba, y hoy podemos ver aquellas instalaciones donde conservaban y salazonaban el pescado, fundamentalmente el atún, del que obtenían el famoso “garum”.

A finales de la primavera y en el verano la actividad era incesante atrayendo a trabajadores de otras zonas. En el siglo III, las invasiones norteafricanas y los saqueos de las hordas germánicas acabaron con aquella civilización. Hoy el viajero o turista que visita el yacimiento arqueológico queda admirado del lugar escogido por los romanos para fundar esta pequeña ciudad. En su trazado urbano, el viajero pasea por  las dos vías principales: el “decumanus máximus” de Este a Oeste y el ”cardo maximus” que la recorre de norte a sur. Se conserva muy bien el foro o gran plaza, la Curia o sala de reuniones, y los restos de lo que fueron cuatro templos, uno dedicado a la diosa Isis, ejemplo único en Hispania de planta rectangular de 29,85 por 17,70 metros, con una placa: “A Isis soberana, Lucius Vilius ha cumplido su voto de buen grado”.Y el Capitolio, donde se levantaban los templos dedicados a Minerva, Júpiter y Juno. Y cuando llegas al teatro, muy bien conservado es cuando admiras el auge de aquella cultura milenaria. El visitante admira toda aquella arquitectura desenterrada del olvido del tiempo e imagina la vida activa en aquella ciudad, con sus tiendas, sus tabernas, su mercado, sus termas, su acueducto, su escuela, sus calles empedradas, por donde transitaban personas, animales y carruajes de tiro. A l yacimiento arqueológico se accede por el centro de recepción de visitantes un cubículo diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra que concita más criticas que alabanzas por su ruptura con el entorno paisajístico. En su interior, el museo conserva numerosas piezas y esculturas que ayudan al visitante a la comprensión de los restos de la ciudad romana que verá más tarde. Durante el mes de agosto del 4 al 28, se ofrecen diferentes representaciones teatrales en el teatro romano, y en el museo, hasta el 30 de octubre se ofrece una exposición “La filosofía del paseante” del artista roteño Román Lokati, organizada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

Tanto si visitas de día el conjunto arqueológico, como si asistes a una representación nocturna en el Teatro romano quedarás fascinada o fascinado por la historia de este lugar, que llega hasta nosotros desde hace más de dos mil años. Las playas de Bolonia son de las mejores de toda la costa de nuestro país, bañarse en esas aguas es todo un privilegio que nos conceden los dioses, y si después del baño has reservado para comer en alguno de los chiringuitos de la zona (tengo debilidad por el de Oliva, o el de Los Jerezanos), la felicidad está asegurada al degustar esos platos marineros y esos pescados y mariscos que extraídos con esfuerzo, nunca bien pagado, por los trabajadores de la mar, llegan hasta la mesa para hacer las delicias del viajero o visitante que acude a Bolonia en busca de sensaciones milenarias que ahondan en las raíces de la historia y cultura andaluzas.

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