110 años de José Luis Cano

El escritor algecireño, memoria cómplice de la generación del 27, nació un 28 de diciembre, día de los inocentes, en una casa de la calle Regino Martínez de Algeciras

Hoy, José Luis Cano habría cumplido 110 años. Gustaba decir que, como Pío Baroja, había nacido un día de los inocentes. En su caso, en 1911 y en una casa de la calle Regino Martínez que ahora alberga a un negocio de hostelería. Escritor y crítico español, se le considera uno de los mejores conocedores de la poesía de la generación del 27 y de la generación del 36, de la que se erigió en valedor durante la posguerra, a través de la colección “Adonais” y de la revista “Insula”.

Crecido en Málaga, mantuvo relaciones frecuentes con Algeciras, a través de poetas como Manuel Fernández Mota o de intelectuales de la talla de Alberto González Troyano, quien en 1987 participó en la reedición facsímil de sus “Sonetos de la Bahía”, publicados 40 años antes, un libro dedicado a la Bahía de Algeciras.

En su día, fue creada una fundación cultural a su nombre por parte del Ayuntamiento de Algeciras. Sin embargo, con posterioridad fue disuelta por parte del propio consistorio, que recondujo su memoria al darle su nombre al centro documental que alberga a la biblioteca y a la sala Manuel Fernández Mota. También una promoción inmobiliaria aneja perpetúa su santo y seña.

Premiado con la Cruz de San Jordi y con el premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas, falleció en Madrid a 15 de febrero de 1999. Poco antes de su centenario, publiqué el artículo que sigue en la revista “Cuadernos Hispanoamericanos”, cuya conclusión sigue estando vigente. Más que nunca: el escritor heterodoxo que siempre recordó a los escritores heterodoxos, sigue bajo la ortodoxia del olvido.

La fuerza del amor

Rescató la memoria del exilio, pero hoy nadie parece dispuesto a recobrar la suya.  ¿Qué fue de aquel poeta deudor del 27, del corresponsal español de Cernuda y Bergamín, del muchacho que urdía cadáveres exquisitos con Salvador Dalí y Gala en la Málaga republicana? Se llamó José Luis Cano y parece que ya no tiene quien le escriba. Fallecido en Madrid, en 1999, había nacido en Algeciras y en 1911, “el día de los inocentes, como Pío Baroja”, gustaba recordar.  Próximo a cumplirse su centenario, sólo el olvido apuesta a rendirle homenaje. De hecho, esa efeméride está pasando prácticamente desapercibida a escala estatal, a pesar de que su figura supuso un puente esencial entre la literatura del exilio exterior y la del exilio interior, durante la larga posguerra española.

Autor de una irregular pero notable obra poética, que comenzó a publicar con sus célebres “Sonetos de la Bahía”, de 1944, sobre los que planea la sombra tutelar de su inseparable Vicente Aleixandre, sus aproximaciones a creadores españoles del 98 y del 27, del modernismo o de la heterodoxia decimonónica, le valieron la sospecha permanente de los principales valedores intelectuales de la dictadura. Pero su papel empezó a ser puesto en solfa por las generaciones jóvenes: de manera injusta casi siempre, como cuando Jaime Gil de Biedma llegó a motejar a su revista “Insula”  como “Insulsa”.  Claro que otro de sus coetáneos, como fue Claudio Rodríguez, apreciaba en él “la fuerza del amor”, “la delicadeza ferviente que acompañaba a José Luis”.

De Algeciras a Málaga.-

En una larga entrevista que mantuve con Cano con ocasión de reeditar sus sonetos bahíanos en 1987, junto con un ensayo de Alberto González Troyano sobre su obra crítica, el primer director de “Adonais” recordaba sus años infantiles en un caserón de la calle Ancha de Algeciras, uno de los pocos que quedan en pie de aquella ciudad en donde se celebró la célebre conferencia internacional en donde las grandes potencias de la época procedieron a repartir el sabroso pastel del norte de Africa, poco antes de los levantamientos de Abd-el-Krim y Raisuni que conducirían a la célebre derrota de Annual.

No muy lejos de su casa natal, residía el violinista Regino Martínez, a quien elogiara el gran Sarasate. El padre de Cano era militar y aquel era uno de sus destinos, por lo que pronto sería trasladado a Mallorca y, luego, a Málaga, donde el escritor se formaría. Educado en el colegio algecireño donde impartía clases don Cayo Salvadores, un masón ejecutado por sus propios alumnos al poco del Golpe de Estado de 1936 y apenas tres meses antes de que Queipo de Llano enviase un telegrama desde Sevilla nombrando por decreto al difunto concejal de Educación.

El padre de Cano será trasladado a Valencia como coronel del Regimiento de Mallorca, aunque pronto volverá al sur, estableciéndose en Málaga como gobernador militar de dicha plaza, allá por 1924. Seguiría, con todo, manteniendo vínculos con su ciudad natal, donde estrenó su primer amor, “Yaya”, una novia a la que él evocaría en la playa de El Rinconcillo, en un hermoso texto en prosa. Futbolista en ciernes, la familia se estableció primero en un caserón de la Alameda de los Tristes, donde también vivió Picasso, trasladándose luego a la calle de José Gálvez a un inmueble en donde luego viviría José María Hinojosa y, finalmente, a un chalet en La Caleta, un lugar próximo a la playa y en cuyos jardines empezó a escribir sus primeros veros.

Málaga le abriría las puertas de la amistad con Darío Carmona, que llegó a ser secretario de Pablo Neruda, y con Tomás García, que fue diputado comunista. En Málaga, estudió el bachillerato y conoció pronto a Emilio Prados quien, según sus propias palabras, le trató “con una generosidad de espíritu que nunca pagaré bastante”. En el desaparecido café Inglés de la calle Larios o en las playas estivales de El Palo, Prados y Manuel Altolaguirre le reunieron con otros jóvenes creadores malagueños como José María Hinojosa, José Antonio Muñoz Rojas o José María Souvirón.  También urdió allí sus primeros versos, «que rompí muy pronto porque eran muy parecidos a los de García Lorca».

Una de los últimos encuentros con José Luis Cano. Fotografía: José Luis Roca

El recuerdo de Federico.-

A Federico, se lo presentó Prados en el café de la Marina y él le recordará siempre “con su ancha risa morena en un rostro de pómulos acusados entre los que brillaban unos ojos oscuros”.

“¿Cómo dar, en efecto, una imagen siquiera aproximada de aquel ser extraordinario, tan rico de vida y juventud, de goce y alegría, que derramaba generosamente a manos llenas, tal un dios a quien sobran gloria y poder? Para quien tuvo el don de conocerle y de escucharle, difícilmente una semblanza escrita de Federico puede iluminar su recuerdo”, anota en su aproximación a García Lorca, que publica en 1962.

“Miro hacia atrás, y me veo, en 1930, estudiante en Málaga, acompañando a Federico –¿hay otro Federico en la poesía española?–, y a Emilio Prados para dar una vuelta por la plaza de la Merced, y contemplar, una vez más, el monumento a Torrijos y sus compañeros, fusilados en las playas de Málaga por su amor a la libertad. Y allí, en la bella plaza romántica, nos acompaña la sombra viva de Picasso: su vida y su arte unidos siempre a la libertad y a la poesía –¿hay una pintura más poética que la suya?—.Ya conocía a Emilio Prados. Mi amistad con Emilio –mi guía poético y mi guía espiritual—fue enorme. Me regaló la colección de la revista «Litoral» entera y los suplementos: los primeros libros de Aleixandre, Cernuda, de Lorca, de Altolaguirre y del mismo Prados. En 1929, conocí en Málaga a Vicente Aleixandre, presentado por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Al año siguiente, en 1930, a Federico García Lorca, presentado por Emilio. Ya he contado, otras veces, cómo acompañamos a Federico a la Plaza de la Merced, que en las épocas liberales se llamó Plaza de Riego, donde nació Pablo Picasso, y una cena a la que nos invitó Federico, en El Palo”.

Cano refiere aquella correría suya casi adolescente, ese día en que perdieron el autobús de vuelta y llegó tan tarde a casa que sus padres ya le estaban buscando por los alrededores. La influencia de Emilio Prados sería decisiva sobre la formación literaria y política de José Luis Cano, que se relaciona con el grupo de Litoral, pero cuyo primer artículo «Subrealismo o lucha de clases» aparece en las páginas de la revista Sur, de su paisano algecireño Adolfo Sánchez Vázquez. Cano se pronunciaba abiertamente por la lucha de clases, simpatizaba con el ideario marxista y militaba en la Federación Univesitaria Española (F.U.E.), de clara tendencia izquierdista. Sin embargo, su primer poema apareció en una revista catalana que dirigía en Barcelona Juan Ramón Masoliver. Se trataba, según recordaba Cano, de un número monográfico dedicado al surrealismo en el que también publicó un texto Ramón Gómez de la Serna.

También en Málaga, Cano conocerá a Dalí, cuando el pintor pasó su luna de miel con Gala en una casa alquilada al pie de la Costa del Sol: “Una tarde –primavera de 1930– quiso Prados llevarnos a sus poetillas –así nos llamaba a sus amigos jóvenes, entre ellos Darío Carmona y yo mismo– a que conociéramos a Dalí y a Gala en su casa marinera de Torremolinos. La mirada de Gala me impresionó. Sus pupilas fulguraban intensamente como si quisiesen quemar todo lo que miraban. Vestía Gala, por todo vestido, una ligera faldilla roja, y sus senos, muy morenos y puntiagudos, lucíalos al sol con una perfecta naturalidad. A su lado, Dalí, muy delgado y morenísimo por el sol malagueño, parecía un salvaje con su taparrabos de color chocolate. Alrededor de su cuello su famoso collar de grandes cuentas verdes, y se mostraba mucho más cordial con nosotros que Gala. La tarde era larga, y fue Emilio quien propuso que jugáramos a uno de los juegos surrealistas que estaba entonces de moda: ´le cadavre exquis´. Consistía en dibujar una figura humana representando a cada miembro de ella con objetos y símbolos. A cada jugador se le ocultaba la parte ya dibujada, y el resultado final era una especie de monstruo divertido. Como recuerdo de aquella tarde con Dalí y Gala en Torremolinos, conservo a través de tantos años, más de medio siglo, el original del ´cadavre exquis´ que ilustra estas líneas y que Dalí me regaló. El dibujo está fechado el 18 de mayo de 1930 y los participantes en el juego fueron Gala, que dibujó la cabeza; Dalí, el cuello; Darío Carmona, el pecho; yo, el vientre y el sexo; y Prados las piernas. Llegó la hora de marcharnos, y Dalí nos acompañó hasta la carretera, donde teníamos que tomar el autobús que nos llevaría a Málaga. Se mostraba cordial y muy sencillo, muy distinto del personaje un tanto circense en el que había de convertirse muchos años después”.

Un poeta en prisión.-

En Málaga comenzó Cano la carrera de Derecho, que proseguirá, a trancas y barrancas,  en Alicante, donde su padre fue trasladado al caer en 1930 la dictadura de Primo de Rivera. Al año siguiente, con el advenimiento de la Segunda República, el general Cano se acogió a la llamada Ley Azaña y pasó a la reserva, trasladándose la familia a Madrid. En la capital española, en 1934, el joven poeta que nunca llegó a verse como leguleyo concluyó sus estudios con desgana pero mantuvo viva su vocación literaria hasta el punto de que, en plena posguerra, logró obtener un segundo título universitario como licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Central.

Desde Madrid, Cano viajará hasta Algeciras durante las vacaciones estivales. En esas circunstancias, la guerra le sorprenderá en su ciudad natal, a donde acompaña a su madre para que viera a una hermana enferma que al poco murió, permaneciendo en la ciudad durante más tiempo del previsto para ordenar el papeleo de la herencia: «Fue un puro azar», refiere Cano, quien asegura que le imputaban sus vínculos extremistas y el supuesto de haber amenazado de muerte al jefe de la Falange local que, en realidad, era amigo suyo, como otros de los hijos de la burguesía algecireña a quienes conocía desde la infancia. Lo cierto es que de resultas de ello, con veinticuatro años de edad,  fue detenido, siendo conducido a la cárcel del callejón de Escopeteros, hoy ya desaparecida:»En la cárcel, no se dormía porque cada madrugada sacaban a varios para llevarles al paredón, a fusilarles».

“Mis recuerdos de la cárcel no son excesivamente dramáticos porque a mí me pareció tan absurdo que pudieran fusilarme que quizás mi subconsciencia decidió que aquello que me estaba pasando no era una realidad, sino una ficción o una aventura interesante, incluso heroica, que algún día podría inspirarme una novela. Y de hecho, meses después de ser liberado, escribí un drama llamado´Ulises´, sobre mis experiencias en la cárcel, con personajes reales”.

En prisión, relataba Cano, conoció a un joven socialista de Correos ejecutado reiteradamente por el fascismo: cuando fueron a llamarle la primera vez, se cortó las venas; cuando la segunda, se arrojó por la ventana del hospital donde había sido curado; y a la tercera, fue llevado al paredón en una silla porque se había roto las piernas con la caída. Cano jamás olvidaría a aquel espiritista analfabeto al que su hijo muerto dictaba largos romances desde la otra vida. O a un esperantista fusilado por enseñar aquel lenguaje universal o el “speaker” de la radio local, que se fingió falangista para escapar al bando republicano.

Durante ese periodo, hizo trabajos forzosos, abriendo trincheras y caminos, apenas consolado por la hilera de prostitutas que veían pasar a los forzados: «Cuando íbamos a hacer trincheras, teníamos muchos ratos libres. Contemplaba la bahía, que era para mí, como un mito. Era, entonces, de una gran belleza. No como hoy, que está contaminada. Me enamoré de la bahía y del peñón».

Fue liberado cuatro meses después, quizá al conocerse que su padre era un alto militar que había respaldado el alzamiento franquista. Se incorporó por su quinta al Ejército, en la zona sublevada, pero cumplió el servicio militar en Sanidad, bien fuera en la retaguardia o en el frente, «siempre en hospitales», aunque a veces tuviera que hacer de camillero: “Pero no pegué un tiro en toda la guerra”, escribe en 1960 para José Manuel Blecua y su Archivo de la Poesía Española en la Universidad de Barcelona  en donde refiere su empleo como cabo enfermero por los frentes de Sevilla, Extremadura y Córdoba. En esta última provincia, llegó a hacerse con la colección completa de la revista “Cruz y Raya”, cambiándoselos por cigarrillos a los falangistas y requetés encargados de quemas los libros y todo tipo de publicaciones sospechosas.

José Luis Cano, junto a Vicente Aleixandre

Entre Emilio Prados y Vicente Aleixandre.-

El escritor algecireño recuerda cuando, escondido en su casa tras haber sido liberado, logró escuchar una emisora republicana, donde oyó con alivio una voz amiga: «Escuché a Emilio Prados recitando romances de guerra. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Como Emilio vivía en Málaga, pensé que lo habían matado los franquistas».

Prados había sido su mentor y siguió siendo una presencia clara a lo largo de la vida de Cano, que  lo mismo recordaba como ardía su viejo caserón familiar de Málaga y él se limitaba a contemplar la belleza de las llamas. En diversas ocasiones, su discípulo evocaría como partió hacia el destierro con un ejemplar de la Biblia como único equipaje libresco o como se dedicó a la filantropía durante su exilio mexicano, recogiendo a niños de la calle en una suerte de orfanato:  “La última imagen que conservo suya es del verano de 1933. En un viaje marítimo que hice de Alicante a Algeciras, el barco se detuvo unas horas en Málaga, y Emilio fue al muelle a verme, y durante un rato paseamos y charlamos por el puerto (…) Luego, terminada ya la guerra y derrotada la República, vino el silencio y el exilio de Prados en Méjico. Y sólo a partir de 1945 empezaron a llegarme sus cartas, escritas siempre a mano, y sus libros, unas y otros traspasados de nostalgia de su tierra y de su mar malagueños”.

Ya antes del golpe de estado fascista, cuando Cano y su familia contrajo domicilio en la Villa y Corte, Emilio Prados le había puesto en relación directa con Vicente Aleixandre y frecuentaría, desde entonces, su domicilio en Madrid. Hasta allí, a su caserón de la calle Velintonia, volvería cada domingo, una vez finiquitada la contienda, para mantener tertulias en un tiempo de silencio.

“Desde el día siguiente a la terminación de la guerra civil española –escribe Cano–, fue Aleixandre, y sigue siendo para muchos de los jóvenes poetas que a él se acercan, un constante estímulo, y en no pocos casos una compañía alentadora y una amistad sin fallos. A medida que su obra poética crecía en hondura y belleza, engrosaba también la rumorosa y juvenil peregrinación a Velingtonia, 3, la casa del poeta en el Parque Metropolitano, fronteriza de la ciudad universitaria madrileña”.

Luis Antonio de Villena confirma plenamente tales apreciaciones: “Conocí a José Luis -y tuve muchos años muy buena relación con él- en 1973 y naturalmente gracias a Vicente Aleixandre. Se podría decir que Aleixandre, tanto en Cano como en Leopoldo de Luis, no sólo tuvo a dos cercanos amigos sino a dos adoradores. Todo lo que decía Vicente para ellos era casi un “ukase” imperial”, escribe en las páginas de “El Mundo”.

Poeta de dos bahías.-

Entre conversación y conversación con Aleixandre, Cano iría reuniendo sus Sonetos de la Bahía, que aparece en 1942 como una serie de estampas sobre el Peñón, las viejas contrabandistas, el amor juvenil por Mari Pepa Díez o las sombras de la muerte, en complicidad abierta con algunos amigos como Carlos Rodríguez Spiteri o Carmen Bravo Villasante. El siempre creyó que su querencia hacia el soneto, en aquella etapa, se encuentra relacionada con el auge de dicho metro, antes de iniciarse la contienda civil. Fue entonces cuando Miguel Hernández –otro de los amigos de Aleixandre– publicó El rayo que no cesa, cuando Luis Rosales imprime Abril y Germán Bleigberg, sus Sonetos amorosos, en la colección «Héroe», que dirigió aquel otro poeta malagueño llamado Manuel Altolaguirre.

“Casi todos los libros de esa colección eran de sonetos –rememoraba José Luis Cano–:  Rosa Chacel publica sonetos, Juan Panero, Luis Felipe Vivanco… Celaya contaba que Federico le dijo, una vez, en la Residencia de Estudiantes: ´Tienes que escribir sonetos, tienes que volver a la forma´. Y entonces, empecé a escribirlos. Realmente se me impusieron. La forma se me impuso y esos sonetos, todos, están inspirados en la bahía. Otro libro, después, que se llama ´Voz de la muerte´, recuerda, en cambio, aunque no hable para nada de ello, la etapa mía de la cárcel. Yo le enseñaba los sonetos a Vicente. Me decía: ´Este está bien, éste mal». Por fin, el libro salió en el año 42. La publicación me costó quinientas pesetas. El precio incluía quinientos ejemplares, papel e imprenta. Yo no era conocido y tuve que pagarme la edición. Casi todos los libros, los regalé. Vine a Algeciras, le dejé seis ejemplares al librero que había cerca de la Plaza Alta. Ya no sé si dicho establecimiento existe aún. Yal año siguiente, volví a ver qué había vendido y no había vendido ni uno. Es increíble como tratándose de un libro dedicado totalmente a la bahía, no hubo ningún algecireño curioso que quisiera verlo”.

Los Sonetos de la Bahía llevarán prólogo del propio Vicente Aleixandre, quien en sus primeros párrafos describe la realidad de dicho territorio: “José Luis Cano nació en Andalucía la Baja, en ese punto de la costa donde los dos mares sin tregua se embisten y funden. Su bahía en invierno es fosca, brumosa: las ráfagas del Atlántico pueden más y un cielo aborrascado, en muchas horas de los lentos meses, da, más que plata, ceniza a este borde de la inimaginable tierra andaluza. Pero en el verano, y aun desde el comienzo de la primavera, la bahía es dorada, encendida, bajo un cielo ascendido a su radiante inmovilidad. Ha podido más el Mediterráneo, añil y desplegado, con sus hermosas espumas donde se quiebra el sol entre un lujoso crujir de oro instantáneo y una risueña felicidad de azules”.

El libro cosechó una treintena de reseñas, lo que no fue poco para su tiempo. Entre ellas, aparece una de Dámaso Alonso: “Con mínima materia, con la paleta más reducida, ha compuesto José Luis Cano su libro de sonetos. Ninguna elevación áspera de la voz. El lector resbala por un paisaje elemental. La voz es nueva, muy matinal y temblorosa: del día recién lavado de la primera creación. Y esta voz nueva, ¡qué bien casa con toda la tradición musical de la mejor, de la ´universal´ Andalucía!. No es el tostado Góngora; es Herrera el más fino, el peor comprendido Herrera, lo que evoco, y luego Bécquer, y luego Juan Ramón Jiménez. Es de ese dulcísimo, de ese inextinguible fuego andaluz, de donde a Cano se le inflama sedeño el endecasílabo; es de ese día virginal de donde le viene la entreluz de ligerísima miel cernida que palpita en el aire de su soneto, y es de esa fuente de melancolía el dulcecillo amargor que en los labios nos deja”.

El propio José Manuel Blecua, junto con algún que otro comentarista, considera el libro Voz de la muerte (1945), cuyos primeros poemas fueron escritos en esta misma etapa, como una segunda parte de los Sonetos…, aunque les reprocha «una cierta obsesión neorromántica por la muerte», o la soledad, como tema constante en la poesía española. Puesto que se trata de una poesía juvenil –comenta–, no es extraño que en lo hondo se perciban ecos que van de Bécquer a Cernuda, pasando por Aleixandre, siempre tan admirado por José Luis».

El conjunto de este segundo libro está dedicado a la que habría de ser su esposa, MaríaTeresa: «Me alegra mucho saber que te vas a casar –le escribirá Cernuda, desde Estados Unidos, en enero de 1949–. ¿Cuándo es la boda? Enhorabuena». «Ya veo que eres todo un padre de familia», le bromeará dos años más tarde en una carta que fecha en México. Pero la primera parte de esta obra, la dedica Cano a Vicente Aleixandre y la segunda, a Bernabé Fernández Canivell, con el poema Pájaro solitario, que brinda a Rafael Ferreres. Por fin, la tercera parte le es ofrecida a su viejo amigo José Antonio Muñoz Rojas.

“Voz de la muerte”, según explica el propio Cano, «recuerda, en cambio, aunque no hable para nada de ello, la etapa mía de la cárcel». Pero no sólo la cárcel, sino la muerte y la guerra forman parte de la urdimbre de esta obra al que da título un poema en asonante que incluye, entre sus párrafos, los versos que siguen: «Los bellos ojos de la cobra/ que miran indolentemente/ ese cuerpo que el tigre devora/ en medio de la selva ardiente./ La saliva que se arrastra con odio/ por ese labio sin destino,/ como un río que busca sin prisa/ el ávido mar infinito».

José Luis Cano fijó su residencia en Madrid

He ahí sus primeros pasos como poeta, que reparte sus versos en revistas de la época como “El español” o “Garcilaso” y en “Corcel”, una publicación valenciana en donde aparece por primera vez el nombre de Adrián Dale, su alter ego, un heterónimo que utiliza para eludir la censura o sus consecuencias personales. Al final de su vida publicaría, bajo el título de “Los cuadernos de Adrián Dale” una aproximación a ciertos episodios de su memoria privada, entre los que destaca un escalofriante testimonio de su paso por la prisión.

Manuel Alvar definió en una ocasión a Cano como el poeta que cambió de Bahía, pero en rigor siguió manteniendo lazos como ambas. Tanto físicos, desde su residencia estival en la calle Madrid de Fuengirola, hasta sus eventuales apariciones por Algeciras y San Roque; como frecuentes evocaciones literarias, ligadas a la memoria, a la sentimentalidad y a la experiencia. Tras su debut lírico, en la bibliografía de Cano fueron sucediéndose Las alas perseguidas (1945), Otoño en Málaga y otros poemas (1954), Luz del tiempo (1962), así como Poemas crepusculares, Poemas para Susana y Retratos y evocaciones, que incluirá en la tercera edición de sus Poesías completas (1942-1984), impresas por Plaza & Janés, en sus Selecciones de Poesía Española. Es en ese último año cuando Cano da por concluida su obra lírica, que había sido reunida anteriormente en su Poesía. 1942-1962, con treinta y seis poemas nuevos. Pero, posteriormente, en 1991, aparecen impresos unos Poemas olvidados, con una introducción de Manuel Alvar, quien retrataba al poeta que cambió de bahía, en cuyos versos había descubierto «pulcritud, serenidad, sencillez».  Luego, su lírica volvió a ser  reunidos por la Fundación Municipal de Cultura “José Luis Cano”, disuelta por el actual Ayuntamiento de Algeciras justo durante el año de su centenario.

Oreste Macrí, en Poesía spagnola del 900 consiederará a Cano como «uno de los poetasmás dotados de aquellos años», en referencia a la primera posguerra y en un contexto en el que iban a aparecer dos títulos sustanciales de la literatura española del siglo XX, Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre. Como poeta, a Cano se le relaciona con la llamada «Generación de 1936», negada en 1945 por Guillermo de la Torre. En las páginas de Insula, el propio Cano incluirá una encuesta sobre el parecer de diversos escritores, entre quienes figura Gerardo Diego: «No… No creo en la generación del 36. Aparte Miguel Hernández. Aparte Celaya… Cada uno a lo suyo».

Fanny Rubio y José Luis Falcó acotan dicha respuesta: “Tiene Diego razones argumentales para reaccionar contra el tópico de 1936. Ni siquiera la historia repartió igual suerte para unos y otros. Prescindiendo de la continuidad del grupo, basándonos únicamente en la aureola clasicista que rodeó sus primeras publicaciones, esta denominación de ´generación de 1936´ sirvió como punto de partida al superabundante periodo ´garcilasista´ de los años 40.

Pilar Gómez Debate también intentó aproximarse a los poetas que escriben en los años 40 y 50, bien en España o en el exilio. Entre los primeros, cita inmediatamente a José Luis Cano, con Juan Alcaide, Juan Ruiz Peña, Leopoldo de Luis, Carmen Conde, Ildefonso Manuel Gil, o Francisco Pino. Entre los segundos, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano-Plaja y Juan Rejano.

“Si ha de buscarse –explica—un punto común entre todos estos poetas de distintas edades y de posiciones religiosas muy divergentes, además de enemigos políticos en muchos casos, es el de haber prestado una atención a la lección de Antonio Machado, que aunque difiera en la época del estilo machadiano que refleja, coincide en seguir la poética de Juan de Mairena al buscar la sencillez de la cotidiano como fuente de inspiración, además de la autocontemplación del sentimiento y la transparencia del lenguaje”.

A Cano, lo encuadra entre «quienes toman del magisterio machadiano lo más afín con el simbolismo –las cadencias más modernistas, el hastío unido a un lirismo elegante, el panteísmo vago—y lo alían a otro tipo de influencias –también, en último caso procedentes del simbolismo francés—como la de Vicente Aleixandre».

Adonais”, el nombre hebreo de Dios.-

Bibliotecario de Campsa en Madrid , fue durante treinta años profesor del Instituto Internacional y en 1943 se convertirá junto con Juan Guerrero en fundador de la colección de poesía “Adonais”, impulsada primero por la Editorial Hispánica y heredada posteriormente por Rialp. Dicha serie surge justo el mismo año en que José García Nieto pone en marcha “Garcilaso”. Su primer número se titula “Los poemas del toros”, versos de Rafael Morales a los que pone prólogo José María Cossío, el viejo amigo de Miguel Hernández. El éxito del poemario es tal que ese mismo año logran convocar un premio que aún no lleva dicho nombre y que recaerá  en tres autores, Vicente Gaos, José Suárez Carreño y Alfonso Moreno.  En 1947, el primer premio Adonais propiamente dicho y que se sigue convocando en la actualidad, reconocerá al libro “Alegría”, de José Hierro que hará el número 39 de la serie.

“Adonais” buscaba seguir los pasos e la colección “Héroe” y como subrayan adecuadamente José Luis Falcó y Fanny Rubio, fue en esa colección donde se imprimió el 22 de febrero de 1936 la ´Elegía a la muerte de John Keats´, de Percy B. Shelley, titulado ´Adonais´ en la traducción de Manuel Altolaguirre. De hecho, Cano y su editor llegaron a tener problemas con la censura porque el funcionario de turno maliciaba que Adonais era el nombre hebreo de Dios.

Esta aventura editorial de Cano fue intercalando textos de poetas españoles con traducciones de Whitman, Byron, Pessoa, Pound, Verlaine o Charles Peguy, Hölderlin, Keats o Rimbaud. En sus primeros índices, figurarán Gerardo Diego, Muñoz Rojas, Dámaso Alonso,  Rafael Laffón, Carlos Bousoño, Carmen Conde, Romero Murube, Pablo García Baena, Francisco Brines, Claudio Rodríguez,  Eugenio de Mora o la propia Voz de la muerte de José Luis Cano. Antonio Hernández llegará a calificar como “Grupo de Adonais” a algunos poetas de la generación del 50, en su célebre antología para ZeroZyx.

«En esta colección –escribe Antonio Colinas, que publicaría en ella su “Sepulcro en Tarquinia”–, la poesía social, el lirismo puro, los poetas de ´Cántico´, los extranjeros, los nuevos valores, se le ofrecen al lector sin sectarismos. Es la poesía auténtica, sin más, la que late en la colección, al margen de encasillamientos tanto teóricos como dogmáticos».

Fanny Rubio y José Luis Falcó aplauden los comienzos de la colección, aunque reseñan como a partir de los años 60, otras iniciativa como Collioure o El Bardo, irán desplazándola, aunque Adonais seguiría siendo «cantera de poetas», tal y como sigue ocurriendo con su premio dirigido a jóvenes autores.

En su biografía de Cano, Antonio Guerrero rememora como fue el propio Vicente Aleixandre quien le puso en contacto con Juan Guerrero, a quien llamaban “Cónsul general de la poesía”, que ya contaba con una pequeña editorial: ´Si consigues –le dijo Guerrero—unos treinta suscriptores, puedes darlo por hecho´. Ahí echó a andar su catálogo. José Luis Cano abandonó la aventura en 1962, pero siguió vinculado a dicha marca literaria.

Página de la revista «Triunfo» sobre José Luis Cano

Insula”, una isla contra la censura.-

Cuatro años más tarde, fundará  junto con el librero Enrique Canito, la revista “Insula”,  de la que será primero secretario pero que luego dirigirá hasta finales de los 80. Se trata de una cabecera que se convertirá en un puente entre el exilio interior y el exterior.

“José Luis –refiere Villena– era generoso y sencillo y había tenido esa cosa inconcreta y a veces terrible que se llama “poder literario”. Porque fue el director de la colección Adonais en el mejor período de su trayectoria ( hasta 1962) y porque fue, hasta que la revista cambió de manos, secretario y alma de la revista “Ínsula” que fundó junto a su amigo Enrique Canito, que era nominalmente el director. Pero casi todo lo hacía  y manejaba José Luis. Yo tuve a “Insula” durante muchos años por mi casa, gracias a Aleixandre y a Cano. Hoy “Ínsula” es una revista para profesores de literatura. Entonces ( con José Luis) “Ínsula” era una revista de literatura  viva que trataba de dar voz -no sin luchas con la censura- a casi todos los exilados”.

La revista se nutría inicialmente de las colaboraciones de sus amigos y allegados: «La verdad es que yo no tenía demasiada idea de lo que era confeccionar una revista cuando preparamos el primer número, así que me metí dos días en la imprenta que lo hacía, que estaba cerca de donde yo vivía. Fue un número bastante decente», resumió Cano.

“Y claro, pronto comenzaron los problemas con la censura, que fue siempre nuestro principal escollo, pese a que ´Insula´ era una revista puramente literaria. Cuando la censura secuestró y suspendió la publicación, fui a casa de Vicente Aleixandre, para comunicarle lo ocurrido. ´Son unos cabrones´, exclamó él, que era tan exquisito siempre…”

Hubo más encontronazos con la mordaza.  El Ministerio de Información llegó a considera que era una revista peligrosa por su talante liberal y ´orteguiano´. La tijera cortó la palabra “seno” en un poema de Aleixandre o suprimió de un tajo un relato de Julio Cortázar.  En 1955,  con motivo de haber consagrado un número a Ortega a raíz de su muerte, ´Insula´ fue castigada con una suspensión de un año.

“Enrique Canito y él mantuvieron en años en que resultaba muy difícil lograrlo una revista abierta y liberal, una revista en que las literaturas de otros idiomas peninsulares, y no sólo del español, encontraban albergue y difusión. La pugna de Insula con la censura fue constante hasta que el mezquino enemigo desapareció de la vida española. Y en esa pugna, Canito y Cano nunca cedieron. He repasado los números de la publicación correspondientes a sus primeros años y encuentro en ello todo lo que entonces valía la pena de ser tenido en cuenta. Aparte del valor literario de sus colaboraciones, esos números constituyen un documento de primer orden para el conocimiento de lo que fue la cultura española bajo el franquismo”, opinaba Ricardo Gullón.

Claro que entre Cano y Canito hubo sus distingos: «¿Qué te hubiese gustado publicar en ´Insula´ mi trabajo sobre Gide? –le pregunta Luis Cernuda a José Luis Cano en una carta de septiembre de 1951–. Pero hijo mío, ¿y Canito? ¿No lo hubiera encontrado demasiado largo e inmoral?».

“Desde los primeros años difíciles de la posguerra española –alerta Alberto González Troyano–, Insula, a través de la orientación de José Luis Cano, ha sido la única plataforma que permitía la expresión de aquellas voces condenadas explícitamente por el régimen al olvido y el silencio. Desde ella, se desvelaron por primera vez las nuevas generaciones, los nombres prohibidos y se tendió un puente hacia el pensamiento del exilio”.

La generación de la amistad.-

A través de sus páginas, José Luis Cano logra reunir espiritualmente a lo que él llamaba “generación de la amistad”.

“La amistad –habrá de escribir—era el signo cálido de aquella generación. Y esa amistad era fraterna y verdadera, que ni siquiera pudo romper la tragedia de la guerra civil de 1936, que tantas cosas logró destruir”.

Una indudable benevolencia, hasta cierto punto ingenua, puede percibirse en la actitud vital de Cano, que mitificaba humana y políticamente a dicha promoción literaria pero que solía pasar de puntillas sobre los roces y descalificaciones que protagonizaron muchos de aquellos amigos.

Su clara función de puente no se redujo en ningún caso a la crítica sino también a la edición, como fuera el caso la reedición del libro “Ocnos”, de Luis Cernuda, que arrostró serios problemas con la censura, ya que hubo de suprimir el último texto de la anterior edición, “Escrito en el agua”, así como dos de los siete nuevos “trozos” que el poeta sevillano incorporó al volumen, en concreto los titulados “El poeta y los mitos” y “El enamorado”.

Francisco Brines dejó claro que a Cernuda, que se avino a dichas supresiones aunque reclamó una impresión reducida de los fragmentos censurados, le agradó el resultado final: “La edición… es muy sencilla y me agrada; no puedo desearla de otro modo sino como es”, sentenciará cuando de todos es sabido que no solía ser persona de buen conformar en esta materia.

Ambos mantuvieron una larga correspondencia epistolar y una serena amistad en la distancia: “Yo lo paso como nunca –le escribe Cernuda desde Méjico, en septiembre de1951–. Aunque ya no soy joven (48 años, ay) creo que sólo he vivido estos días, que ahora es cuando estoy vivo. Excepto, claro, aquellos días en Málaga cuando G. y yo nos enamoramos. Con el espectro de los Estados Unidos delante, vivo como si cada momento fuera el último (y alguno lo será) y agotar todas las posibilidades de goce ahora, cuando aún es tiempo. Perdona estas expansiones. Pero excepto algunos amigos mexicanos, con nadie puede expansionarme aquí. Manolo y Emilio están ya medio muertos, sino muertos del todo”.

En su libro “La poesía de la generación del 27”, Cano le describirá con las palabras siguientes: “Es el poeta que habiendo soñado la vida, en su adolescencia como un embeleso inagotable, como fuente pura de goce y de libertad tropieza, apenas abandonado su cielo adolescente, con la sucia y torpe realidad, fea de alma y muchas veces de cuerpo. El contraste  entre el sueño y la vida, entre el deseo y la realidad, deviene tan violento, que el poeta llega, en su desilusión a actitudes extremas”.

Según Alberto González Troyano, la labor crítica de José Luis Cano fue ejercida “en la línea de la mejor tradición del buen gusto y de la tolerancia”. Esto es, “no a través del juicio acerado que quiere prodigarse sobre todo, sino con un criterio selectivo que le ha empujado a escribir básicamente sobre sólo aquello que para él merece su atención, al reunir calidad literaria y una actitud vital con alguna de cuyas facetas pueda sentirse identificado”.

La crítica como elección.-

Así lo asegura en un texto sobre su obra ensayística que acompañó a la ya citada reedición facsímil de los “Sonetos de la Bahía”. Aparentemente dispersa, la obra crítica de Cano aparece publicada en revistas o al pie de las ediciones de otros autores que anotó y prologó: Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Nicasio Alvárez de Cienfuegos, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Miguel Hernández, Blas de Otero o Emilio Prados, entre un largo etcétera. O, claro está, en sus ensayos específicos sobre los autores mentados, entre cuyos títulos aparecen De Machado a Bousoño. Notas sobre poesía española contemporánea, los Heterodoxos y prerrománticos, Españoles de dos siglos -con el subtítulo De Valera a nuestros días-, El escritor y su aventura o Los cuadernos de Velintonia. Buena prueba de su tino literario suelen ser sus antologías, desde la de los poetas andaluces contemporáneos, de 1962, hasta la Antología de los poetas del 27 o El tema de España en la poesía española contemporánea.

Paralelamente a todo ello, el propio Cano traduce a Brooke, Potocki o Cocteau, demostrando un interés heterodoxo por la cultura, a escala mundial: “Al ver el repertorio de autores que en un momento u otro han despertado la complicidad de José Luis Cano, ya es posible vislumbrar la silueta que configura su labor intelectual –aprecia Alberto González Troyano–. Con esos nombres que él supo elegir, con esas obras que él dio a degustar –a veces de forma adelantada y profética–, se puede establecer el trenzado más vivo, liberal y sugestivo, de esos dos últimos siglos de cultura española, sobre los que él ha volcado básicamente su atención”.

González Troyano rastrea los índices de algunos libros de ensayos. Por el de El escritor y su aventura (1966), desfilan Valera, Menéndez Pelayo, Emilia Pardo Bazán, Azorín, Valle Inclán, Baroja, Ortega, Goya, García Gómez, Cienfuegos, José Pizarro, Mariana Pineda, Julián Marías, Alfonso Reyes, Martí y Cansinos Assens. Pero también Stendhal, Luisa Labé, Shelley, Byron, Goethe, Lautréamont, Rimbaud, Joyce, Artaud, Malcom Lowry y Proust, al tiempo que desvela «aspectos escasamente conocidos de la obra del marqués de Custine, de las relaciones entre Paulina García y Turguenev, de Keats, de Irving, de Tristán Corbiére, y mostrar como la imagen literaria de España ha latido trasmuchas de sus producciones».

“El hecho de mirar hacia el mundo desde el panorama cerrado de aquellas décadas ya sería motivo suficiente para agradecer a Cano esos artículos –reconoce por su parte Aurora de Albornoz–, pero eso no es todo. Con frecuencia, a través de textos que pretenden ser primordialmente informativos, el autor nos brinda amplias informaciones bibliográficas que no han perdido hoy su utilidad”. La escritora asturiana, antes de destacar el esfuerzo por abordar la «literatura comparada» – que ella creía «tan poco común en España aun hoy»–, destaca otra aportación digna de ser destacada en la trayectoria crítica de Cano: “Conocedor profundo de los que se escribió sobre poesía –sobre todo francesa— en las primeras décadas del siglo, al tiempo que quiere poner al lector en contacto con una serie de creadores extranjeros, olvidados o poco leídos, pretende, muy sutilmente, llevar a ese lector posible hacia la obra de ciertos críticos españoles del pasado –totalmente borrados del mapa literario de las primeras décadas de posguerra—que si conocieron bien –a veces, tradujeron—las obras de Corbière, o de Lautréamont, o de tantos otros. (¿Intentaba Cano hacer que el lector comparase el alto nivel cultural de la España de ayer con el de la España de posguerra? Me inclinaría a pensar que sí.)”.

A tenor de Manuel Alvar, Cano enfrenta a la España de Cienfuegos o Goya, Jovellanos o Lista, Mor de Fuentes o Aranda) con “la anti-España de la zafiedad y del medalaganismo (o algo peor). Y otra vez, vuelta a empezar, mientras Europa se nos vaalejando y nosotros damos zancadas que nos dejan sin resuello”.

Es el mismo telón de fondo de otra obra suya, Heterodoxos y prerrománticos (1974), con nombres tan sugestivos como Moratín, denuevo Cienfuegos y Goya, Lista, Blanco White, Somoza o Quintana. Y en Españoles de dos siglos (1974), comparecerán Alcalá Galiano, Estébanez Calderón, otra vez Valera, Ganivet, Manuel Reina, Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón, Azaña, León Felipe o Francisco Ayala. Eran libros, como él mismo los definía, «variopintos». Como «variopinto y quizá caprichoso», define también su Historia y poesía (1992), en donde se aproxima a Arnault, Juan Antonio Llorente, Verlaine, Rubén de nuevo, Francisca Sánchez, Bécquer y Ofelia, Augusto Ferrán, Alejandro Sawa, Unamuno, Manuel Machado, Azorín, Cernuda, Bruno Portillo, revisitados Juan Ramón y Antonio Machado, Ortega, Emilio Prados, García Lorca, Juan Rejano e incluso una curiosa «divagación sobre la pereza andaluza», a la que relaciona con un sin número de testimonios poéticos. En ese mismo contexto, cabe situar su excelente obra, prácticamente la última, La España de Bonafoux (1990), en la que explora la peripecia vital de este periodista satírico y amigo de polémicas, entre 1900 y 1920. Diferente tono, con acento de homenaje, tiene la edición de Vicente Aleixandre, el escritor y la crítica (1977), en que se centra monográficamente sobre el entonces inminente Premio Nóbel, reuniendo textos de JRJ, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Carlos Bousoño, José María Valverde, José Olivio Jiménez, Ricardo Gullón, Mauricio Molho, Carlos Barral, Concha Zardoya, José Angel Valente, Gabrieli Morelli, Vicente Gaos, Darío Puccini, Manuel Alvar, Leopoldo de Luis, Pere Gimferrer y Guillermo Carnero.

En 1975, Cano publica su monografía sobre Antonio Machado, que al menos en un principio no pretende ser «erudita, ni menos definitiva o exhaustiva», sino sólo «contar con sencillez la aventura vital». Es el mismo propósito que había seguido mucho antes, en 1962, con su iniciática biografía de Federico García Lorca. Cano  iluminó numerosas zonas oscuras de la literatura española, ensombrecidas por la estética de la dictadura. Sin descuidar las referencias a la Poesía española del siglo XX (1960) o La poesía de la generación del 27 (1970), Antología de poetas andaluces contemporáneos (1967) y El tema de España en la poesía española contemporánea (1979).

José Luis Cano, en el centro, junto a mi y junto al poeta Manuel Fernández Mota

Casi en el olvido.-

En 1990, se constituyó en Algeciras la Fundación Municipal de Cultura “José Luis Cano” que acaba de ser disuelta por el nuevo gobierno municipal del Partido Popular, so pretexto de la austeridad. Lo singular del caso es que dicho acontecimiento ha ocurrido justo cuando se cumple el primer centenario del escritor.  Una insólita forma de conmemorarlo.

Victima de arterioesclerosis y de alzheimer, Cano se fue extinguiendo como una pavesa durante esa década, hasta fallecer en 1999. Hasta entonces, siguió respaldando a jóvenes valores como el escritor Alejandro Sanz, que ejerció como secretario suyo en la tertulia del Café del Prado, durante los últimos años de su vida. En 1997, en Córdoba, Cano recibirá el Premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas, que coronaba su larga trayectoria literaria. Ya por entonces, por estrecheces económicas, había tenido que vender a la Junta de Andalucía los libros atesorados durante media vida y que actualmente forman parte del legado del Centro de la Generación del 27 en Málaga.

Aunque haya quien desacredite a Cano como poeta –el peor de la literatura española de su tiempo según un tan despiadado como injusto Camilo José Cela–, difícilmente podrá cuestionar nadie su nobleza como crítico y divulgador: “La cultura –acaba de escribir Villena como aquel que dice– no se hace sólo de nombres estelares, sino de nombres simplemente notables, como José Luis Cano, al que nuestras letras de la segunda mitad del XX deben mucho. Desde luego no el olvido o casi…”

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