Agua de fuego

Los cambios en el callejero y en la toponimia llevan a Paloma Fernández Gomá a reflexionar sobre el revisionismo histórico y la manipulación, también histórica

Hace unos días fue 25 de julio, Santiago Apóstol, Patrón de España, creo, si mi memoria no me falla; y no es que yo esté falta de esta cualidad que nos concita al recuerdo, lo digo por los muchos cambios que hemos vivido de unos años atrás. Por ejemplo y sin ir más lejos, el cambio de nombre en las calles, que se han vuelto de quita y pon. Como si la historia fuera cuestión de pegatinas.

Pero la cosa no para, aquí. Ha llegado a mis oídos un proyecto innovador de nuevo cuño y super interesante, sobre la Vía de la Plata, con unos cambios sustanciales que eliminan connotaciones referenciales a ciertos nombres masculinos belicosos. Pero sigamos en la autovía actual y dejemos los obeliscos, que tuvieron nombre de varón y conmemoraron gestas militares; quizá debamos de hacer un referéndum para saber hasta qué punto tienen apoyo popular estos monumentos que datan del imperio romano.

Todo es cuestión de opiniones, pero cambiar la historia es cuestión de insensatez o de manipulación, y como  no creo en la falta de sensatez en quienes pueden tomar ciertas decisiones, me inclino hacia la manipulación. La manipulación del lenguaje y de los sentimientos es una lacra social que se basa en planteamientos sobre objetivos, que se  sabe de antemano que son inalcanzables. Es como el «agua loca» o el «agua de fuego» que los señores de Norte América daban a los indios: apaches, sioux, cheyennes y demás tribus, para manejarlos, y más tarde les llevaban a las reservas o simplemente les manipulaban.

Luego esto de la manipulación viene de antiguo. Los expertos en marketing lo saben muy bien, así como los publicistas. Los anuncios abren muchas veces expectativas fallidas y rebuscan entre lo que tiene más tirón social, presentando una realidad algo ficticia. Así en un giro manipulativo de imagen, tratan de obtener pingües beneficios, sin más. Al igual que pasa con algunos programas televisivos. Vivimos en una sociedad algo adormecida y cómoda que no quiere ver mucho más allá de sus narices. Pensar es incómodo porque supone dejar atrás placeres acomodaticios, que menguan bienestar. Sin darse cuenta que se trata de un bienestar inmediato sin perspectivas de futuro.

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