Arqueología, cuando el pasado apenas tiene futuro

La historiadora Malgara García Díaz reflexiona en este artículo sobre las posibilidades de preservar el pasado arqueológico de manera sostenible con la realidad urbanística actual

La arqueología es una actividad que genera fascinación, pero también rechazo, dependiendo de la posición desde la que se sitúa cada quien.

El estudio de nuestro pasado a partir de los artefactos y los restos físicos que éste nos ha dejado constituye una disciplina científica compleja que, con la ayuda de otras ciencias auxiliares y complementarias, es capaz de reproducir los acontecimientos que han tenido lugar en el sitio determinado, el devenir que ha sufrido el objeto o edificio en concreto, las técnicas y los materiales que se han usado para su fabricación o construcción, la imbricación con el proceso histórico en el que se encuadra, la cronología o la aproximación a ella, la utilidad que se le daba en el momento en que estuvo en uso, las actividades que se han llevado a cabo, las personas o grupos sociales a las que remite, las similitudes y paralelismos que tiene con otros equivalentes, … y así una gran diversidad de datos y procesos hasta completar, de forma lo más precisa y lo más amplia posible, el retazo de historia que cada fragmento de patrimonio  encierra.

Por otro lado, el contacto con todas esas informaciones no está exento de emociones, ya que la pátina con la que el tiempo ha ido cubriendo las piezas, los muros y los restos, la energía depositada y la carga vital que los creó aún laten en sus superficies y todavía conmueve a los descendientes de sus primitivos propietarios o usuarios. Y es que nosotros, aunque no lo queramos, somos depositarios de una herencia que se ha ido formando a base de las innovaciones que el tiempo y las personas han ido depositando para conformar la sociedad, es decir, estableciendo todo aquello que constituye la evolución: la incansable y constante mezcla producida entre cambios y pervivencias, entre lo ancestral y lo novedoso, entre lo aceptado y lo aventurado. Todo aquello que continúa pero modificado, con la tecnología, con los cambios ideológicos, con las dinámicas sociales, con las corrientes artísticas, con las necesidades del grupo, con la disponibilidad de recursos, etc.

Pues todas estas maravillas están en constante peligro, ya que, aunque muchas personas reconocen su interés por ellas, también son muchas otras las que las desprecian como inútiles y, especialmente, como trabas al progreso y el desarrollo. La conservación de los restos arqueológicos es de una fragilidad extrema, ya que no permite su cría en cautividad, como se ha hecho, por ejemplo con los linces; ni su reimplantación, como hacemos con los pinsapos o los helechos. No se pueden recomponer en los laboratorios ni manipularlas como si fuesen semillas o embriones. De ahí que se suela decir que la excavación arqueológica es un libro que sólo puede leerse una vez, ya que, una vez levantados los estratos con sus artefactos y sus estructuras, no se puede volver a reinterpretar, de ahí el rigor y la meticulosidad de las metodologías que se emplean. Pues imaginen cuando es una máquina excavadora la que mete su pala y destroza el yacimiento, mezcla los materiales, hace agujeros, destroza muros y arquitecturas, rompe piezas,..

La legislación actual deja en manos de las empresas promotoras de cualquier proyecto urbanístico la protección de lo que su subsuelo guarde. Están obligadas a adoptar las medidas de estudio, documentación, conservación, etc. Es cierto que la administración, que es la que tiene las competencias en la materia, supervisa, asesora y autoriza, pero ya conocemos la lentitud de la maquinaria oficial y las prisas porque allí no haya nada. En unos minutos, una máquina excavadora puede acabar con varios milenios de historia. En mi opinión, entregar la responsabilidad a un privado que tiene intereses muy concretos en contra de los bienes que puedan aparecer, es una dejación por parte de los poderes públicos y esa ley debería ser modificada.

Por lo general, nuestros pueblos y ciudades no han surgido de la nada, debajo de ellos están los restos de las poblaciones que nos precedieron y realizar cualquier construcción o reforma pone de manifiesto su existencia. Cádiz, la trimilenaria, por ejemplo, presume de ser la más antigua de Occidente, pero luego molestan los restos medievales, romanos o fenicios que son los que le han dado ese honor. Y lo mismo ocurre en una inmensa mayoría de lugares en nuestro país en los que debería existir, de forma obligatoria, un departamento de arqueología, de carácter municipal, que estuviera alerta de toda remoción de tierras y de toda intervención en el subsuelo  y el patrimonio emergente. En las ciudades en las que sí tiene presencia este departamento, cada obra lleva ya unas recomendaciones acordes con los planos de las sucesivas ciudades que se amontonan debajo de la superficie y antes de que la intervención se produzca, ya se presupone encontrar un trozo de muralla, que aparezca una zona de necrópolis, que continúe el barrio residencial que afloró en otros solares de las inmediaciones, que, dada la ubicación, emerja una zona industrial, etc., o algo completamente nuevo y sorprendente.

La conjunción de la historia con la paleotopografía, las fuentes históricas, literarias, artísticas y orales, los topónimos antiguos y los restos ya localizados con anterioridad, van trazando calles, definiendo espacios y reproduciendo capítulos de los acontecimientos que allí ocurrieron. A un mismo tiempo, las estructuras que queden en pie y las piezas que las excavaciones vayan ofreciendo, deben ser enseñadas y explicadas in situ, siempre que así se aconseje,  y expuestas y disfrutadas por la ciudadanía, verdadera dueña de todos los valores que encierran. Este es el trabajo de los arqueólogos y arqueólogas municipales, una profesión casi inexistente en nuestro país.

El Museo Picasso de Málaga ha conservado todos los restos arqueológicos que precedieron a la construcción del palacio de los condes de Buenavista en el s. XVI

Junto a ello, la presencia de una carta arqueológica se configura como uno de los documentos esenciales e imprescindibles de cada municipio. No debe haber Plan de Ordenación Urbana sin una exploración superficial, sin una prospección del territorio que avise de las huellas que son visibles y que apuntan a la existencia de evidencias arqueológicas que deben ser revisadas, estudiadas y protegidas antes de actuar sobre ellas.

Sin embargo, todo esto está lejos de la realidad que incluso, en numerosas ocasiones desconocemos, puesto que el silencio cómplice o el desinterés de muchos medios hace que ni siquiera seamos conscientes de los atropellos que diariamente está sufriendo nuestro patrimonio. La lista de yacimientos que desaparecen o tienen los días contados aumenta de forma peligrosa. Urbanizaciones, complejos hoteleros, infraestructuras de todo tipo, cualquier cosa es más importante que la historia. La oferta de unos cuantos puestos de trabajo circunstanciales, pesa más que la conservación de nuestro legado. Las perspectivas de negocio y dinero suponen una promesa mucho más deseable que reconstruir y conocer el pasado.

Restos romanos en la Plaza de la Font en Tarragona. Ese espacio, el antiguo circo, está repleto de muros y estructuras que permanecen en las casas, bares y tiendas, visibles bajo suelos de metacrilato, en sótanos y en la calle

Y no quisiera pasar de largo sobre otro fenómeno lesivo, ya que tampoco estamos exentos del comportamiento de quienes deciden hacer acopio y colecciones, algo también perseguido por la ley. Y es que cualquier pieza descontextualizada, fuera del estrato en el que estaba inserta y, por tanto, no relacionada con todo lo demás, pierde el valor explicativo e histórico. Las colecciones quedaron ya en el pasado decimonónico de lo bello y lo curioso, conceptos superados a día de hoy, aunque nos sigan provocando sensaciones porque un resto arqueológico tiene dos grandes valores, el propio e intrínseco -la belleza de un objeto, la firmeza de una construcción, la técnica empleada- y el que ayuda a recomponer una página de la historia. Extraer una moneda con un detector de metales, por ejemplo, puede dejar sin poder datar de forma exacta un estrato o incluso el conjunto al completo. Así que los yacimientos deben ser respetados en su integridad, no estamos hablando de una de aquellas antiguas misiones rescate en las que el mayor interés era la pieza en sí, una idea absurda que han difundido algunas exitosas películas que jamás pueden considerarse el modelo científico que hay que defender.

A veces son las propias entidades públicas las que promueven proyectos a sabiendas que van a significar la eliminación de unos datos, de unos contenidos valiosos y,  muchas veces únicos. Y, lógicamente, no trato de detener el tiempo, ni de negar el presente para preservar el pasado, lo que defiendo es la necesidad de que ese pasado pueda ser estudiado, analizado, documentado y que, después, se busquen soluciones que puedan integrar a ambos: pasado y presente. En ocasiones, una vez documentado el bien, si no es especialmente vistoso o de interés museístico, éste puede quedar nuevamente enterrado convenientemente señalizado y preservado y la superficie puede seguir con su ritmo de novedades y crecimiento urbanístico, pero ya se habrá obtenido la información que guardaba y se habrá podido incluir en los planos de las épocas afectadas si está en suelo urbano; habrá registros que comparar y datos que confrontar.

Si el nuevo proyecto urbanístico presenta dificultades serias para modificar su diseño, también es posible, una vez estudiados y si éstos lo permiten, trasladar los restos arqueológicos y depositarlos en otro lugar próximo y seguro, como se ha hecho algunas veces, permitiendo la convivencia y hasta la explicación, así como el disfrute de los mismos por parte de la ciudadanía.

Muros de la Málaga antigua y medieval en la librería Proteo

En otras ocasiones, la conservación y exposición de los restos del yacimiento pueden quedar embutidos en las nuevas estructuras, apoyándose y respetándose mutuamente, conviviendo en armonía arquitectónica. Por ejemplo, hay tiendas y establecimientos que lucen con orgullo los restos de un muro, las cimentaciones de un edificio, las paredes de una antigua casa,… Para muchas personas esto, lejos de ser un  estorbo, es un plus que le añade valor al bien.

Conservar restos en los sótanos y ampliar los edificios en una planta en altura para compensar puede ser otra buena solución para que la nueva construcción no pierda espacio habitable. Además, hacer esos lugares visitables y añadirles un pequeño panel informativo puede conseguir que el espacio prácticamente se interprete por sí mismo. Mantener estructuras en nuestras calles y nuestras plazas, acondicionando y haciendo labor didáctica de lo que allí se encuentra es una fórmula que añade interés y aporta atractivo a nuestras urbes. Dinamizar todos estos espacios, creando rutas, instaurando jornadas, organizando exposiciones, impartiendo conferencias, levantando los edificios originales mediante las nuevas tecnologías, usándolos para celebrar conciertos, para representar recreaciones históricas, conmemorando fechas y hechos y un largo etcétera de actividades, pueden constituir un auténtico éxito en la agenda cultural de cualquier población.

Durante la construcción de la autovía A7 se localizó un conjunto de dólmenes del Calcolítico y el Bronce que fueron trasladados a un entorno próximo en el que se edificó un gran edifico abovedado en el que también se exponen, en un pequeño museo, las principales piezas encontradas en la excavación de las tumbas. Son los dólmenes de Corominas, en Estepona.

Para un país que vive fundamentalmente del turismo, desaprovechar este tesoro que es nuestro patrimonio arqueológico es, sencillamente de idiotas. Al igual que también lo es no ser capaces de buscar el rendimiento histórico, cultural, artístico y, desde luego, el económico que su puesta en valor puede significar.

De todos modos, quizá todo sea más sencillo y simplemente se trate de cumplir las leyes que nos obligan a no recoger ningún objeto del suelo, sino, por el contrario notificar a la mayor brevedad posible su aparición a las autoridades culturales o al SEPRONA. Y, en paralelo, intentar superar esta larguísima adolescencia que, como sociedad vivimos, abandonando la infantil idea de que el pasado no importa y que nosotros tenemos que reafirmarnos matando a nuestros padres. Ese es el motivo también de ilustrar este artículo con imágenes todas en positivo, en las que vemos ejemplos de patrimonio recuperado, para demostrar que desarrollo y conservación no son dos términos antagónicos, sino que se complementan y se enriquecen.

Fotografía principal: Yacimiento fenicio en los sótanos de la Casa de Obispo en Cádiz

Fotos: Malgara García Díaz

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