Diálogo amigable en una terraza

Paloma Fernández Gomá, en este nuevo artículo, establece diferencias en torno al uso de la palabra, desde el insulto y la supremacía, a las conversaciones cómplices, cada vez más difíciles de mantener en tiempos de pandemia

Muchas veces usamos las palabras para que nuestro pensamiento prevalezca por encima de otros. No digo que esté bien, pero sí que guarda un objetivo, que aunque no se exprese abiertamente, sí está muy planificado.

En todo caso no se debe tratar de estar por encima de nadie ni con la palabra ni con nada. A veces se planifica decir con palabras agradables, todo lo contrario, que encierran estas palabras. Pongo por caso: Punto Limpio, cuando de lo que se trata es de almacenar restos, cosas inservibles, bien para reciclar o quemar.

Otras veces las palabras se usan con el único sentido de estigmatizar, aunque ese término no sea completamente el que determine o clasifique a esa persona, entidad o grupo.

En otras ocasiones se trata de apoderarse sin más de una palabra, haciendo bandera de la misma y atribuyéndosela como identificativa. Como si otros, aunque sin ser afines, no pudieran tener idénticas aspiraciones.

En conclusión: apadrinados el lenguaje, según nos venga mejor o como creamos más conveniente para denostar al de enfrente. Sin pensar que con ello estrechamos nuestro cerco o nos vamos quedando sin argumentos, para mañana poder dar razones concluyentes, que afiancen, determinen o favorezcan nuestra postura.

El lenguaje es libre y poseedor de la veracidad y elocuencia de nuestro discurso. Las palabras no tienen colores y sí más de un significado. Usar la palabra como arma arrojadiza no conduce a nada. Es meterse en el terreno del insulto y con insultos no se llega a ningún lado.

La única forma de llegar a buen «puerto» es siendo honestos con nuestro discurso; usando las palabras como vehículo de expresión y no para atacar. Para que nuestro discurso sea completo llevará grandes dosis de respeto y diálogo real. Pues hablamos últimamente mucho del diálogo, pero nos engañamos a nosotros mismos o tratamos de engañar al otro, cuando nos servimos de este término para desviar la atención y buscar nuestro propio interés.

He aquí otra forma de usar mal la palabra. En un diálogo para hallar la solución a un problema se posicionan ambas partes partiendo del deseo común de establecer distintas líneas de pensamiento sobre el tema en cuestión, con el objetivo de sumar posiciones para conseguir el fin perseguido, que si no es beneficioso para los dos; al menos no quede una parte perjudicada frente a la otra. Pues también confundimos este diálogo para solucionar problemas.

Con el diálogo amigable en torno a una mesa en una terraza (hoy  bastante difícil) para dialogar sobre el tiempo transcurrido desde que abandonamos los estudios, cuando éramos jóvenes y la vida se mostraba ante nosotros llena de posibilidades. Cómo ha cambiado la vida, afirmamos; sin darnos cuenta que hemos sido nosotros el motor del cambio.

Fotografía principal: José Luis Tirado

Paloma Fernández Gomá, escritora y profesora
Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *