Covid19, un día cualquiera de pandemia prenavideña

Abel García Sánchez narra una experiencia personal en torno al coronavirus, la de la enfermedad y muerte de su padre, Salvador García Carrillo,, en vísperas de la última Navidad, en La Línea de la Concepción. Para quienes pueda servirle

Hace justo un mes, el 13 de enero de 2021, enterramos a mi padre. Había fallecido, justo el día anterior, el 12 de enero, víctima de COVID19 y después de permanecer ingresado en el Hospital de La Línea de la Concepción, en la provincia de Cádiz, desde el 22 de diciembre de este pasado y fatídico 2020.

Lamentablemente, historias como la de mi padre existen muchísimas, demasiadas, una más de las miles y miles que se acumulan en el impersonal, aterrador e insensible mundo de los números, de las cifras y las estadísticas del coronavirus.

No aportamos nada nuevo cuando decimos que, detrás de cada una de estas dolorosas muertes, existen familias enteras, quedando en el camino viudas, viudos, madres, padres, hermanos, hijos, nietos, sobrinos, amigos, conocidos, personal sanitario, de limpieza, cuidadores, celadores, monitores y auxiliares que lo han dado todo hasta el último momento, y, en definitiva, compañeras y compañeros de vida. Es tan poco novedoso que, a veces, mencionarlo genera sensaciones y sentimientos similares a los de los dichosos datos estadísticos.

Se alcanza tal extremo de desazón e impotencia que, todos lo que hemos vivido, de una u otra manera, esta triste experiencia, podemos llegar a “conformarnos”, sin más, con el simple hecho de saber que, al menos, seremos comprendidos por quienes han pasado por idénticas o parecidas situaciones. Al fin y al cabo, la empatía no es la característica preponderante en la raza humana.  

Así, de pronto, un día cualquiera de pandemia prenavideña, siguiendo al pie de la letra, como buenos y civilizados ciudadanos, todas las medidas sanitarias habidas y por haber en este nuevo “mundo coronavirus”, te encuentras con que tu padre, de 81 años, en perfecto estado de salud mental y físico acorde a su edad, te llama por teléfono y te dice, “Abel, creo que me voy a resfriar”.

A pesar de la gravísima situación mundial que vivimos, piensas, “no, no va a ser COVID, mi padre no sale de casa, está bien atendido por nosotros, por toda su familia más cercana – como debe ser-, siempre todos con mascarillas, distancia, lavado de manos, no hay motivos para alarmarse y, además, no vamos a tener la mala suerte de que nos toque a nosotros”.   

Todo eso pasa por nuestras cabezas, por nuestras mentes, hasta que, en vísperas del sorteo de la lotería de Navidad, en la noche del 21 de diciembre, eres consciente de que tu padre tiene 39 de fiebre, casi 40, delira, convulsiona, y llamas al 061. La respuesta, que ya algunos conocéis y, además, imaginamos que permanecerá grabada en algún lugar, la siguiente: “administrar paracetamol, estar pendiente y, si empeora, llevadlo por vuestros propios medios a urgencias; una ambulancia es complicado que pueda acudir al domicilio, puesto que solo tenemos una para toda la población de La Línea” (sobre los 60.000 habitantes).

Sigues queriendo mantener la esperanza de que todo quede en un susto y sea solo eso, un simple resfriado, a lo sumo una “gripe común”, o “gripe española”, como la denominan en otros lugares del planeta. Pero ese deseo comienza a desvanecerse cuando, en la mañana del día siguiente, en la mañana del 22 de diciembre,  después de llevar a urgencias del Hospital de La Línea a nuestro padre, con nuestros propios medios, como buenos ciudadanos, tal y como nos habían indicado en la noche anterior desde el 061, te comunican que ha dado positivo en COVID19, pero que se encuentra bien, estable, y que nos avisarán a lo largo del día para el momento en que tengamos que ir a recogerlo, en nuestro propio vehículo – faltaría más, por favor –, y trasladarlo a su casa, a su domicilio.

Aun con la más que lógica preocupación por el positivo de mi padre, sí que algo más tranquilos conseguimos quedarnos en la familia, ya que él mismo, encontrándose aún en sala de urgencias, me llama desde su teléfono móvil para preguntarme sobre el momento, la forma y manera de llevar a cabo la vuelta a casa. Con ese mismo propósito esperanzador, consulto acerca del protocolo a seguir en este tipo de situaciones y, únicamente ya, en espera de que nos indiquen cuándo pasamos a recoger a mi padre.

Pero, todo se tuerce otra vez cuando, mediante una nueva llamada telefónica, mi padre me dice, “Abel, yo creo que me van a dejar aquí ingresado en el hospital porque me están poniendo una especie de pijamas”. Y así fue, tal cual; tras numerosas consultas y más consultas telefónicas por mi parte, me confirman que sí, que pasan a mi padre a la planta habilitada en el Hospital de La Línea para los enfermos de COVID19. El 22 de diciembre, ni nos tocó la lotería, ni teníamos salud.

Sabíamos ya de la impagable labor que están haciendo nuestros sanitarios, así como el conjunto del personal que trabaja en los centros hospitalarios, y de la inmensa calidad humana que están desprendiendo la mayoría de ellos, a pesar de estar desbordados, saturados y sobrepasados, pero cuando te toca en primera persona, directamente a ti y a los tuyos, es justo en ese momento, en el que todo empieza a tomar más sentido aún.  

Es a partir de ahí, a pesar de que la primera llamada telefónica de un médico no se produjo hasta pasadas más de 48 horas desde el ingreso de mi padre en planta COVID, cuando te faltan palabras de gratitud y reconocimiento a enfermeras y enfermeros, auxiliares, cuidadores, celadores, limpieza, seguridad, tras comprobar cómo trataron a mi padre en el instante en que se produce su entrada en la habitación de aislamiento que tenía asignada, la habitación 451. No consigues encontrar la forma de agradecer a la persona que tomó de la mano y de la cintura a mi padre y se puso a bailar con él, a las personas que, a su alrededor, en ese mismo momento y en esa misma habitación, le transmitían palabras de ánimo, aliento y esperanza, a la persona que tuvo la enorme valentía y humanidad de dejar recogido ese instante grabándolo en vídeo y, por supuesto, a la persona que, con todo su cariño, nos lo hizo llegar.  

De forma paralela, como si de otra realidad se tratara, los que fuimos considerados personas en contacto directo con mi padre y por prescripción médica, diez días de confinamiento domiciliario, aislados en casa, en habitación individual, cubiertos, vasos, platos, baño, todo bien señalado, diferenciado y separado, para evitar posibles contagios, tanto si el resultado de las respectivas PCR´s era negativo como positivo. En mi caso particular, la PCR dio negativo, pero mi hermana no tuvo la misma suerte, ella sí que dio positivo, y no solo en una ocasión, sino dos veces consecutivas, además de padecer fiebre, dolores de cabeza, pérdida del olfato y del gusto, cansancio, fatiga generalizada … Al fin y al cabo, se trataba de “salvar la Navidad”.    

Y sí, unas fiestas navideñas que, tanto mi hermana como yo, hemos vivido desde el confinamiento, con todo el apoyo, la ayuda y la comprensión familiar posible, pero, al mismo tiempo, con la impotencia de comprobar como mi padre, nuestro padre, había pasado, de ser plenamente autónomo y consciente de todo cuanto le rodeaba y sucedía, a encontrarse hospitalizado bajo el aislamiento más absoluto, sin contacto alguno con cualquier realidad existente más allá de sus cuatro paredes, sin llegar a asimilar ni comprender todo lo que estaba ocurriendo de manera tan rápida, con una desorientación temporal progresiva, observando que, varias veces al día, entraban en su habitación personas de cuerpos y rostros irreconocibles al estar cubiertos y enfundados en EPI´s , personas que le hablaban, le entregaban sus objetos personales, íntimos  y de aseo que, con ayuda de todos y siempre acompañados de las correspondientes cartas y notas,  habíamos conseguido hacerle llegar.

De esta manera es como fueron transcurriendo los días y las noches entorno a la Navidad, el Año Nuevo y Reyes, con mi padre sumido en una situación que nos decían “estable”, no empeoraba pero tampoco mejoraba sustancialmente, y que podíamos corroborar por las llamadas del doctor o doctora de turno, cada 72 horas, así es, cada 3 días, pero, sobre todo, gracias a las diversas videollamadas que enfermeras, enfermeros y auxiliares hicieron posible, demostrando, una vez más, su vocación y profesionalidad, eligiendo, siempre, momentos en los que mi padre se encontraba más tranquilo, menos desorientado y con un mayor ánimo, dentro de lo posible, a pesar de que éramos conocedores y conscientes de que su delgadez aumentaba por días, así como la necesidad de oxígeno, su falta de apetito y su deterioro.

La “estabilidad” duró hasta la mañana del 10 de enero, cuando recibimos llamada telefónica de un doctor, sí, de un doctor del que, por desgracia, no sabemos ni el nombre, y nos comunica que la situación de mi padre es ya irreversible, que solo queda esperar al desenlace final, por lo que nos plantean la posibilidad de que una persona, alguien de la familia a poder ser, pueda desplazarse hasta el hospital, entrar en la habitación y acompañar a mi padre hasta el último momento, siendo conocedora de que, una vez pasara al interior de la misma, ya no había marcha atrás, sin que pudiera salir para nada. Acción humanitaria, pero dura, muy dura.

Es mi hermana Mariví, aún confinada y aislada en su domicilio por el doble positivo, sin estar en absoluto recuperada, la que me llama y me dice, “Abel, yo ya tengo COVID, tú y los demás estáis `limpios´, así que me quedo yo”. Con este gesto de tremenda generosidad y valentía que le honra de por vida, es como mi hermana decide acompañar a mi padre, a nuestro padre, el tiempo, las horas que sean necesarias, tanto, que estuvo a su lado el día y la noche del 10 al 11 y del 11 al 12 de enero, prácticamente, 48 horas, hasta que, finalmente, cuando son las 5 de la madrugada del citado 12 de enero, recibo llamada telefónica de ella, de mi propia hermana, comunicándome que mi padre acababa de fallecer a causa del coronavirus. Inmediatamente, bajo a la calle, me monto en el coche y me dirijo hacia el hospital a recogerla; es en el aparcamiento exterior del centro hospitalario donde he de esperarla, hasta que, por fin, la veo aparecer, abatida, cansada, desolada, arrastrando, como buenamente podía, de una bolsa grande, de color blanco, que contenía sus objetos personales, su ropa, así como las últimas pertenencias de mi padre durante los 21 días que estuvo hospitalizado, hasta su muerte. Así finalizaba, así acababa lo que se inició como un posible resfriado de mi padre, con los dos solos, en el aparcamiento exterior del Hospital de La Línea, a las 5 y media de la madrugada, introduciendo la pesada bolsa blanca en el maletero del coche y, por desgracia, sin poder acercarnos, tocarnos ni abrazarnos.

Esta es la realidad del COVID, la que algunos, unos pocos, se empeñan en negar, la que otros, a pesar de conocer de su existencia, intentan minimizar situando a la salud y a las vidas humanas en un estadio inferior al de la economía, o la que genera enfrentamientos y discusiones barriobajeras por un simple puñado de votos, o la que saca a relucir la mejor de las condiciones del ser humano, pero, también y lamentablemente, el lado más oscuro, nefasto y repugnante de éste, ejemplificado en los que, con una total y absoluta falta de escrúpulos, de moral, de ética y de humanidad, corren, como auténticos cobardes, a vacunarse los primeros, saltando por encima de todo el que haga falta, o en aquellos que se dedican a mercadear y a sacar el mayor beneficio y rédito económico posible a costa de los enfermos y de las muertes, tantas y tantas muertes, originadas por el virus.

Mientras toda esa realidad sucede, día tras día sigue aumentando el número de fallecidos y de infectados por COVID. Pero, al mismo tiempo, queremos mantener la esperanza de que toda esta pesadilla finalice de una vez y el deseo de que, el contar públicamente historias como la nuestra y como la de, por desgracia, muchas otras familias, sirva o ayude en algo. Ello conlleva que todos en esta sociedad, ciudadanos de a pie, gobiernos, parlamentos, jueces y tribunales, administraciones, políticos, instituciones, medios de comunicación, empresarios, profesionales, trabajadores, todos, estemos a la altura de las circunstancias, pero igual, por nuestra parte, estamos ya pidiendo demasiado, a pesar de que estemos ante una de las peores pandemias sufridas a lo largo de la Historia y de que lo único que esté en juego es, simplemente, ni más ni menos, que la supervivencia de la humanidad.   

PD.: Mi padre, nuestro padre, era, es Salvador García Carrillo, un hombre que, simplemente, intentó llevar su vida de la mejor manera que sabía y podía.
Descanse en paz.

La Línea de la Concepción, 13 de febrero de 2021

Abel García Sánchez
Share on facebook
Facebook
Share on google
Google+
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *