El brazo tonto del patriarcado

A partir de una visita a Tánger, el pasado año, Margarita García Díaz reflexiona en este artículo sobre el peso del patriarcado en diferentes religiones

Ni a Alá ni a su Profeta les gusta que las mujeres enseñen el pelo. Bueno, ni el pelo, ni casi nada, según se interpreten sus preceptos. Sin ir más lejos, está el modelo mujer-ranura que sólo expone a la luz algo así como un centímetro, más o menos, justo lo que ocupan sus ojos, fundamentalmente, para no matarse en cualquier sitio y evitar así que llegue al Paraíso antes de que se haya deslomado trabajando en la Tierra.

Si aceptamos las vestimentas como modelos de costumbres y gustos, me parece bien que en diferentes lugares se adopten, como es lógico, distintos atuendos. No sólo me parece bien, me encanta que existan múltiples referentes estéticos. Nada más aburrido que la uniformidad. Sin embargo, mucho me temo que la inmensa mayoría de mujeres que caminan por las aceras del Gran Café de París -donde yo tomo mi té y trato de pasar desapercibida como un tangerino (varón) más, es decir, sentada mirando a la agente- cubren sus cabezas para cumplir con lo que Dios desea, algo que sabemos por boca de quienes se erigen en sus agentes, obviamente. Jamás se ha podido oír decir ni una sílaba al susodicho y lo que Mahoma dijo hubiera quedado olvidado en las arenas de los desiertos arábigos, de no ser porque algunos de sus seguidores fueron recopilando lo que el visionario enunciaba,que no eran otras cosas que las revelaciones del propio Dios, hechas a través del Arcángel san Gabriel. Ahí es nada.

Una de las fotografías expuestas en la calle por la fotógrafa camerunesa Angèle Etoundi.

Millones de personas en el Mundo creen en la existencia de alguna divinidad, o en varias. Todas se enfrentan al que probablemente es el mayor de nuestros temores, la muerte, huyendo de ella, inventando edenes, cielos y glorias. Todas caminan con la pesada carga de las culpas –todas las religiones las fomentan- y convierten sus vidas en un continuo penar en busca del perdón, con la mirada puesta solamente en esa hipotética vida después de la muerte. Es decir, anulan sus existencias, la muerte vence. Tapan sus cuerpos –las mujeres, como es de suponer mucho más-, se limitan en alimentos y actividades y cierran su inteligencia a la razón para adoptar la sumisión y la obediencia como únicas referencias. Si realmente algún dios hubiera creado a los humanos, todas estas actuaciones de los creyentes están más cerca de abominar de su creación que de disfrutarla y gozar de los dones recibidos. Sin embargo, las divinidades siempre piden más fe y más sacrificios. Esto, cuando no piden sangre, algo que ha sido, desgraciadamente, una constante a lo largo de la historia: ahí tenemos el terrorismo islámico, por si las hogueras y la Inquisición, por ejemplo, nos parecen que ya están superadas.

Realmente, considero que no se puede ser más imbécil. Rechazar el propio cuerpo, la libertad, el entendimiento,…las propias esencias humanas, para amarrarse a unos mandamientos y unas fantasías propias del mundo mágico –como los milagros o las concepciones con aves, por poner un par de ejemplos- es una aberración tan grande que, para mí, es una prueba irrefutable de que los dioses no existen. Tener a una muchedumbre de idiotas como seguidores, que no pueden comer carne si el animal no ha sido sacrificado en una determinada manera, dice muy poco del dios en sí. Salvo que también sea tonto. A fin de cuentas, casi todos los cultos sostienen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Dioses gilipollas, han creado a humanos gilipollas, por tanto. Así sí que cuadra.

Bajo el título de «Desvelos», la fotógrafa Angèle Etoundi muestra la realidad de las africanas

Los mensajes de odio, ira, venganza, racismo, intolerancia, machismo y una larga lista de sustantivos negativos que han fomentado la enemistad y el desprecio hacia el ajeno han protagonizado los siglos de existencia de las doctrinas más extendidas, especialmente, los tres grandes monoteísmos que persisten en la actualidad.

La especial inquina hacia las mujeres, consideradas seres imperfectos y, al mismo tiempo, peligrosos dado su supuestamente extraordinario poder de seducción, la forma de menospreciarlas, de maltratarlas y de negarlas -absolutamente ajena en cualquier otra especie del mundo animal- para, de esta forma, someter a la mitad de la población y hacerlas trabajar gratis –pensemos en las monjas- rechazando cualquier colaboración entre géneros, da idea de la soberana majadería y la pérdida de energías en la tarea constante que es la existencia que adoptan las grandes religiones.

La negación de la ciencia y sus avances, presentados muchas veces como algo diabólico. Es decir, la tradición –que es lo correcto y lo puro- frente al progreso –que es malo porque atenta contra lo que ha establecido el Libro Sagrado que sea- cuando precisamente, es el conocimiento el que puede hacer prosperar y desarrollar y, por tanto, aumentar las legiones de fieles. No hace falta recordar el trabajo que ha costado que la Iglesia Católica acepte principios científicos tan básicos y tan conocidos como las leyes que rigen el funcionamiento de nuestro propio cuerpo.

La exposición fotográfica pudo contemplarse en Las Ramblas y otras calles barcelonesas

El listado de chaladuras y sinrazones puede ser inacabable y, en realidad, lo único que yo pretendo es dar rienda suelta en este pequeño texto a una de esas ideas que me persiguen últimamente, aunque el hecho de estar viviendo en Marruecos no me lleva a pensar que su religiosidad sea especialmente absurda, lo son todas. Quizá aquí sea más evidente que en otras zonas, o tal vez es novedosa para mí y por eso el impacto que me ocasiona es mayor. Acabamos de vivir la Fiesta del Cordero y tengo imágenes que seguramente no olvidaré en una buena temporada, al igual que el alarido del almuédano me sobresalta 3 veces al día, una más al caer la noche y otra al alba.

No puedo dejar de pensar en las religiones y las creencias como algo completamente disparatado. Obviamente, si yo le digo esto a un creyente saltará sobre mí exigiendo respeto. Un respeto que, desde luego, jamás se me muestra ni a mi persona ni a mis ideas. De hecho, apenas hay hueco para los ateos en nuestras sociedades y, por el contrario, en el momento en que a cualquier grupo de creyentes se les ocurre la más mínima idea relacionada con el culto a una divinidad, un santo, una imagen sagrada, un aniversario, o lo que sea, ésta se llevará a cabo, aún a costa de invadir las ciudades, disponer de los tiempos y los espacios comunes y emplear los recursos públicos sin ningún tipo de miramiento: Málaga, ciudad de procesiones.

Malgara García Díaz, profesora de Historia y escritora

Por otro lado, el hecho de que cada día esté más convencida de que todo este montaje de la religión es un engañabobos, no implica que la considere inofensiva, ni mucho menos. Los sacerdotes y ministros de cualquier credo tienen muchísimo poder, obtenido gracias a mantener a la población en un estado de inquietud permanente -entre el pecado y la zozobra- que se solventa con una mezcla que combina a partes iguales la vergüenza y la amenaza,la penitencia y la esperanza, y que los relega a elevados grados de ignorancia y, por tanto, de docilidad, porque el miedo está latente en cada una de las suras, en cada mandamiento y es el mayor arma que esgrimen los templos para manipular a la población. Los feligreses, atemorizados ante la muerte, el dolor y los sufrimientos propios de la vida, bien manejados, son un potencial increíble.

A mi modo de ver, y por resumir, la religión te exige renunciar a 4 grandes atributos humanos que, sin lugar a dudas, nos definen y nos han hecho evolucionar como especie. Al cuerpo, a favor de una hipotética alma. El cuerpo es perverso, un campo sembrado para el pecado y, por tanto, hay que maltratarlo y rechazar sus necesidades o mensajes porque, en cualquier momento, se pasa del grado del concepto de cuerpo, al concepto de carne y ahí ya los riesgos son innumerables para una moral recta. Por tanto, todos los esfuerzos deben enfocarse por salvar esa alma que será la que disfrute del Cielo, si consigue pasar las pruebas del Juicio Final. Básicamente, se puede resumir en que hay que joderse.

En segundo lugar, a la inteligencia se le yuxtapone la fe. El corpus de conocimientos de un creyente no debe obedecer a sus ideas o a su raciocinio, sino a los dogmas y las revelaciones que los diferentes dioses –obviamente, todos hombres varones- trasmiten a sus representantes –varones también, sin ningún género de dudas-. Aunque las ideas que hay que creer a pies juntillas sean absurdas o del todo imposibles, como el asunto de la transubstanciación. Y aquí podemos enlazar con el tercer gran renuncio que debe hacer el devoto, la abominación de la ciencia, especialmente porque ciencia y creencia suelen ser incompatibles. Frente al progreso, la inmutable tradición; frente al juicio, la magia del mito; frente al saber, la superstición.

El otro aspecto que yo considero de gran importancia a la hora de que un adepto abrace un credo es el que el opone a la libertad frente a la sumisión. Como mucho, a los fieles les queda el libre albedrío, esa especie de coacción permanente, ya que no se trata de disfrutar de la autonomía y la voluntad individuales, sino de estar alerta para no caer en falta y, por tanto, permanecer bajo el riesgo de la posibilidad del posterior castigo.

En definitiva, a lo que voy es a considerar que, si el capitalismo es el brazo desnaturalizado, el despiadado, la cara deshumanizada del sistema que sólo atiende al beneficio, aún a costa de acabar con el Planeta, el protagonista salvaje del cuento de la gallina de los huevos de oro; y, aunque la idiotez no sea patrimonio de los adeptos, ni mucho menos, estoy por asegurar que la religión debe ser, sin más remedio, el brazo tonto del patriarcado.

Fotografías: Imágenes de la exposición «Desvelos», de la camerunesa Angèle Etoundi, en Barcelona, organizada por Casa Africa, para desenmascarar los estereotipos de dicho continente.

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