14 de abril, 90 años de la gran ocasión

La Segunda República Española fue una niña a la que no dejaron crecer, según María Zambrano. Malgara García Díaz le rinde homenaje, hoy, 14 de abril, cuando se cumplen noventa años de su proclamación

Sin afán de contradecir a nuestro genio de las letras, Miguel de Cervantes, en mi modesta opinión, aquel 7 de octubre de 1571, cuando la Santa Alianza vencía a la flota turca en la batalla de Lepanto, no fue «la más alta ocasión que vieron los siglos», aunque para él personalmente fuera un momento imborrable.

Porque si pensamos en fechas comunes, en momentos del conjunto de la comunidad de ciudadanos y ciudadanas que integramos lo que se conoce como España hay que pensar en la II República. Esa sí que fue la gran ocasión, la mayor oportunidad, la mejor coincidencia de elementos dispuestos para empujar al país hacia la modernidad y el progreso.

Si lo miramos desde un punto de vista político, los líderes que la dirigieron pertenecían a una clase de hombres -y ya también algunas mujeres- que arrancaron el motor de los cambios y que eran un grupo en el que abundaban algunas personas formidables en cuanto a su valía, su claridad de objetivos, la firmeza de sus ideales y, sobre todo una honestidad, que difícilmente se puede entender a día de hoy. Y, si lo hacemos desde el ámbito de la sociedad, tenemos que reconocer que una buena parte de ella se movilizó aupada por aquella élite de intelectuales, artistas y creadores, esa auténtica generación de oro que activó a la población hacia exigencias de derechos y libertades, no sólo los básicos, sino también progresistas y avanzados y lo que quizá fue más osado, también alentarlos a su disfrute. Porque, lo que no se puede negar, es que la II República fue un periodo de compartir intereses en animosa camaradería, un tiempo luminoso invadido por la ilusión, unos momentos plenos de esperanza y una etapa caracterizada por la alegría que la lucha por lo que es justo reporta.

En el poco tiempo que le dejaron acometió cuatro frentes prioritarios; a saber, el Ejército, que había disfrutado de un protagonismo excesivo con anterioridad y que era una fuerza desestabilizadora permanente, como así se había demostrado con la dictadura de Primo de Rivera; la Iglesia, que se había erigido en la directora de las almas y los cuerpos de la gente y que, desde sus alturas hablando en nombre de Dios, a los más necesitados sólo les ofrecía las ideas del pecado y la de la resignación; la Reforma Agraria, para entregar tierras y poner en explotación fincas en un modelo que superase al antiguo antagonismo terrateniente-campesino y que equiparase a los trabajadores del campo con el resto y; finalmente, la educación, arrancando de la ignorancia a millones de españolas y españoles a través de hacer obligatoria la enseñanza, extender los programas de alfabetización y un largo etcétera de medidas entre las que se puede destacar el extraordinario trabajo de las Misiones Pedagógicas: cuando no hay más causa que la cultura.

Aunque, como es lógico, la mayoría de las actuaciones se regularon mediante leyes y decretos, no podemos olvidarnos de la Constitución de 1931, la más moderna que hemos tenido y, aunque son muchos los logros que en ella quedaron recogidos, yo destacaría, en primer lugar, la supeditación de lo individual a lo colectivo, lo que nos da una idea de por dónde iban los valores que se estaban poniendo en juego; pero, especialmente, la equiparación entre hombres y mujeres desde un punto de vista legal, lo que significó un verdadero aluvión de obras, propuestas y actuaciones de todo tipo de las mujeres, en una auténtica explosión creadora, reivindicativa, inteligente y valiente sin precedentes.

Tuvo, no obstante, dos grandes enemigos, el conservadurismo de los privilegiados de siempre con el consiguiente miedo a perder sus ventajas y que no dudaron ni un segundo en poner todo de su parte para atacarla, aunque eso significara la eliminación física de un porcentaje abrumador de la población, algo que Paul Preston califica sin ambages como el holocausto español, y que acabaría con ella tras una terrible guerra y unos posteriores años de carencias, enfermedad y represión en los que la crueldad fue la tónica. Y, por otro lado, el hambre y el desamparo de buena parte de la población que vivían en una situación infrahumana y que vieron a la República como la coyuntura para intentar dar un giro de 180°. Algo que era ajeno al nuevo régimen, que pretendía realizar profundas reformas y significativos cambios, pero no abrazar causas revolucionarias.

A mí sólo me queda invitarles a acercarse a ella, a que no la olviden, animarles a que lean y profundicen en su conocimiento; porque, con sus luces y con sus sombras, con sus aciertos y sus fallos, jamás tuvo este pueblo semejante ocasión de avanzar hacia el futuro de forma libre, de prosperar en la igualdad y la justicia sociales y de gozar de un régimen en el que los valores y los derechos humanos -alejados de viejos salvadores por la espada o por la cruz- fuesen la guía de los pasos de un país en marcha.

Malgara García Díaz, profesora y escritora
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