4 de diciembre de 1977: otra Andalucía fue posible

A mediodía del 4 de diciembre de 1977, una impresionante manifestación campogibraltareña recorría las calles de Algeciras en demanda de autonomía plena para nuestra comunidad, pero no muy lejos, en Málaga, dicha reivindicación le costó la vida a un joven de 17 años tiroteado presumiblemente por un policía que nunca fue identificado

Manuel José García Caparrós tenía 17 años, un empleo en Cervezas Victoria y un carnet de CCOO cuando una bala de 9 milímetros acabó con su vida en Málaga, durante la manifestación gigantesca que Andalucía vivió el 4 de diciembre de 1977. Otro joven, Juan Manuel Trinidad Berlanga, trepó con una bandera blanquiverde a la Diputación, en donde esa bandera ondearía oficialmente pocos años después. La respuesta fue el despliegue de un sinfín de policías pegando tiros: 23 contó el juez, pero hubo muchos más. El nombre del joven muerto adquirió pronto las dimensiones del mártir, al que el carnaval de Cádiz evocó pronto en un pasodoble de “Raza Mora” que medio mundo recuerda –“Un 4 de diciembre muere un malagueño”—o poemas como el que firmó José Ramón Ripoll. Alguna exposición, documentales, libros y reportajes, ese es su rastro.

Su fama ha conocido periodos de vindicación pública y otros de absoluto silencio. En 2013, Andalucía le nombró hijo predilecto y se ha declarado lugar de la memoria democrática un rincón en donde se supone que encontró la muerte, aunque quizá fuera otro: a la altura del número 5 de la Alameda de Colón. A su lado, estaba Alfredo Inocencia, que lanzaba piedras contra la policía del fuego real: “Me han disparado”, dijo, tal y como recoge Rosa Burgos en un libro que explora el sumario del caso.

En Málaga, el 4 de diciembre no terminó hasta el 6. Días de represión y de guerrilla urbana. Al poeta Laurentino Heras, que entonces era cura, le zurraron por llevar un crespón negro en su memoria. En el cuartel, la policía le arrancó la barba a piel viva. También Rosa Burgos lo contó no hace mucho, mientras la luz de aquel crimen de Estado va llegando cuarenta años más tarde. 

Aquel día, que hoy vuelve a conmemorarse sin demasiado gentío por parte de un nuevo andalucismo, supuso una movilización de considerables proporciones que, en el Campo de Gibraltar, se concentró en una manifestación multitudinaria celebrada en Algeciras, con la bandera blanquiverde ondeando desde el campanario de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Palma.

Antes de que los andaluces conocieran el Himno de Andalucía, cuando enarbolaban su bandera cantaban una copla de Carlos Cano, titulada con sus colores, Verde, blanca y verde: “Ay, qué bonita, verla en el aire, quitando penas, quitando hambre”. Siempre hubo –y aún hoy existen–, dos actitudes respecto a Andalucía, la de Francisco Ayala quien sin renunciar a lo andaluz abjuraba del profesionalismo de dicha identidad, o la de Fernando Quiñones, quien creía que el buen andaluz era andaluz de todas partes. Sin embargo, en gran medida, la cultura andaluza se hizo blanquiverde mucho antes del 4 de diciembre de 1977.

Manuel José García Caparrós sigue sin ser víctima del terrorismo

Aquel estallido andalucista se había venido fraguando en la cultura popular andaluza desde mucho antes, quizá desde que Rafael de León –desde su landó de marqués que glosara Antonio Burgos– descodificara a Federico García Lorca bajo las brumas del franquismo y nos aliviara el luto de los paredones con ojos verdes y tatuajes heterodoxos. La Andalucía que no pudo ser, la del frustrado estatuto que iba a pasar a debatirse en septiembre de 1936, encontró refugio en la guarida estereotipada pero luminosa de la tonadilla y en la reivindicación jonda del mairenismo de los años 50, una celula izquierdista que no sólo combatía en silencio la excesiva comercialización del cante sino su genuflexión ante la dictadura: “Ese Juan Peña debe tener muy mala salud, porque cada vez que tiene que venir a cantar a El Pardo, dice que está con gripe”, le reprochó en una ocasión Francisco Franco a Juanito Valderrama, aquel antiguo miliciano anarquista del batallón Salvochea, que empleaba al Lebrijano en su compañía.

La Andalucía del 4-D se había fraguado en las letras de Francisco Moreno Galván cantadas por José Menese o por Diego Clavel, en el compromiso de Manuel Gerena al que el franquismo condenaba con frecuencia a cantar por carceleras, y sobre todo en el teatro cargado de identidad de Salvador Távora y La Cuadra que convirtieron su “Quejío” en toda una metáfora andaluza de la que emergieron fandangos como los de El Cabrero o canciones tan explícitas como “Andalucía la que divierte” . Sin embargo, más allá del folklore o de su renovación con grupos como Jarcha, el Manifiesto Canción del Sur ya se confesaba abiertamente andaluz y andalucista cuando agonizaban los 60, desde la misma ciudad donde Miguel Ríos había convertido en algo más que un himno nostálgico su “Vuelvo a Granada”. En las filas de aquella propuesta liderada por el poeta Juan de Loxa, militaron en distintas etapas creadores tan diversos como Carlos Cano, Antonio Mata, Miguel Angel González, Angel Luis Luque, Enrique Moratalla, Esteban Valdivieso, Aurora Moreno, o Raúl Alcover, entre muchos otros.

Había una rabia explícita a favor de una Andalucía distinta a la de las atracciones turísticas y que pregonaban ya cantautores como el malogrado José María Alonso, Juan Antonio Muriel, Benito Moreno, Serafín Martínez, Ana Forero, desconocidos los más y pregonados los menos. En cualquier caso, se trataba de romper con los estereotipos, presentando una Andalucía distinta, la que ya empezaba a dibujarse en el rock andaluz de Smash, que llegó a elaborar su propio “Manifiesto de lo borde” en 1968 y que luego daría lugar a Triana, Cai, Alameda, o Medina Azahara. Y, también, a un sinfín de formaciones que dibujarían el mapa sonoro de la autonomía posterior, un hervidero creativo del que emergerían creadores como Gualberto García, Julio Matito, Chano Domínguez y muchos otros, pero que caminó en paralelo a la evolución flamenca de Lole y Manuel o de Paco de Lucía y Camarón de la Isla que, poco después de aquel 4 de diciembre, le hizo caso a Ricardo Pachón y grabó “La leyenda del tiempo”, con la guitarra de Tomatito y la creatividad mestiza de los hermanos Amador o de Kiko Veneno, Jorge Pardo, Carles Benavent o Rubén Dantas.

De golpe y porrazo, hasta las sevillanas le reclamaban a Andalucía, como una gitana guapa, que se liberara de sus cadenas, mientras que El Turronero cantaba a la Andalucía rebelde y Maribel Quiñones “Martirio” empezaba el largo camino hacia la postmodernidad con peinetas de nuevo cuño, mucho antes de que Joaquín Sabina tomara los trenes que iban hacia el norte.

También hubo un cine del 4-D, tan heterodoxo como el que iba de los documentalistas Miguel Alcobendas –”Camelamos naquerar”, basada en la obra homónima de Pepe Heredia Maya–, Pilar Távora o Manuel Carlos Fernández, o en la ficción a menudo efectista del productor y posterior tahúr cuántico Gonzalo García Pelayo –”Manuela”, a partir de la novela de Manuel Halcón y con una de las mejores bandas sonoras de la historia–. También sumó esfuerzos a aquella oleada verdiblanca el teatro independiente, que con Esperpento, Teatro del Mediodía o Carrusel, había buceado en una estética internacionalista pero que empezó a asumir clarísimos postulados identitarios en aquellos tumultuosos días y años que llevaron hasta el referéndum autonómico del 28 de febrero de 1980.

Las universidades y especialmente alguno de sus mayores especialistas en humanidades desde José Luis Ortíz de Lanzagorta a Isidoro Moreno también remaron en esa misma dirección. Tal y como harían los escritores: Alfonso Grosso aseguraba que el grupo de los llamados narraluces que surgió en los años 60 fue postergado por Manuel Fraga Iribarne porque sus novelas o las de escritores como Manuel Ferrand, Luis Berenguer o Ramón Solís, entre muchos otros, reflejaban críticamente la realidad española sin recurrir al realismo mágico del boom iberoamericano. En aquel momento, Fernando Ortíz hablaba de la estirpe de Bécquer para definir una clara línea de la poesía andaluza, que imitaba la estética arabigo-andalusí o estallaba de nuevo en numerosos grupos contraculturales de los que, sin embargo, nunca fue  ajeno el andalucismo. “¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?”, preguntaba Aguaviva con versos de Rafael Alberti. Y muchos de ellos no sólo respondieron a esa pregunta sino a uno de los poemas de “El hilo rojo” de Gabriel Celaya, editado por aquel entonces y en los que se describía a los andaluces como “enanos asexuados que gorgotean y bailan”.

Uno de los hitos de esa nueva Andalucía que empezaba a vislumbrarse desde la cultura lo supuso en 1972 el homenaje a Federico García Lorca en la sede de la Unesco de París, en donde participaron, entre otros, el monumental Enrique Morente y un barbilampiño Carlos Cano. La reivindicación de la figura de Federico García Lorca también era por entonces una reivindicación de Andalucía, cuando Ian Gibson era su Blas Infante: “Presidente, presidente”, se desgañitaba Félix Grande en aplausos en Granada, ante la llegada de Rafael Escuredo, cuando en mayo del 80 aún no se sabía que iba a ocurrir con el futuro político del sur, pero se hermanaba orgullosamente al poeta de Fuentevaqueros con Pablo Neruda, en presencia de su viuda Matilde Urrutia o del grupo Quilapayún, exiliado todavía del siniestro Chile de Augusto Pinochet. Poetas como Rafael Alberti tampoco permanecieron ajenos a la reclamación de una autonomía plena para su tierra, una queja de siglos que aparecía reflejada en los grabados de Paco Cuadrado o en los dibujos y lienzos de Máximo y de Benito Moreno, pero que latía igualmente en las viñeas de Andrés Vázquez de Sola, de Paco Martín Morales y de muchos otros, o en las de Un equipo andaluz de tebeos, como un cierto reverso del libertario Anarcoma que había emigrado con Nazario a Barcelona.

En días como aquellos, tumultuosos, la libertad se conquistaba casa por casa. Y el carnaval gaditano, que quería escapar de la camisa de fuerza de las Fiestas Típicas, se mostraba solidario con quienes daban la vida por sus sueños. Así, uno de sus autores, Diego Caraballo, escribía un célebre pasodoble para Raza Mora, en 1978, dedicado a la memoria de Manuel García Caparrós, el malagueño tiroteado durante la gigantesca manifestación verdiblanca de 1977: “Un 4 de Diciembre muere un malagueño/una bala traidora le quitó la vía/tan solo porque estaba queriendo a su pueblo/y alzando la bandera de su Andalucía”.

Foto principal: Juan Miguel Baquero

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2 comentarios

  1. Magnifico artículo. Todo un estudio histórico, de historia global, en casi una columna. He podido transitar este espacio, en buen parte vivido, gracias a Juan José Téllez. Gracias desde el Campo de Gibraltar.

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