Del sueño de Gibraltar a la pesadilla de Las Malvinas

En las próximas semanas, en el Peñón, se conmemorará la guerra de Las Falklands, aquel terrible episodio del que se cumplen 40 años y que tuvo una especial incidencia en el Peñón y en la Bahía

Gibraltar seguía siendo un sueño. A 19 de abril de 1982, en La Línea, el Teatro del Mentidero estrenaba “El sueño de Gibraltar” con textos de José Cadalso Cadalso dispuestos para escena por Manuel Caballero Fourmet.  Un oportuno homenaje de Ramón Rivero al escritor español muerto al caerle un bolaño sobre su cabeza, durante uno de los asedios a la Roca. Al día siguiente, se suponía que iba a volver a abrirse la frontera: de hecho, una avenida sigue llevando allí esa misma fecha.

El sueño de Gibraltar podía convertirse en una pesadilla. Y, en cualquier caso, un contraste, una contradicción. Ya en enero, el líder andalucista Alejandro Rojas – Marcos, que había viajado en 1980 a Gibraltar para posar junto a Joshua Hassan, se dejaba caer con un mensaje tremendista, bastante alejado de lo que venía siendo la postura habitual del Partido Socialista de A ndalucía: “La apertura de la verja significará el reconocimiento de la soberanía británica sobre Gibraltar”.

Aquel año, la Junta Militar argentina, no contenta con el genocidio de su población desde 1976, decidió invadir las Malvinas –las Falklands en inglés—como una prórroga a su sed de sangre y su dictadura de terror. Así que a la Dama de Hierro no le tembló el pulso y Margaret Thatcher puso en marcha la maquinaria de la que fuese la mejor Armada del mundo. Y Gibraltar, en tal contexto, cumplió su papel como base de reaprovisionamiento y avituallamiento. En los astilleros gibraltareños, por ejemplo, se procedió a reconvertir en buque hospital a un paquebote británico llamado “Uganda”. La Verja seguía cerrada, puesto que el Acuerdo de Lisboa era aún papel mojado y la guerra de Las Malvinas no iba a resolver dicha cuestión, sino a entorpecerla: el 8 de abril, el Gobierno del Reino Unido y el de España decidieron posponer en dos meses al menos las conversaciones sobre la apertura de la Verja, cuando todo estaba previsto para que el día 20 de ese mismo mes, los ministros de Exteriores de ambos países se reunieran en la localidad portuguesa de Sintra. Poco antes de dicho aplazamiento en las negociaciones bipartitas, el presidente Leopoldo Calvo Sotelo visitará la provincia, bajo una tromba de agua. A bordo de un autobús, durante su recorrido por el Campo de Gibraltar, un periodista le preguntará por la relación entre la guerra de Las Malvinas y el contencioso gibraltareño: “Son problemas distintos y distantes”, acuñó Calvo Sotelo como una frase hecha que le costó considerables quebraderos de cabeza, a medida que iba viéndose que tal vez ambas cuestiones estaban mucho más vinculadas de lo que parecía.

Calvo Sotelo, junto a Gabriel Baldrich y otros periodistas

“Yo estaba en campaña electoral, en un autobús. Y nos llegó la noticia de la invasión de las Malvinas, por fuerzas del ejército argentino”.

Cuando entrevisté a Calvo Sotelo, diez años más tarde, la memoria le jugaba una mala pasada. La guerra, en rigor, se había declarado semanas antes. La noticia que le había llegado allí era la de la detención del comando argentino que pretendía atentar contra Gibraltar. En mayo de 1992, lo recordaba de aquella otra forma: “Y en San roque, que fue la primera escala que hicimos después de que nos llegara la noticia al autobús y con la Roca al fondo, un periodista me dijo si habría que hacer lo mismo con Gibraltar, sugiriendo que España llevara a cabo una invasión. Yo intenté tranquilizar los ánimos diciendo que los problemas de Gibraltar y Malvinas son diferentes. Que aquí estábamos en el corazón de Europa y las Malvinas están muy alejadas. La raíz política del problema era bastante diferente aunque comprendo que Argentina cree que sus derechos son tan buenos o mejores que los nuestros. Y me salió aquella frase redonda: aquél es un problema distinto y distante”.

El expresidente español aún se pregunta qué animó a los argentinos a dar ese paso: “Aparte de la situación interior que era mala, siempre el gobierno que se enfrenta a una situación mala y que no está apoyado democráticamente, tiende a distraer a la opinión con un golpe de suerte exterior. Y también les animó el hecho de que les parecía muy raro que una Inglaterra que no era ya de la Reina Victoria, pudiese reprimir, como hizo, sangrientamente la invasión. Ese era el contexto en que pronuncié la frase. Luego aquello se entendió como un gesto de desdén hacia Iberoamérica”.

Gibraltar fue utilizada para algunas operaciones logísticas elacionadas con la guerra de las Falklands

Ni tan distintos, ni tan distantes.  La frontera no se abrió el 20 de abril por motivos de seguridad, como consecuencia de aquel conflicto.  En mayo, sin ir más lejos, colocaron una bandera argentina frente al consulado británico en Algeciras, pocos días después de que el crucero argentino Belgrano fuera hundido por un submarino nuclear británico, a lo que Argentina contraatacó disparando contra el “Sheffield”: “El caso de Gibraltar y el de Las Malvinas era tan poco distinto y tan poco distante, que hubo que cambiar el curso de las negociaciones sobre Gibraltar”, bromeaba Fraga durante la campaña andaluza. En este clima, lo cierto es que Calvo Sotelo logró sortear los obstáculos para proseguir con el ingreso español en la OTAN que, a su juicio, no era contradictorio con la tradicional amistad española con Lationamérica.

La versión oficial afirmaba que ese mismo mes, en concreto el día 8, cuatro militares de una unidad especial de la Armada Argentina habían llegado a Madrid con la intención de perpetrar un atentado contra la Armada británica, en su refugio gibraltareño. Se trataba del teniente Luis Alberto Fernández –un bonaerense de 32 años, alto, rubio y fuerte–, el sargento Miguel Angel Godoy –bajito y con bigote–, así como el soldado especialista Victor Paul Madana y un cuarto, del mismo rango, apellidado González. Su viaje se produjo tan sólo seis días después del ataque del submarino HMS “Conqueror” que costó la vida a 368 argentinos embarcados en el crucero “Almirante Belgrano”.  Fue en el Peñón donde dicho sumergible cargó los torpedos Mark Fight que hundieron para siempre al orgullo de la Armada argentina. Y aquel viaje iba marcado por el sello de la venganza.

La realidad se supo veintidós años después, a partir de la película documental “Operación Algeciras”, de Jesús Mora. Uno de sus protagonistas era Máximo Nicoletti quien todavía recuerda las palabras que le dirigió a su viejo compinche, mientras contemplaban la fortaleza gris y azul de Gibraltar, con aquella fragata de la Royal Navy, que entraba y salía escoltando a petroleros.  Los dos porteños estaban en la otra esquina del mundo, sobre la arena delgada de la playa de poniente de La Línea de la Concepción: «Le dije al Pelado: ‘alguna forma vamos a encontrar para hundirle un barco a estos tipos´. Nos teníamos mucha confianza operativa».

Relato de Máximo Nicoletti sobre las circunstancias de aquella misión

Hasta fecha bien reciente, los únicos referentes del caso estribaban en el libro “La guerra secreta de las Malvinas”, del historiador británico Nigel West y en un reportaje publicado por la revista “Cambio 16”, un año después de aquel embrollo, en 1983, cuando ofreció datos que todavía guardan celosamente las autoridades de ambas orillas del Atlántico, como puso claramente de manifiesto un debate celebrado en el Congreso de los Diputados, el miércoles 9 de abril de 1997, cuando la diputada Maestro Martín preguntó al entonces ministro de Defensa, Eduardo Serra, sobre el traslado de documentación microfilmada, desde Madrid a Buenos Aires, procedente del entonces CESID, el Centro español de Inteligencia, al tiempo que hacía extensiva “necesariamente a las relaciones entre los servicios secretos españoles y los servicios de inteligencia argentinos; relación estrecha que debió existir, ya que los datos, la información de prensa, hablar, al menos en abril de 1982 de una llamada operación Algeciras, realizada por miembros de los servicios secretos argentinos, que fueron confundidos con delincuentes comunes por servicios de la Guardia Civil española, se pusieron inmediatamente en comunicación con el Cesid, fueron trasladados a Madrid y repatriados a Argentina”.

“Puedo repetir que no hay ni la más mínima constancia de la existencia de la documentación ni de los viajes –replicó el popular Serra, según se recoge en el ‘Diario de Sesiones’–. Supongo que a lo mejor hubo algún contacto a nivel personal con autoridades de Argentina para cualquier otro cometido, pero no queda constancia en el Centro”.

               Los servicios secretos callan, pero la realidad es tozuda. Según la tesis del documental de Jesús Mora, la llamada Operación Algeciras se basaba en un complot tramado por Isaac Anaya, que era comandante de la Armada Argentina y un buzo llamado Máximo Nicoletti que, curiosamente, había sido militante de los montoneros.  El hecho de que un oficial al servicio de la sangrienta Junta Militar que fletó el golpe de Estado de 1976 y un exguerrillero sumasen esfuerzos en dicha acción, dan una idea de la rara unanimidad que despertó inicialmente la Guerra de las Malvinas, que no sólo supuso una seria derrota para los argentinos, aplastados por el potencial bélico de la Inglaterra de Margaret Thatcher, sino una larga cosecha de sangre: durante la guerra, que tan sólo duró 72 días y costó unos dos mil millones de dólares, los británicos capturaron alrededor de 10.000 prisioneros argentinos, liberados posteriormente. Argentina sufrió 655 bajas, mientras que Gran Bretaña perdió 236 soldados. La guerra concluyó con la rendición de Puerto Stanley el 14 de junio y tuvo dos efectos políticos inmediatos: la reelección de los conservadores en el Gobierno británico, a pesar de que las encuestas iniciales no pintaban a su favor, y la caída de la Junta Militar argentina, con la restauración de un gobierno civil, en 1983.

Portada de Cambio 16, que informó por primera vez de la operación argentina

Jesús Mora, el realizador del filme, resume las intenciones de aquel comando hasta cierto punto suicida: “La operación Algeciras en su planteamiento, aunque no llegó a concluirse, consistía en realizar una operación de sabotaje a las fuerzas inglesas en su retaguardia, para de esa manera desestabilizar la operación que estaban haciendo, la de desplazar todas sus tropas hacia el Atlántico sur”.

Mora llevó a cabo una investigación casi detectivesca para contrarrestar los datos erróneos aparecidos en la prensa española –el primer reportaje vio la luz en Cambio 16 casi un año después del suceso—y, sobre todo, los datos difundidos por el periodismo sensacionalista británico.

“Lo que yo luego empiezo a averiguar era quién formaba parte de ese comando, quién dio la orden de esa operación. Fue una noticia que vino a través de la prensa inglesa, bueno, porque ellos a lo mejor así transmitían una especie de versión, de que la armada argentina había intentado este tipo de sabotaje, pero yo me fuí a la Argentina que en aquella época estaba cambiando de presidente cada semana, era la época del corralito y del presidente De la Rúa que se fue por helicóptero; bueno, en medio de ese caos aparecí para hacer preguntas sobre esta operación. Y quién más podía saber de esta operación, era la Marina. Entonces, yo me preguntaba si en ese momento de caos social que estaba viviendo Argentina, de caos económico, iba a  haber alguien que tuviera interés en responderme sobre ese episodio  del pasado. Pues quizás fue un momento idóneo porque se estaba desmoronando tanto la identidad nacional y se estaba resquebrajando tanto la sociedad que Las Malvinas adquirieron otro valor, mucho más emocional y sentimental. Y logré recabar informaciones. En cuanto conseguí localizar digamos a uno de los miembros del comando, y descubrí que identidad tenía, que era un antiguo guerrillero subversivo capturado por la Armada, entonces ya era inevitable que la Armada también diera su versión, pero su versión real, no su versión oficial. Entonces el paso más difícil fue convencer al almirante Anaya, fallecido recientemente, y el único testimonio de la colaboración entre la marina argentina, la Armada, y los guerrilleros, es el testimonio que hay en el documental, ¿no?, y que lo ofreció el almirante Anaya”.

La pista le condujo luego al Reino Unido, pero también a España: “Volví a mí país y dije, bueno, es una democracia del primer mundo y tendré transparencia y facilidad para mi investigación. Fue donde encontré las mayores dificultades. Era el gobierno del señor Aznar. El ministro de interior era el señor Rajoy,  que se pasó la pelota al señor Acebes, y cuando llegó su responsable de la policía que era Díaz de Mena, aquel famoso hombre que hizo aquella declaración en el juicio del 11-M. Todos me negaron total transparencia sobre el caso. ¿Por qué? Porque habían intervenido unos policías, pero era mejor que no hablaran, no hablar de nada”.

“Gibraltar era fundamental como base y había unos antecedentes a esta operación, que era lo que habían realizado la X Flotilla Mas de los italianos en la Bahía de Algeciras. Entonces, cuando los mismos de la operación llevaron a cabo, comenzaron a ideas el tipo de operación, tenían como referente a aquellos submarinistas de la Armada fascista italiana que con torpedos con motor se lanzaban y en un momento dado soltaban el torpedo submarino y ellos regresaban a nado. ¿por qué? Porque contaban con colaboración en el lado español de la Bahía.  Había una familia de origen italiano enfrente, en la zona de san Roque. Bueno, no fueron muy exitosas esas operaciones, porque los torpedos no siempre iban a dar contra el objetivo y tal, pero bueno, estuvieron realizando operaciones de sabotaje. ¿Algeciras por qué era fundamental en la guerra de Las Malvinas? Porque nadie esperaba un golpe en la retaguardia. Entonces, España era un país neutral, llamando a las puertas de la Comunidad Internacional y de la OTAN, o sea, llamando a las puertas porque estábamos en plena transición y para consolidar esa transición teníamos que formar parte de Europa. Nadie pensaba que desde España se iba a llevar a cabo una operación, porque suponía entrar en España, transportar las minas por España, montar el operativo desde España. Y lo que no podían imaginarse era que los argentinos fuesen capaces de llevarlo a cabo”.

“Los objetivos precisos del comando eran los de sabotear barcos británicos. La operación hubiese sido un éxito por lo imprevisible de los hechos si se hubiese llevado a cabo inmediatamente. Pero ¿dónde se puso en peligro?. En la duda, en la actitud dubitativa del mando argentino. Entonces, al no decidirse inmediatamente por llevar  a cabo la operación y marcar un objetivo, fracasó. El propósito no era solamente hundir muchas toneladas de material, o de barcos, sino que se trataba del simple hecho de sabotear la retaguardia pues habría supuesto la necesidad de reforzar sus defensas y habría implicado cuestionar el avance del resto de la flota, creando un cierto efecto psicológico y táctico. Entonces, ¿cuál era el objetivo?. Bueno, pues se retrasó, y al retratarse aumentaron los riesgos. Hay un comando de tres argentinos que aunque vinieran a España haciéndose pasar como turistas que iban a practicar  pesca submarina y tal, y tienen apartamentos separados, llevaban un mes en este país y un mes ya es alargar demasiado la situación. Además, convivían con unas minas que, como ya dice el documental, llegaron a través de un método muy poco honesto, como es a través de una valija diplomática  a Madrid y viajaron hasta Algeciras por carretera. Pero, ¿qué más ocurría? Pues que en ese momento el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo estaba atravesando sus mayores días de crisis, se estaba organizando la campaña política para las elecciones autonómicas. O sea, que teníamos a nuestro comando entre el casino, entre San Roque, entre Cádiz y tal, y Manuel Fraga dando mítines y los políticos pululando por la costa del Sol. De tal manera, que lo que se estaba haciendo, la estancia se alargó casi un mes o cinco semanas, bueno, pues aumentaron las posibilidades de riesgo y de que ese comando fuese capturado. Como así ocurrió”.

El buque británico Broadword recala en Gibraltar tras parcipar en la guerra

El azar fue el principal factor que llevó a la desarticulación del comando: “Lo que tengo clarísimo es por qué se les detuvo –declara Jesús Mora–. Todo se frustró por la actividad de la policía nacional, de policías comunes de la comisaría de Málaga. Allí, se había creado un nuevo comando especial para una nueva delincuencia de extranjeros que estaban operando por las villas lujosas de la Costa del Sol, entonces había una especie de delincuencia incipiente que buscaba robar joyas en mansiones, obras de arte y otros objetos de valor.  Por aquel entonces había un delincuente común que estaba huido, que ya había cometido algunas fechorías en Argentina a finales de los setenta, y que se sabía que estaba por la Costa del Sol. Bueno, este grupo formado por cuatro policías más o menos veteranos y otros con menos experiencia, un grupo de ocho policías, estaban destinados a perseguir ese crimen organizado de origen extranjero. Entonces, ¿cuál era su método? Pues acosar a todas las fuentes que utilizaban, desde agencias de coches de alquiler, a estaciones de trenes, estaciones de servicio, todos los posibles movimientos. Cualquier tipo que llegara con un arma a Málaga no iba a llegar por aeropuerto, llegaría por tren o por carretera. Bueno, pues entonces realizaron esa labor de tejer una tela de araña de información. Y, de pronto, descubren que hay unos argentinos que quieren renovar un alquiler de coches y mueven dólares. Entonces, los dólares sólo los veíamos en las películas. Y, además, el hombre de la oficina de coches de alquiler se fijó que tenían una llave de otra oficina de alquiler, ¿por qué iban utilizando distintas oficinas de coches de alquiler? Esto, esto fue lo que puso sobre la pista a la policía. Este grupo especial de la policía lo encabezaba Francisco Ruiz Col, en aquel momento. Bueno, entonces, lo que hicieron fue estar prevenidos y estar pendientes de los movimientos de este grupo en las oficinas de alquiler, o en las oficinas de retiradas de coches, entrega de llaves y tal.  La policía estaba en preaviso y se lanzó sobre ellos y los detuvo. Pero la policía esperaba encontrarse con un grupo de delincuencia común. Entonces, se sorprendieron cuando detuvieron a uno de los miembros que era el único militar y este comenzó a identificarse como “soy el capitán de la Armada…”. “¿Capitán de la Armada?”. Empezó a no encajarles muy bien la información, es decir, qué es lo que habían descubierto en realidad. Pues a partir de ahí empezaron a caer todas las fichas. Detuvieron a dos que iban a renovar el coche. Otros dos esperaban con las minas para lanzarse con una zodiacs compradas previamente en El Corte Inglés. Esos dos miembros del comando ya estaban dispuestos a llevar a cabo la operación y estaban en el hotel. La policía inmediatamente fue a arrestarles”.

               Aún después de todo aquello, Margaret Thatcher no las tenía todas consigo y tal como ha trascendido recientemente, sopesó la posibilidad de que militares golpistas españoles llevaran a cabo una intentona similar y reforzó las defensas del Peñón, incluso después de la apertura de la frontera. Durante el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, varios izquierdistas campogibraltareños cruzaron en barca al Peñón, que aún permanecía cerrado a cal y canto.  Recién principiado el otoño del año siguiente y tras el llamado golpe de los coroneles, las autoridades decidieron confinar a Jaime Milans del Bosch en una antigua residencia de los gobernadores militares del Campo de Gibraltar, una casa de campo situada en la llamada Huerta del General, en los montes de Pelayo, próximos a Algeciras. Allí, entre comidas a la carta de un restaurante próximo y trotes matutinos de footing, el general permaneció desde el 4 de octubre hasta finales de año, apenas a 40 kilómetros de Sotogrande, la exclusiva urbanización sanroqueña donde su familia poseía una costosa pero recoleta residencia.

             Alberto Oliart, ministro de Defensa, buscaba aislarlo de sus contactos en Madrid por si pudiera verse envuelto en el nuevo complot antidemocrático que acababa de destaparse. Así que el teniente general Saavedra Palmeyro tuvo que ausentarse el sábado 2 de octubre de las maniobras Galia 82, a las que asistía en Extremadura, para preparar en Sevilla el complejo traslado del ex general que había sacado los tanques a las calles de Valencia, un año y pico antes. Desde la Academia de Artillería de Fuencarral en Madrid, donde permanecía recluido, Milans viajó en helicóptero hasta Sevilla y, luego, por carretera, fue llevado hasta Algeciras, para pasar un trimestre en el que se vio escoltado por la sombra de los paparazzi que intentaban cazarle en chándal y por la llegada de representantes de organizaciones fascistas: “Con la presencia de Milans del Bosch y de uno de los inculpados del Caso Almería en la Comandancia de la Guardia Civil de Algeciras, esta comarca puede ser declarada zona de interés golpista”, vaticinaba Francisco Esteban, alcalde comunista de Algeciras.

“Bueno, la guerra de las Malvinas vino al final de la frontera cerrada –evoca John Searle– y aquí los gibraltareños no estaban muy contentos con España y como Las Malvinas eran de un país como Argentina que era muy español pues ellos pensaban: ´todo lo que podemos hacer para atacar a Argentina es contra España también´.  Y así venían los barcos aquí para prepararlos para ir allí y los astilleros se mataban trabajando. Día y noche, los aviones venían aquí y los cargaban. Otra gente pensábamos  que esto era malo para las relaciones con España que iban mejorando por aquella época. Yo había ido incluso a La Línea, pasando por Tánger, antes de abrir la frontera. Hablé allí con Juan Carmona, que estaba hablando con Felipe González y estuvimos pensando que cuál era la mejor forma de abrir la frontera. Todo un contraste”.

Durante largos años, los argentinos necesitaron de un visado especial para entrar en Gibraltar y aún así fueron contados los casos de quienes pudieron cruzar la Verja para visitar el Peñón. Por fortuna, quizá tenía razón Calvo Sotelo y fueron asuntos distintos y distantes. Sólo que el mismo día que pronunció aquella frase, el presidente español de UCD, que sustituyó a Adolfo Suárez en La Moncloa, tuvo que llevarse en su propio avión a Madrid al comando argentino, que luego fue repatriado en vuelos regulares, a Buenos Aires, vía Canarias. Ahora, Gibraltar conmemora discretamente dicha efemérides La guerra, en este caso, sigue existiendo pero ahora se llama Ucrania.

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