Cuando morir es perpetuarse

Un viaje a las estelas de guerreros de la protohistoria

La arqueología nos da la pauta de lo que ocurrió en tiempos pretéritos. La rotundidad de los restos y de los objetos, que no dejan lugar a dudas, trasciende lo que puedan decir los textos, a veces intencionados, aunque entre ambos es como mejor se reconstruye la Historia. La presencia contundente de artefactos no permite interpretaciones más o menos guiadas por distintos intereses que puedan verter sombras de dudas sobre los acontecimientos. Así es esta ciencia, que presume de categórica.

Resulta que con el Neolítico, período que supuso una verdadera revolución, la del paso de una economía depredadora a una productora, también van a ocurrir otros cambios trascendentales, aunque quizás sean menos conocidos. Al final de este período, los superávits agrícolas y ganaderos significaron la tranquilidad para el ya poblado estable, asegurando la supervivencia del grupo y garantizando simientes para la próxima cosecha. Esto va a significar una modificación total del modus vivendi de nuestros antepasados. Si echamos mano de la arqueología, nos encontramos con la presencia de grandes contenedores de barro y de silos para almacenar, especialmente los granos. Pero también va a significar otras cosas, como por ejemplo, el amurallamiento de los primitivos enclaves. Esto tiene fácil interpretación: las ciudades se amurallan para protegerse de ataques foráneos, para defender esos excedentes y a sus moradores. Por ejemplo, ahí tenemos el poblado de Los Millares, en Almería.

Paralelamente, se van a diversificar las tumbas y empiezan a observarse diferencias en los enterramientos y los dólmenes. Los hay pequeños y modestos, con un simple ajuar funerario compuesto por un par de flechas y algún cuenco de cerámica y los hay en los que aparece el elemento diferencial por excelencia que va a categorizar este período: el metal.

Las primeras grandes tumbas, ya marcando una notoria división social, no sólo llevan objetos fabricados en cobre o, algo después, en bronce, sino que también llevan joyas de oro. Al principio, éstas, son simples láminas y después, sobre todo en el primer milenio antes de nuestra era, van a ser verdaderas obras de orfebrería. Las tumbas importantes alcanzan unas dimensiones tan  descomunales que su ejecución implica el concierto de cientos  de personas, seguramente todo el grupo, trabajando para mayor enaltecimiento de un individuo, una familia o una estirpe, que es la acreedora del privilegio de descansar en el edificio construido. Basta con que nos demos una vuelta por los dólmenes de Antequera para comprobar esto que les digo.

Por lujo, en aquellos momentos entre el Calcolítico y la edad del Bronce, entendemos la ostentación de piezas de metal, por lo general, armas y joyas. Es decir, el nuevo invento, la tecnología más avanzada y sofisticada jamás inventada hasta entonces, la metalurgia, no se va a emplear para facilitar los trabajos de la gente, para mejorar el rendimiento agrícola, ni para favorecer la vida en general. La mayoría de objetos de metal que se localizan en los yacimientos son espadas, lanzas, cuchillos, escudos y cascos. Y, por otro lado, como ya he apuntado anteriormente, diademas, brazaletes, torques, pendientes, collares, etc. Es sorprendente que todo el potencial de la nueva técnica sirva, mayoritariamente, para la guerra y para la vanidad. Y la presencia de ellas en los enterramientos se debe a que se ha pasado a un individualismo feroz y nadie quiere despojarse de sus armas o sus joyas, sino que se entierra con todas ellas. Querían asegurarse de que en el futuro –o en la otra vida- se les reconociera como poderosos o grandes guerreros y ellos deseaban mostrarse en toda su valía, con todos sus atributos, dejando clara su supremacía a perpetuidad.

Estela del Viso, en Córdoba

¿Qué ha pasado con aquel clan homogéneo que se enfrentaba al día a día con voluntad de grupo? ¿Qué ha ocurrido con aquella sociedad igualitaria en la que cada cual era semejante al resto? Pues sencillamente, que se ha iniciado un proceso económico en el que hay unos excedentes que se los van a adjudicar los más fuertes y que además, como tales, tienen que ser preservados, de ahí que surja una nueva profesión, la de soldado. Una profesión que no aporta nada tangible para el sustento de las personas y que, por tanto, implica que hay que mantener a quienes la ejercen. ¿Cómo? Seguramente con la adopción de un sistema de impuestos, como sabemos que existía en las primeras civilizaciones, la mesopotámica y la egipcia. Obviamente, la presencia de militares significa también jerarquía, alguien que manda y otros que obedecen –no hay ejércitos democráticos-. De entre estos soldados se erigirá en breve la figura de alguien más jefe que los demás, de sangre más pura y mayor predicamento que, en unas generaciones, se convertirá en reyezuelo, iniciando una dinastía destinada a ejercer el poder sobre el resto.

Por otro lado, ese sobrante de la producción también podrá ser material para el comercio, cambiando mediante el trueque productos imprescindibles para la subsistencia por otros que no tienen por qué serlos. Estos primeros conatos de intercambios van a ser los que, por otro lado, aviven el desarrollo de los medios de transporte, contándose la vela y la rueda como dos de sus mayores logros. Y van a ser los que den origen a otra clase social novedosa, los comerciantes. De la necesidad de llevar el control de pagos, gastos y ganancias va a surgir la escritura que, en sus orígenes, era más parecida a una tabla de Excel que a un texto de Word.

El control sobre esos excedentes nos va a llevar a la aparición de la propiedad privada, un concepto que, de forma inmediata, también se va a aplicar a las relaciones humanas, adoptándose el matrimonio monogámico como fórmula para asegurar que quien herede las propiedades sea sangre de su sangre –de su padre, claro- y que se abandone el antiguo criterio de hijos de la tribu. Nacen así el matrimonio indisoluble y el sentimiento de propiedad de la mujer respecto al esposo. Por otro lado, la actividad guerrera nos plantea la figura del vencido, lo que nos lleva a la posibilidad de la existencia de la esclavitud o, al menos, de la servidumbre, aumentando aún más la fractura social. Mujeres, pobres y siervos conformarán un gran grupo de desfavorecidos por el nuevo orden establecido.

Y es que, lo que ha ocurrido es la fragmentación de la cohesión social, la aparición de las clases sociales, de los poderosos y los humildes, de los ricos y los pobres, de los libres y los sin derechos. Esta jerarquía social no nos va a abandonar ya, puesto que, con las lógicas diferencias de milenios de luchas sociales, es la misma que tenemos hoy en día.

Si alguien ha llegado leyendo hasta aquí y empieza a sospechar que esto puede ir del comienzo del más inamovible modelo que nos gobierna hasta nuestros días, está en lo cierto, porque lo que se esconde detrás de todas estas manifestaciones no es otro que un sistema que se sustenta en una economía basada en la posesión y el beneficio, salvando las distancias, podemos hablar de un incipiente y primitivo capitalismo. Otra de sus bases se refiere a la prevalencia de los valores masculinos sobre los de la sociedad matriarcal. Estos valores masculinos van a significar, en la práctica, el sometimiento de las mujeres, como así veremos en todas las culturas clásicas. Y es que el segundo pilar sobre el que se asienta este sistema es el machismo. Y, finalmente, la presencia de santuarios, dioses y religiones bien organizadas, destinados a mantener distraída a la población de los asuntos importantes con mitologías, magias y promesas. No olvidemos el papel de los templos en las civilizaciones primigenias como lugar de recogida y almacenamiento de los impuestos, así como la relevancia de la casta sacerdotal. Iglesia y Estado llevan mucho tiempo colaborando. Así que, sí, efectivamente estamos asistiendo al nacimiento del patriarcado.

Pero, aunque este sea el contexto, de lo que quería hablar es de nuestras preciosas estelas de guerreros, que recientemente he podido contemplar en el Museo Arqueológico Nacional, en las que el difunto se nos muestra en todo su esplendor, rodeado de una espada, una lanza, un escudo, a veces un carro y otros objetos también distintivos, entre los que se encuentran espejos y peines. Son las primeras muestras de ese deseo de permanecer, de hacerse eternos y de cantar, a la inmortalidad, sus logros. La ejecución es bastante simple, casi infantil podríamos decir, pero eso es lo de menos. Son lajas toscamente talladas y las imágenes son esquemáticas, sobre todo las del guerrero en cuestión, muy relacionadas estilísticamente con las figuras antropomorfas que también conocemos por las pinturas rupestres del mismo período.

 Todos estos cambios, aquí en la Península, ocurrieron entre el tercer y el segundo mileno antes de nuestra era y, aunque no eran los moradores de tumbas excepcionalmente significativas, sí que se consideraron acreedores de valores para distinguirse del resto. A día de hoy seguimos todavía emocionándonos con la piedra grabada de un individuo que siempre tuvo claro que lo que quería era perpetuarse para la eternidad. Ahí está su estela en las salas del museo para dar muestra de ello, porque ha sido la arqueología la que les ha permitido cruzar ese umbral al más allá que quizá ellos, de una forma bien diferente, ansiaban. Estamos ante el primer retrato individual y de cuerpo entero de la historia. El más primitivo currículum vitae de alguien buscando la gloria. Un DNI sin fecha de caducidad.

Foto principal: Estela de guerrero de Solana de Cabañas, en Cáceres

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