Día Mundial de la Poesía: Ocho poemas de Domingo F. Faílde

Una aproximación al libro "La mala letra", del autor jiennense afincado en Algeciras durante varias décadas

Domingo F. Faílde (Linares, Jaén, 1948, Jerez de la Frontera 2014), fue un poeta ligado durante varias décadas al Campo de Gibraltar y, en esta ocasión, nos sirve para conmemorar el Día Mundial de la Poesía. Residente en Algeciras desde mediados de los 80 hasta comienzos del siglo XXI, impartió clases en el colegio Los Pinos, de esta localidad, aunque mantuvo lazos con su ciudad natal, Linares, donde le fue rendido un homenaje que testimonia la fotografía que ilustra esta página, o Jerez, donde se afincó y donde falleció temprana y vertiginosamente. Autor de una veintena de títulos, entre los que destacan Náufrago de la lluvia (1995), Manual de afligidos (1995), Elogio de las tinieblas (1999), Conjunto vacío (1999), Testamento de Náufrago. Antología,1979-2000 (2002), El resplandor sombrío (2005), Las sábanas del mar (2005) y La sombra del celindo (2006). Su obra ha sido recogida en diversas antologías, entre ellas Elogio de la Diferencia, de Antonio Rodríguez Jiménez (1997), …Y el Sur, de José García Pérez (1997), De lo imposible a lo verdadero. Poesía española 1965-2000, de Antonio Garrido Moraga (2000), Poesía andaluza en libertad por Antonio García Velasco, Francisco Morales Lomas, José Sarria Cuevas y Alberto Torés García (2001), La línea interior. Antología de poesía andaluza contemporánea por Pedro Rodríguez Pacheco (2001) y Poesía española (1975-2001) por Alberto Torés (2002).

Los ocho poemas que recogemos hoy corresponden a su libro «La mala letra», publicado por Vitrubio en 2012: «Es ésta una obra de madurez que ubica al poeta giennense en la vanguardia de la poesía andaluza de nuestra hora, si bien su generación es, por edad, la de los novísimos, de quienes viene a ser contemporáneo –escribe al respecto José Antonio Sáez–. Obra valiosa, sin duda, la suya, puesto que nos deja constancia en sus sucesivas entregas del esteticismo (nunca excesivo, con discretos guiños culturalistas) y el desengaño de un poeta que ha vivido parte de su existencia entre el franquismo y la última etapa democrática de nuestro país. Su voz personalísima resuena con gravedad y distinción entre el coro de las voces más autorizadas del parnaso español en esta hora tan confusa de nuestra poesía.»

Epifanía

No la lluvia. Ni el aire

que la seca. Y tampoco

la memoria del mar.

Ni siquiera el espeso

vapor que la precede

ni el vaho que, en la otra cara

del cristal, certifica su derrame.

Mejor, la sequedad,

los surcos que en la tierra

abren oscuras valvas al prodigio

y ofrecen a los vientos

la razón de su sed.

Si alguien recoge el guante

y la respuesta inunda

tu corazón, sonríe,

saluda entre las nubes

al sol, pues ha nacido

de la nada –o acaso

de su sombra– el poema.

Terminal

La ventana es el límite.

Detrás de los cristales,

veo el mundo (percibo sus colores,

la desintegración

de la luz y esas cosas

que reciben prestados

la apariencia y el brillo).

Y, delante, los ojos,

leyendo el resplandor, la partitura

que traslada sus notas al papel.

La ventana es el límite

(¿mi límite o el límite

entre ver y mirar?)

Tal vez no exista el mundo.

Inútil, plantearse

mi existencia también.

Falacia patética

Afilan las palmeras

su silueta en mis ojos.

Anochece en las dunas

y yo voy avanzando entre ruinas

hacia la oscuridad

(seré sincero y jugaré sin trampas:

reconozco que el mundo,

varado en su indigencia,

nada me muestra, nada

me dice.

 Y, contrariado, cierro

el libro que aún no he escrito).

Gladiator

Al principio, qué era,

¿la palabra o el gesto?

¿hágase o la señal

de que todo comience?

En las gradas del circo,

la multitud aplaude cuando el cónsul

agita su pañuelo

y suenan las trompetas.

Salen entonces los protagonistas

y, entre tubas y címbalos y flores,

la fiesta deja paso a la masacre.

Morituri te salutant! Es todo. Las palabras

enmudecen y rugen los aceros

su terrible verdad:

 en la muerte confluyen

el principio

y el fin.

Billete de ida y vuelta

Iba en un tren, camino a no sé dónde

la esperaba su amante. Todo el tiempo,

todo el espacio, toda la experiencia,

invirtió en maquillarse.

No era hermosa ni todo lo contrario

ni mejoró su aspecto la pintura.

Mientras duró el viaje –varias horas,

rumbo a ningún lugar y sus andenes–,

yo escribí unos poemas

y medité, por no cambiar el disco,

sobre el sentido de la vida misma

o las razones de la literatura.

A mi lado, Dolors dormía la siesta

o miraba el paisaje. Inútilmente,

maquillaba yo mismo el fundamento

de mi propia escritura, tan doméstica.

Los árboles pasaban, raudos, por la ventana

(¿o solamente un árbol danzaba en el cristal?).

Pasó el tiempo y me dije: nunca llegan

los trenes sino adonde

cada uno ya estaba y no lo sabe.

En torno a la escritura

Dónde el venero, dónde

la forja de la voz,

 en qué grimorio,

ajena a sí, conjura a su memoria

y convoca en silencio a lo innombrable,

lo innominado, el eco

de esta sombra que crece entre mis manos.

Pues, si invoco la luz,

acude un nombre y llena

su redoble las líneas

y nada, sin embargo, alumbra el día,

sino ese heraldo oscuro

que surge, si lo llamo.

Leo, no obstante, su escritura y queda

atrapada en su muda transparencia.

El alba se levanta. Las cortinas

dan paso a un nuevo acto

con las lámparas rotas.

Forever

Alguna vez, si antes

locura o desmemoria

no nos retiran o quizá la merma

de sentidos e inspiración,

habrá que poner punto

final, guardar los bártulos

y dejar para siempre la escritura.

¿He dicho para siempre?

Para siempre es la muerte

y eso ya estaba escrito.

Mester de contumacia

A Carlos Guerrero

Acabo de escribir unos poemas.

Creía, al empezar, que mi talento

iba a abrirme el arcón de las palabras

y alguna idea sublime, como agua de mayo

acudiría a regar mi jardín. Es inútil.

Al acabo de lo escrito, no me salen las cuentas,

no me suenan los versos

o tal vez me resuenan,

no me entusiasma el resultado y temo

haberme, más que dicho, contradicho.

Demasiado elegante, sin embargo,

no culparé a las Musas ni a ese editor tozudo

que nunca me comprende.

Tampoco yo me entiendo

y, contumaz, mantengo mi herejía.

Domingo F. Faílde

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