Dos obras de Blanca Orozco, al Museo de Algeciras

La llorada artista algecireña es la primera mujer en exponer en la Sala de Bellas Artes

La teniente de alcalde delegada de Cultura en Algeciras, Pilar Pintor, procedió a la exhibición de dos obras pictóricas de la creadora algecireña Blanca Orozco, que pasan a formar parte de modo permanente de la exposición de la Sala de Bellas Artes del Museo Municipal de Algeciras.

A dicho acto, asistieron los padres de la artista, Jaime Orozco Mena y Concepción Sambucety Ponce, así como la pareja de la pintora hasta su fallecimiento, Alfredo Ramos Argüelles, y la responsable del Museo Municipal, Rosabel O,Neill.

“Las obras tituladas “Si te dieran alas” y “Maldita valla”, ambas de 2007 y con dimensiones 102cm X 102cm, fueron cedidas al Museo Municipal por la familia de la artista el pasado mes de noviembre, junto con una tercera obra “Volar muy alto” del año de 2016 y con un tamaño de 412cm X 150cm, que se expondrá con carácter permanente en el Centro Documental José Luis Cano próximamente”, informó Pilar Pintor.

Blanca Orozco (Algeciras, 1976-2019) comenzó a pintar con 9 años pintando y residió en Tarifa durante la última etapa de su vida. Su primera exposición, junto a la pintora Fátima Conesa, tuvo lugar en 1996. Numerosas obras suyas se reparten en colecciones de Inglaterra, Alemania o México. Con anterioridad al Museo de su ciudad natal, la artista algecireña cuenta con obras en el Museo de Azuaga de Badajoz; en el Museo de Arte Contemporáneo Mayte Spinola de Marmolejo en Jaén; el Museo de Arte Contemporáneo de Sofía de Bulgaria; en la Colección del Banco Zaragozano en Málaga; o en la Colección del Banco Zaragozano en Madrid, en la Torre Picasso; además de un gran listado de selecciones y premios.

La familia de la artista, según el propio Ayuntamiento, ha agradecido al alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce, y a la delegada de cultura su especial sensibilidad con la obra de Blanca Orozco, y han manifestado su satisfacción ante la idea de que sus obras queden expuestas en espacios públicos municipales para el disfrute de los ciudadanos.

“Estamos orgullosos de que Blanca Orozco sea la primera mujer en exponer su obra en esta sala de Bellas Artes de nuestro Museo, una artista polifacética que aunque nos dejó de forma prematura, es uno de los mayores exponentes de las artes plásticas de Algeciras, así como de la Comarca, por lo que contar con estas pinturas ayudará a que Algeciras se consolide como una ciudad donde la cultura, el arte y la historia caminan de la mano” ha finalizado la concejala que, el pasado mes de febrero, recibió a su vez la donación de otro de los más renombrados artistas de la ciudad, Vicente Vela –autor del logotipo de Loewe, por ejemplo–.

Blanca Orozco junto con una de sus obras en el museo Mayte Spínola de Marmolejo

Blanca Orozco dibuja el silencio.-

Tenía ojos de Picasso y la urgencia de las estrellas fugaces, como si Blanca Orozco Sambucety  presintiera que su tiempo era efímero y su curiosidad, infinita, interdisciplinar, hija de su tiempo: “Para el artista, siempre es tarde”, llegó a escribir. Quizá por ello, en su obra y en su vida siempre tuvo puestas las luces de emergencia. También respiraba, paradójicamente, la extraña serenidad de los nómadas, los cambios de luces de su pintura, como pequeños o grandes crepúsculos de sí misma. El autorretrato como un juego de fondo y forma, el diálogo entre la palabra escrita y el paisaje, ecos del impresionismo y de la cultura pop, afán de música en sus pinceladas y el buen aprendizaje de la discípula que no pretende imitar a los maestros sino conversar con ellos: Antoni Tapies, en sus inicios, luego Julian Schnabel, Georg Baselitz, Lucio Muñoz, Barceló, María Aranguren o Paloma Peláez, según confesaba: “Con 24 años empecé a pintar de manera natural la abstracción. Un día me plantee dibujar el silencio en vez de una palmera”.

Desde sus primeros pasos en Algeciras, en un ambiente familiar sumamente propicio, hasta su formación en Sevilla y su dedicación profesional a la pintura, ella sigue siendo maestra a pesar de su temprana muerte. De hecho, supo enseñar lo que había aprendido, bajo un prisma claro, el de que el arte, como la naturaleza, sigue estando inacabado: «Me gusta que los cuadros parezcan inacabados porque parecen que están vivos. La multiplicidad de lecturas, decir algo de una manera abstracta, como le digo a mis alumnos: que digan más con menos», le he leído en varias páginas web.

De sus padres, también aprendió: la libertad y un gusto por la democracia en cuyos balbuceos iba a nacer, en 1976. Desde su niñez se quiso pintora, como una prolongación de su propio cuerpo, como una pasión que convirtió en Aleph. Sin descuidar sus raíces algecireñas, eligió su patria –que era la del viento–, con una misma luz compartida y una legítima fidelidad hacia Andalucía. Y reivindicó su lugar en la historia, frente al provincianismo de los centralistas que persisten incluso en la globalización y el desdén tradicional hacia los sures, que ella sufrió en el suyo. Fue global siendo local, quizá porque el genius loci de su espacio vital sea el del universo, ante la perspectiva cotidiana de dos continentes, dos mares, ya saben, como muchas otras maneras de contemplar el mundo. En ese ámbito, ejerció su oficio hasta el final, aunque le mordiera la crisis, la económica y la de valores. Resistente, Blanca, también resiliente.

Tampoco se le escapaba que, a pesar de que el reloj de la historia pareciera avanzar a contracorriente, el arte de las mujeres seguía siendo a menudo invisible en una era todavía gobernada por los hombres.

Le sobreviven su página de Facebook, la soledad de quien le quiso –porque “el amor que florece ni agua reclama”– y la admiración de quienes contemplamos desde lejos su capacidad mutante de seguir siendo ella misma. Desde su primera exposición con Fátima Conesa cuando cumplió veinte años, sus cuadros viajaron por Alemania, Estados Unidos, Bulgaria, Suiza, México o por Gran Bretaña. Sus piezas miraban al futuro desde las ruinas arqueológicas de Baelo Claudia o de Itálica famosa. Quizá fueran otro mensaje dentro de cualquier botella, el de que para buscar lo porvenir haya que arraigarse en la memoria.

Puede que el arte sea, según llegó a escribir, cantar las penas y las alegrías que “a escondías” llevamos, según citaba a Enrique Morente. Su oído transitaba desde el flamenco a Monsieur Periné o el piano de su hermano. Los cuadros –ella lo daba por hecho—no sólo están llenos de colores sino de vivencias. También todos sabemos que Blanca Orozco, como título a uno de sus lienzos, renacerá entre las flores. Ya es una de ellas.

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