Sigue el camino de las bombillas

La autora del artículo intenta arrojar algo de luz entre tantas luminarias navideñas

A pesar de las indicaciones, los consejos y las prohibiciones que tratan de impedir que los contagios por el covid se extiendan, las fechas que llegan no parecen muy apropiadas para respetar los. De hecho, todos los pueblos y ciudades de la geografía española están ultimando sus iluminaciones navideñas, cuando no, han sido ya inauguradas en medio de una gran expectación y trascendencia mediática y, como es de suponer, la gente acude de forma masiva, provocando importantes aglomeraciones.

Estas y otras ornamentaciones – árboles, belenes, etc.- tienen como objetivo animar a la población, contribuyendo a crear una sensación de alegría y entusiasmo, haciendo que la gente quiera estar en las calles y, por tanto, promoviendo el consumo en tiendas y establecimientos de hostelería. Nuestros líderes así lo recomiendan, como hace el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, cuando exhorta a sus vecinos a salir a «tomar cañitas», porque en la pandemia, «es mucho mejor estar en la calle que en las casas».  

Lógicamente, este afán decorativo  no está exento de una cierta rivalidad entre las localidades para ver quién tiene más luces, quién expone las más originales o quién monta los shows más grandilocuentes. No obstante, no crean que esto es el viejo clásico tópico masculino de ver quién la tiene más grande, esto es el audaz liberalismo, el mercado libre y, sobre todo, el noble y ancestral negocio de ofrecer circo al pueblo. Ahí tienen los casos emblemáticos de Vigo o Málaga -de diferente color político, porque la festividad no entiende de ideologías- por hablar de dos puntos opuestos en el mapa, aunque toda España se enchufa y podríamos recorrerla en plena noche de punta a punta sin necesidad de linterna.

Y, al parecer, este gran despliegue se debe a la existencia de una especie de duende, lo que conocemos como el «espíritu de la Navidad» que lo impregna todo. A él se rinden instituciones y empresas y hasta los grandes líderes que lanzan sus proclamas para guiar a sus seguidores. Donald Trump, por ejemplo, sugiere que se hagan reuniones familiares y de amigos, que se visiten los templos y que se celebren actos porque son muestra de «fe y de patriotismo». Y esta última idea nos lleva de nuevo a Madrid, ya que el kilómetro de luces que se ha instalado con los colores de la bandera española nos recuerda que Patria y Navidad son las dos caras de una misma moneda. A ver si va a resultar que a alguien que no es mucho de las exaltaciones de estas fiestas, lo que le pasa es que es poco español.

A simple vista podría parecer que la ciudadanía, por tanto, está recibiendo mensajes contradictorios. Por un lado, hay que evitar los contactos y mantenerse aislados, preferiblemente en casa y, por otro, se ofertan una serie de estímulos que te hacen salir y llenar calles y plazas, porque es de buen ciudadano contribuir y sostener con tu presencia los eventos. Si es usted una de esas personas que dudan o se inquietan, hágaselo mirar, igual es que tiene bajos los niveles de ese famoso espíritu o quizá es que no se deja gobernar por los dirigentes y el precio puede ser alto: sentirse expulsado, marginado de tanta fantástica celebración. O, si es de aquellas otras preocupadas por el desplome de la economía, no permita que la palabra derroche le arruine el deleite del espectáculo.

Así que, en definitiva, déjense llevar, relájense y disfruten que ya hay otros que piensan por nosotros y sigan a la muchedumbre, por lo general, como obnubiladas polillas, boquiabiertos con los destellos de las luces y el esplendor de los bailes de colores al ritmo de melodías y villancicos y caminemos anestesiados por el camino de baldosas brillantes que, en esta ocasión, nos llevan a la ciudad Amarilla.

Malgara García Díaz, profesora y escritora
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