A la Feria, a la Feria

Frente a la alegría y el postureo de quienes participamos en las fiestas, Emilio Castro centra también su mirada en quienes las trabajan

En los próximos días de mayo, comienza la Feria de Abril. La sevillana es la primera feria grande que se celebra en Andalucía. Después vendrá la de Jerez, la de Córdoba, la de Granada, la de Algeciras, y más tarde, ya en verano, el resto de ciudades y pueblos tendrán su país de “Nunca Jamás”. Cada año se monta el decorado y comienza la representación. Los actores, que seremos nosotros, nos preparamos para mirar y ser vistos. Comienza la función del escaparate, del pavoneo al estilo andaluz. El casticismo inundará de lunares nuestro espíritu y hasta el más malafollá, se convertirá en alguien salaísimo. Las mujeres, mucho más atrevidas que los hombres, se vestirán con el traje que lucían las gitanas en el siglo XIX, al que se le llama traje de flamenca. El racismo ha hecho que esta aportación cultural de las gitanas andaluzas, haya perdido su nombre original ¿Cómo se va a vestir de gitana la burguesía?

 Todo el mundo mirará a todo el mundo, algunos de reojo, otros de frente. Ya no se vende ganado como antaño, pero todos venden algo, por eso se le sigue llamando feria. Como en Carnaval, están permitidas cosas prohibidas normalmente. Se puede perder la compostura, sin correr mucho riesgo, al fin y al cabo, lo que pasa en la Feria se queda en la Feria. Es lícito salir muy “perjudicao” y no recordar nada al día siguiente. En pocas horas se pasa del vino manzanilla para quitar penas, a la infusión de manzanilla, para quitar ardores. Ricos, pobres y mediopensionistas, representantes de la clase baja media alta, de la clase media baja y de la clase alta, alta, se juntan en villajuerga; hoguera de vanidades para unos y fogata de frustraciones para otros, punto de encuentro para todos. Pasarela de modelitos y modelotes, de horteras de bolera y de elegantes de barrio. Ya sea en un lujoso coche tirado por caballos blancos, o como borrico a lomos de una yegua torda, la regla es hacer una buena estampa. Es todo un alarde de energía, color, chulería, brillibrilli y exageración del buen rollo, como si volviese la navidad y su espíritu bondadoso. En la seguridad de la caseta baila hasta el más torpe. Hasta yo bailé una vez, todavía no sé cómo lo logré.

Mientras todo esto ocurre, en la feria que no vemos, la intendencia entre bastidores sigue siendo cutre. Las y los camareros, trabajan de Luna a Luna como acémilas, para cobrar unos dineros que necesitan para respirar. Eso sí, con contratos redactados por Groucho Marx, descansando durante un par de horas entre la máquina que enfría la cerveza y la freidora. Los caseteros, siguiendo la tradición empresarial de llorar, llorar y llorar, dicen que el negocio es insostenible, que no le salen las cuentas. La reforma laboral tiene la culpa insisten, sin recordar, quizá porque nunca la han cumplido, que lo que les obliga, es el estatuto de los trabajadores que lleva muchos años en vigor, y no la ley de la ministra comunista y su gobierno “socialcomunistafiloetarrabolibarianofeminazilgtbiero”. Esa es la feria de la gente que no se divierte, que suda cada canasta de pescaito frito. La que va tirando a salto de mata, la que no se plantea si este año llevará vestido verde con lunares blancos, o blanco con lunares verdes, la que se busca la vida y a veces no la encuentra. No deberíamos de hablar de esto a estas alturas.

El dilema pues, está servido, no sé si vencer la tentación de ir a la Feria o sucumbir a ella. Soy débil ante una gran fiesta, un gran encuentro, un espejo que distorsiona la realidad, volviéndola más agradable.

¡Pues claro que sí!

 Cruzaré la  luminosa puerta del cielo, me emborrizaré de albero y me perfumaré con vino de Sanlúcar. El néctar de uva desplegará sus efectos malignos sobre mí y veré solo el lado bueno de la gente. Reencontraré a amigos a los que hace tanto que no veo, que ya no recuerdo su segundo apellido, en algunos casos ni el primero, a ciertas horas no tendré claro el nombre de pila de más de uno o una. Este año me volveré a vestir de bonito para que me digan que me conservo bien, yo responderé” tú sí que estás guapa”.

¡A vivir que son dos días!

 Amigos mortales, riamos, bebamos, bailemos, comamos, pensemos que “tormundo es güeno”. Mañana la realidad nos pondrá a todos en nuestro sitio.

¡Me rindo ante la Feria de Sevilla!

Sucumbiría a todas las demás también, pero se me van a romper los tirantes.

Emilio Castro, fotoperiodista, escritor e ilustrador
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on pinterest
Pinterest

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

8 − 5 =