Bares, qué lugares

Cuando el rebrote del COVID-19 hace temer por un repunte del coronavirus y de algunas de las restricciones que ya hemos vivido, quizás nos sacie la sed de la memoria un paseo por los antiguos bares de Algeciras, de la mano del comunicador Jesús Melgar, cuyo acto de nombramiento oficial como hijo adoptivo de la ciudad tuvo que ser suspendido por el confinamiento


Hace años, los bares eran los ejes alrededor de los cuales giraba la vida social especial. Hace años que ésa imagen ya no se ve pero se tomaba ese axioma como absoluto, hasta salir haciendo eses por las calles, de vuelta a casa.

En Algeciras, los bares, las tabernas, abundaban sobremanera, como comprobaremos a continuación. Y en la mayoría de ellos la contabilidad de lo consumido se anotaban en sus mostradores de madera: las cuentas eran apuntadas con tizas mojadas que los camareros llevaban sobre su oreja,
Abundaba el serrín en el suelo y en sus paredes se leían carteles con dos mandamientos: ”Se prohíbe el cante y escupir en el suelo”.

El nomenclátor barístico era riquísimo: podemos comenzar mencionando por ejemplo El Sevillano, el Royalty o el bar Kito con su pan frito para acompañar las mejores frituras de pescado o el Bar Tánger del callejón del Ritz y su maravillosa ensaladilla con mayonesa.

Destacaba en la calle Convento La Bahía, cuyo mostrador estaba dividido con un separador de madera segregando el bar propiamente dicho (donde abundaban las limetas, botellas de medio litro con tapón de corcho y caña para beber a tragos sosteniéndola a pulso) con el despacho para la calle.
Otros, ofrecían un escaparate irrepetible de la ciudad, como el Europa en la escalinata, regentado por Paco Cepero antes de su emigración a Australia, posiblemente la mejor atalaya de nuestra bahía antes de la destrucción de La Escalinata.

Inolvidable para los asiduos de la playa urbana de Los Ladrillos, el chiringuito de Hita, situado a la espalda del muro del Estadio El Mirador, (sí, donde hoy está El Corte Inglés) con caracoles y pimientos fritos antológicos, que alternaban con los filetes empanados que llevaban cocinados en fiambreras desde casa las madres de los bañistas.

En la memoria degustativa de toda una generación de Especiales habita la ensaladilla rusa del Bar Eusebio y su secreto: el condimento del aceite de las latas de conserva.

Otro recuerdo indeleble: las copas de helado metálicas con cucharillas planas servidas en las mesas de calle Ancha. Y tomen nota: el bar de Merchán en la esquina de la calle San Antonio con Sevilla, el café Pizarro (o Piñero) y sus buñuelos de feria enlazados con juncos auténticos, las Peñas de Mondeño y Miguelin en la calle ancha, los callos y caracoles del Dioni en la calle Sevilla, frente al patio Amarillo y la Panadería La Estrella, las tapas de atún con pimiento morrón de casa Calderón (llamados capotes, con perdón por la rima) y el manjar de los erizos en su puerta con vino blanco y pan de masa dura. La Venta de Los Pastores, asilo de los noctámbulos, las madrugadas del bar España. El Bar Moya, el Centenario, La Ballena y El Marisquero en la Avenida de la Renfe, Agustín Bálsamo. La Cafetería Conde Frente al Estadio El Mirador. La Cafetería Manila, también en sus aledaños. La Vinícola en el Secano, lugar de cita de los cazadores más madrugadores. La bodeguita de Palomino y Vergara de la calle Moret, donde vendían las medias limetas y donde se podían tapear huevos duros y chorizos al infierno. El Bar Central, al final de la calle convento, junto a los cuarteles. El Bar Castro en la calle General Sanjurjo, hoy Blas Infante, con sus paredes rebosantes de históricas fotografías de Algeciras y sus estantes en museo del vino. El Tropezón de La Piñera, El bar Manolo a la salida del Teatro Florida. La Cazuela, regentada por el vasco más andaluz que conocí, el inolvidable Bandrés, El bar Coruña, junto al Ayuntamiento. El bar Los Pulpos en la calle Segismundo Moret, debajo de las oficinas de Dragados y Construcciones. La Tasca de La Viña. Casa Sánchez, el Bar Rosaleda, el Puerta del Sol, junto a Droguería Trelles. La Bodega Chon`s de la calle Eladio Infante, El Bar Cachafeiro arriba en el Secano. El Bar la Sirena de Getares con el siempre sonriente Antonio que decoró su chiringuito con restos de naufragios. El Chiste, pequeño, arriba de Casa Montes. El Bar Ruiz, El Miramar, el Delicias, el Aperitivir y La Langosta Dorada en la Acera de la Marina. Bar La Cigüeña en Plaza Alta. Los Rosales, La Taurina, cerca de la Capillita de Europa, El Café Bohórquez, con sus mesas de mármol donde apuntar a lápiz las partidas de dominó y tomar los churros de Paco del mercado de abastos por la mañana.

Si queremos comprender la intensidad de la frase de Alfonso Guerra al inicio de la era socialista (“vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió”) basta con tirar de memoria y recordar cómo eran los bares de nuestra ciudad. Cierto que entonces no tenían la competencia de las franquicias de los 100 Montaditos ni los Starbooks, ni existía el wifi. Simplemente, hablábamos entre nosotros mismos sin necesidad de wasap.

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Una respuesta

  1. Bares los de antes
    ¡qué maravilla!
    Lástima que ahora,
    con tanta mascarilla
    y mucha seguridad
    les han dado la puntilla.
    Por mucho que limpien
    y les den una aguadilla,
    aquellos bares de siempre
    se van por la alcantarilla.

    El virus se nos ha llevado hasta la nostalgia. Enhorabuena por el trabajo.

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